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La eterna semejante

Figura clave y olvidada de la nueva escultura vasca, María Luisa Fernández presenta ahora sus trabajos más recientes en Madrid

Materia liberada' (2017-2018), obra de María Luisa Fernández.  Ampliar foto
Materia liberada' (2017-2018), obra de María Luisa Fernández. 

Si el minimalismo de los primeros setenta fue, sobre todo, un coto masculino, el posminimalismo surgido a finales de la misma década, más o menos al mismo tiempo que el movimiento feminista, fue definido por parte de las mujeres. Llegó con una escultura anti-form y el process art, el conceptualismo, la performance y el body art, con una evocación a lo primario y a la factura manual que mostraba la desnudez del material y buscaba subrayar la sensualidad y el proceso de la obra de arte. Eva Hesse había abierto camino ya con sus colgaduras de látex, en contra de la ortodoxia minimalista, y artistas como Louise Bourgeois exploraban abiertamente formas para ser tocadas y sentidas, lejos de lecturas analíticas e interpretaciones. Por primera vez, las mujeres como grupo impactaron en el mundo del arte, tanto en términos de diálogo crítico como de mercado.

Bajo estas pautas hay que leer el trabajo de María Luisa Fernández (Villarejo de Órbigo, 1955). Justo en ese límite temporal de 1979 empezó a estudiar Bellas Artes en la Facultad del País Vasco junto a un grupo de artistas con los que compartió relevo generacional, entre ellos otra mujer rozando el olvido, Elena Mendizábal, así como Darío Urzay, Txomin Badiola, José Chavete y Juan Luis Moraza. Ángel Bados y Pello Irazu se incorporaron pronto a un grupo que abrió el debate artístico desde los múltiples talleres que albergó un edificio en Uribitarte en Bilbao, que compartían. Junto a Moraza, todo lo que producían era CVA, Comité de Vigilancia Artística, así les gustaba llamarse. Unas siglas que se asocian a lo que se conoce como la “nueva escultura vasca”. Eran algo así como empresa artística alejada del papel del artista como ser carismático que lanzó una fuerte crítica a los mecanismos de representación y recepción de las obras, la institución y el sistema del arte contemporáneo. La vigilancia duró hasta 1985, momento en que María Luisa Fernández andaba ya volcada en el trabajo con la madera que ya no dejaría. Lo vemos ahora en la exposición que presenta la galería Maisterravalbuena, la primera muestra de obra nueva desde 1997 y tras el rescate institucional que tuvo en Azkuna Zentroa de Bilbao y en el Marco de Vigo en 2014, de la mano de la comisaria Beatriz Herráez.

Es una exposición con mucho eco. El posminimalismo es uno, pero la cosa se extiende hasta Alberto Sánchez, otro artista castellano como ella, y su relación con la madera, no sólo por las incisiones y surcos en la base de las esculturas, sino también por el componente emocional asociado a la memoria y al pasado. En los ochenta, cuando Marisa Fernández empezó a experimentarla, fue el paso más alejado de Oteiza que se planteó en ese momento. Hoy se reafirma en la distancia con un aspecto del material vetusto, rural y antiguo. Las que responden al nombre de Materia mínima (2011-2018) tienen escala humana y fisonomía de pájaro. En la galería se alzan como tótems. Sí, son un tributo al individuo, para los 7.608.766,433+- que hay ahora mismo en la Tierra, dice la artista en el título.

María Luisa Fernández lleva tiempo inmersa en las teorías demográficas de Thomas Malthus y su idea de catástrofe, trabajando en su obra esa tensión que hay entre un espacio cultural cada día más devastado y un entorno natural también en extinción. Materia fragmentada recoge, de hecho, formas de animales como si fueran vestigios del pasado, igual que Materia multiplicada, siluetas de animales que hacen referencia a la multiplicación de su imagen en contraposición a su desaparición ­real. Con Materia liberada, las pinturas con formas a modo de gotas de lluvia de semen que cuelgan de la pared, la artista hace un guiño a trabajos anteriores como Corrida, semen y mo, de 1997, y esa idea de obscenidad que en aquellos años setenta tanto teorizó Julia Kristeva: la mujer sublimada y lo abyecto como aquello, también, excluido del orden simbólico. Descarga sexual en varios sentidos desde una pintura al óleo donde la artista se detiene para fomentar su carácter poético y sentimental.

Empezaba este texto hablando de cotos y lo acabo hablando de cotas. Y de cuotas. De mujeres y visibilidad. De artistas poco reconocidas o reconocidas tarde. De estigmas, como lo emocional en el arte, que tanto dilema levanta. De espacios que dieron visibilidad a esa nueva escultura vasca, hoy en el olvido: salas como Amadís o Metrònom y galerías como Berini o Trayecto. De carreras artísticas ocultas tras la dedicación a la formación. De una historia contada a medias. De un contexto artístico por reescribir. De lenguajes dispares y celebración de lo semejante. De creadoras que critican los relatos oficiales de la historia. Como ella.

7,608,766,433. María Luisa Fernández. Galería Maisterra-valbuena. Madrid. Hasta el 28 de julio.