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tribuna libre

Breve genealogía del exilio

Roberto Bolaño consideraba que el exilio es, en última instancia, un acto voluntario

Contingente de emigrantes españoles hacia Bélgica en 1957.
Contingente de emigrantes españoles hacia Bélgica en 1957.

En nuestro vocabulario político reemerge el concepto de exilio y se debate su idoneidad para definir la situación de los líderes independentistas catalanes en el extranjero. Conviene detenerse, aunque sea brevemente, en la etimología y la historia de este polisémico concepto. Dice la RAE: “Del latín exilium. 1. m. Separación de una persona de la tierra en que vive. 2. m. Expatriación, generalmente por motivos políticos. 3. m. Efecto de estar exiliada una persona. 4. m. Lugar en que vive el exiliado. 5. m. Conjunto de personas exiliadas”. Cabe precisar que la palabra, además de proceder del latín exilium, destierro, está asociada con exsilium, saltar o correr fuera.

El primer exilio fue bíblico: Eva y Adán, expulsados del paraíso. Más adelante, el Antiguo Testamento narra cómo los hebreos del reino de Israel fueron deportados a la ciudad asiria de Nínive. Luego los del reino de Judá fueron trasladados a Babilonia. El exilio es recurrente en la Biblia hebrea y en la experiencia histórica de la comunidad judía. Nos cuenta el historiador Polibio que, para los romanos, el exilio era considerado a menudo una opción voluntaria por la cual un ciudadano evitaba una pena mayor abandonando la comunidad. El propio Cicerón, que dejó Roma por un tiempo, escribió: “El exilio no es una pena, sino un refugio, un medio por el que uno escapa a un castigo”. Si bien la fuga se entendía como una salida voluntaria, existían también modalidades más acotadas y severas de destierro, desde la relegatio hasta la deportatio, siempre preferibles, en principio, a la pena capital.

A lo largo de los siglos, las guerras de religión empujaron a cientos de miles de personas a abandonar sus comunidades por temor a ser encarceladas o ejecutadas por sus creencias. Sin embargo, escribe Edward Said, “la diferencia entre los exilios de otras épocas y la nuestra es, y merece la pena subrayarlo, su escala: nuestra era es la era del refugiado, del desplazado, de la inmigración masiva”. Said establece una relación dialéctica entre nacionalismo y exilio: toda nación moderna se forja sobre la exclusión del otro, la expulsión del foráneo, aquel que no comulga con “la amalgama coherente de prácticas que vinculan el hábito con la habitabilidad”. Dicha expulsión no siempre es literal. La filósofa Silvana Rabinovich utiliza el agudo concepto de exilio domiciliario para describir la situación que viven, entre otras, numerosas comunidades indígenas en países americanos y la comunidad palestina en Oriente Próximo. Son “refugiados en su propia tierra, exiliados en casa”, explica, “poblaciones nativas desposeídas en sus territorios ancestrales”.

Es oportuno revisar el concepto de exilio para debatir su idoneidad para definir la situación de los líderes independentistas catalanes en el extranjero

La psicología, por su parte, describe la sintomatología del exilio; habla de cómo el exiliado “vive en dos mundos, en dos pistas” muy difíciles de sintetizar. Para el psicólogo uruguayo Juan Carlos Carrasco, son producto de la ruptura en la continuidad de la vida psicológica y del quiebre de la cotidianeidad de origen y el tener que hacer frente a una nueva cotidianeidad. Algunos de estos síntomas describen igualmente la experiencia del expatriado, el inmigrante y todo aquel que vive fuera de su país, aun sin haberlo abandonado de modo abrupto o forzado. La idea compulsiva de retorno al país de origen es, sin embargo, según Carrasco, “intrínseca al concepto mismo de exiliado político”.

Junto a la noción de exilio como separación de la tierra en la que uno vive surge el exilio como metáfora del sentimiento de alienación (extrañeza) respecto de unas sociedades modernas cada vez más deshumanizadas, si bien en grado diferente. Hablamos del exilio interior de intelectuales y artistas disidentes que permanecen en sus comunidades. De la pluma de aquellos que terminaron huyendo de la represión política y cultural de los totalitarismos del siglo XX floreció la llamada literatura del exilio, que sigue ocupando un lugar privilegiado en la literatura contemporánea. En aquella, la experiencia real y metafórica del exilio se confunden. Para Theodor Adorno, que huyó de la Alemania nazi a Estados Unidos, la escritura era el único lugar habitable para el exiliado. Pero Adorno iba más allá y consideraba el exilio, en tanto extrañeza constante y espíritu crítico, un deber moral.

El escritor chileno Roberto Bolaño evoca la racionalidad sobria de Adorno cuando se refiere a “la cantinela del dolor de los exiliados” e interroga críticamente: “¿Se puede tener nostalgia por la tierra en donde uno estuvo a punto de morir? ¿Se puede tener nostalgia de la pobreza, de la intolerancia, de la prepotencia, de la injusticia?”. Para Bolaño, el exilio es también, en última instancia, voluntario. Escribe: “Nadie obligó a Thomas Mann a exiliarse. Seguramente las SS hubieran preferido que Thomas Mann no se exiliase”.

A la luz de la historia y la literatura, cabe preguntarse si tratar de zanjar categóricamente en qué consiste el exilio y quién es exiliado no resulta, después de todo, un ejercicio fútil. Lo que trasciende son las razones que llevan a una persona a separarse, voluntaria o involuntariamente, del territorio que la vio nacer.