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música electrónica

Sonido Bristol, 2018

Young Echo brinda un disco de singles irrefutable donde cada tema funciona con solvencia y originalidad

Young Echo, en la presentación de su álbum en Bristol el pasado febrero. Ampliar foto
Young Echo, en la presentación de su álbum en Bristol el pasado febrero.

Young Echo es un colectivo de productores y cantantes formado en Bristol alrededor de 2010 con su centro de operaciones en las múltiples ramificaciones de la cultura de club de la ciudad: podcasts, emisoras piratas, reggae y dancehall, electrónica abstracta, broken beats, hip-hop y grime son parte de su amplio abanico de identidades, influencias y campos de acción. Seb Gainsborough, Joseph McGann, Chris Ebdon, Amos Childs y Sam Kidel fueron parte de los fundadores; el carácter mutable del colectivo y la efervescencia creativa de la ciudad han dado con nombres como (todos con múltiples alias y formando parte de infinidad de proyectos) Alex Rendall, Robert Hunt, Jack Richardson, Jasmine Butt, Paul Zaba o Chester Giles, entre otros, como piezas adicionales que articulan el grupo.

Si su disco de debut de 2015, Nexus (Ramp Recordings), era un trabajo eminentemente instrumental y orientado a la pista de baile, su sucesor, Young Echo (Young Echo), está formado en su gran mayoría por cortes vocales y medios tiempos oscuros poco aptos para el baile. Tres ejes articulan las voces de los distintos MC (que aparecen sin acreditar, igual que los compositores de la música, tal como sucedía en Nexus) en los 24 cortes que conforman el álbum. El reggae manda en ‘Rock­steady’ (“come dance the rocksteady ­with me”… investiga en las oscuridades del género), ‘Sedated’ (dub profundo a la Rhythm & Sound), ‘Bigger Heads’ (tempo lentísimo y ecos del primer dubstep, Digital Mystikz 2018) y ‘Stare’ (dancehall a medio tiempo y en versión amable, arreglos escuela Burial). El hip-hop de espectro y geografía amplios aparece en ‘Psychology of Destructive Cult Leaders’ (broken beats entre el rap clásico americano y el grime inglés), ‘Hake’ (esencial y épica), ‘Untitled’ (recitado y The Streets al fondo de la escena), ‘Wolfe’ (“this is me, the rest is history”), ‘Oh, Won’t You’ (sencilla y contundente, soul e industrial), ‘Red Dot, Green Light’ (Frank Ocean sin cortar y a la inglesa, un punto álgido del disco), ‘Home’ (recitado existencial, crudo y jazzie, otro puntal del álbum) y ‘Wicked Ones’ (que cierra el disco entre el hip-hop y el dub de filiación industrial). El pop converge siempre muy cercano al trip-hop en ‘Here’ (Portishead al cuadrado), ‘Anye’ (dream pop), ‘Oran’ (infectada de soul, minimalista), ‘Nothing’ (con trazos de jazz, profunda y evocadora) y ‘Kidney Punch’ (entre el soul y el pop, melódica, bonita). El resto de cortes funcionan como pequeñas cápsulas, intersecciones de corta duración, transiciones más o menos peligrosas (con fuertes dosis de experimento) entre los lugares centrales del disco expuestos anteriormente.

Como obra total, Young Echo no es un trabajo redondo. Pero como muestra colectiva y libre ofrece pocas fisuras, cada tema funciona en sí mismo con solvencia y originalidad, y se yuxtapone e interactúa a la perfección con los cortes que le rodean en el álbum. Es un disco de singles irrefutable. Es un espejo claro de una realidad artística y social (la de Bristol) que lleva siendo un foco creativo primordial en Europa desde hace muchos años, una realidad de la que Young Echo son hoy un exponente innegable. Suenan clásicos. A clásico.