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Duelo mutante

La última novela de Daryl Gregory es una novela sobre el duelo, pero también sobre aquello que hace especial a una familia

Mike Douglas, Wayne Cochran, Shari Lewis y Paul Anka en El show de Mike Douglas, en los sesenta.
Mike Douglas, Wayne Cochran, Shari Lewis y Paul Anka en El show de Mike Douglas, en los sesenta. GETTY

Matty Telemacus tiene 14 años y acaba de descubrir que puede teletransportarse. No, no es uno de los mutantes de Xavier, el fundador de la Mansión (y la Patrulla) X, sino un crío corriente de Chicago. Bueno, no exactamente corriente. Su familia fue La Increíble Familia Telemacus, una familia de genios dedicada al espectáculo paranormal que, una noche fatal, en el clásico programa de mayor audiencia de la televisión —El show de Mike Douglas—, fue desenmascarada por su archienemigo, el Asombroso Archibald, un tipo aparentemente dedicado, como la Sigourney Weaver de Red Lights, a desenmascarar fenómenos sobrenaturales. Desde entonces, como los Cuatro Fantásticos que dibujó Steve McNiven perdiendo sus poderes y haciendo cola en la oficina del paro, los Telemacus no viven, sobreviven.

Ellos son: Irene, la madre de Matty, capaz de leer el pensamiento; Frankie y Buddy, sus tíos, uno de los cuales puede mover cosas con la mente, y el otro, anticipar el futuro, porque el futuro es para él un recuerdo, es decir, a los seis años ya recordaba a la mujer de la que iba a enamorarse a los veintitantos; Teddy, el abuelo, que en una época podía ver el contenido de un sobre cerrado, y Maureen, la abuela, que una vez fue la mejor espía de la historia porque podía hacer todas esas cosas a la vez. Podía. Porque Maureen ha muerto. Murió poco después de aquella noche fatal en la que la familia dejó de ser extraordinaria. O precisamente se convirtió en eso, algo extra ordinario, es decir, de lo más ordinario. Lo peor es que el vacío que dejó Maureen no es sólo físico. Ella era el alma de la familia, y sin alma, la familia está muerta.

Porque la última novela de Daryl Gregory (Chicago, 1965), el tipo que colecciona nominaciones a los Shirley Jackson, es una novela sobre el duelo, pero también sobre aquello que hace especial a una familia, sobre la mujer poderosamente irrepetible que la hizo posible —algo brilla en las escenas del pasado en las que Maureen sigue viva y ese algo es la propia Maureen, encantadoramente única, pero no por sus poderes, sino por su despreocupada generosidad, por su adorablemente noble valentía— y sobre aquello que los hijos reciben de los padres y el riesgo de que se convierta en una condena —¿de qué le sirven sus poderes a una cajera de supermercado cuando sus poderes consisten en ver lo que la gente realmente piensa de ella?—. Como en una película de los ochenta, el peso de todo eso, una vez tocados y hundidos los adultos, recae sobre el más pequeño, que, por culpa de un deseo prohibido —su prima Malice—, está a punto de convertirse en la nueva Mo.

El resultado es un artefacto altamente devorable, a medio camino entre el Austin Grossman de Muy pronto seré invencible y el Wes Anderson de la familia hundida por un adulto genial, que juguetea con la reflexión sobre la adolescencia (tanto a su favor que Matty pueda huir de su cuerpo y verlo como un peso muerto) y, sobre todo, se crece en las escenas de restaurante —la charla familiar— y sólo padece del mal que acecha a toda historia de superhéroes que se precie: la Guerra Fría y sus múltiples y, por qué no, mutantes, y ya aburridos, tentáculos.

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Autor: Daryl Gregory.

Editorial: Blackie Books (2018).

Formato: tapa dura (552 páginas) 

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