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Cinco razones (quizá algunas más) para disfrutar del ‘Ulises’ de Joyce

En respuesta al artículo de Kiko Amat que enjuicia negativamente la novela del escritor irlandés

Cinco razones (quizá algunas más) para disfrutar del ‘Ulises’ de Joyce

No me parece mal que se trate a los clásicos literarios con desparpajo y naturalidad: posiblemente una de las causas de la aversión de amplias capas de la población hacia la literatura, o hacia cierto tipo de literatura, sea su abusiva consideración como predio exclusivo de profesores y académicos y de sus sesudas elucubraciones. Más sensato es considerar que los libros que conservan su prestigio de clásicos ineludibles lo deben al hecho de que siguen hablando a los lectores de hoy con la misma pertinencia y poder persuasivo con los que lograron la estimación de generaciones pasadas. Y esa deseada cercanía debe traducirse, sin duda, en la posibilidad de ponerlos en cuestión, de aceptar algunas cosas de ellos y quizá rechazar otras, o incluso de intentar un acercamiento a ellos al margen de las interpretaciones más o menos canónicas que el tiempo les ha echado encima.

No es a ese loable propósito, desde luego, a lo que se aplica la serie de artículos que, bajo el título Clásicos latosos, viene dedicando Kiko Amat en Babelia a algunos libros que gozan de la consideración de obras maestras de la literatura universal. Por el contrario, lo que parecen transmitir esos artículos es la idea de que el lector apresurado hará mal en dirigir su curiosidad hacia esos libros y que el esfuerzo de leerlos y afrontar sus posibles dificultades no merece la pena. Mensaje, desde luego, muy en consonancia con la moderna idea de la cultura como un mero repertorio de productos de consumo rápido que no plantean apenas exigencias a su público y, por supuesto, no lo obligan a replantearse sus inercias intelectuales o su visión del mundo.

El último “clásico” sometido a ese sumarísimo enjuiciamiento ha sido la novela Ulises de James Joyce; un libro, afirma el articulista, “que sólo puede leerse sufriendo”, que se reduce a “un galimatías, simple y llanamente” y que carece de “sentimiento y trama”. El argumento de la novela, añade Amat, es “irrelevante” y su protagonista, Leopold Bloom, no es sino lo que “Joyce imaginaba que debía ser un hombre común, pues es lícito sospechar que jamás había hablado con uno”. Etcétera. Al parecer, sugiere Amat, una novela resulta más interesante si sus personajes “amaestran dragones” o “combaten contra mortífagos” (sic); cosas que evidentemente, no ocurren en Ulises.

El caso es que hay lectores, como es el caso de quien esto firma, que no sólo hemos leído la novela de Joyce con interés, sino que incluso la hemos encontrado excitante y divertida; y ello, por razones que resulta sencillo enumerar; y que, aun a despecho de que, como las que aduce el propio Amat, quizá no convenzan más que a los previamente convencidos, es posible que aporten a este desganado debate algún argumento a favor de que invertir tiempo y esfuerzo en leer un libro como éste bien puede redundar en placeres imprevistos, negados por completo a quien ni siquiera se permite planteárselo.

1) Digámoslo ya: como muy bien saben los jugadores de mus y los alpinistas, lo complicado no necesariamente implica aburrimiento. Más bien sucede lo contrario: tener la capacidad de disfrutar con actividades que requieren un cierto entrenamiento previo más bien multiplica el efecto placentero del objeto de disfrute. Ningún lector medianamente informado ignora que la novela occidental experimentó a lo largo del siglo XIX y principios del XX un proceso de maduración que se tradujo en una mayor complejidad técnica y argumental. Para que esa complejidad no suponga un obstáculo para el lector hay una sola receta, la misma que se aplica a cualquier actividad gratificante que requiera alguna preparación previa: recorrer la escala completa que va desde los empeños más asequibles a los más complicados; es decir, gozar con el grado añadido de complejidad que las novelas de Henry James o Marcel Proust suponen respecto a las de Balzac o Galdós, pongo por caso —ojo: no estamos hablando de valía: que una novela sea más compleja que otra no implica necesariamente que sea mejor—. En esa escala, la novela de Joyce se situaría en el escalón inmediatamente superior a las primeras; lo que, sin duda, exige un cierto esfuerzo al lector o, al menos, un cierto hábito de frecuentación de textos de esa complejidad. Pero el alpinista avezado, decíamos, no se arredra por encontrar en su recorrido alguna que otra pared vertical que escalar. Sobre todo, si la visión desde la cumbre merece la pena.

Ulises no sólo no es un galimatías, sino que buena parte de su andadura transcurre por los cauces de la novela realista tradicional

2) De ello se deduce que Ulises no sólo no es un galimatías; sino que buena parte de su andadura transcurre por los cauces de la novela realista tradicional. Considérese, por ejemplo, el capítulo en el que los protagonistas coinciden en el entierro de un tal Paddy Dignam en el cementerio de Dublín: tiene el ritmo, la precisión, el amor al detalle y la capacidad de sugerencia de las mejores páginas de Balzac. No parece que leer “en diagonal”, como hacen los malos estudiantes y los lectores desmotivados, sea el mejor modo de disfrutar una obra literaria; pero, ya que Amat confiesa que ese método le ha salvado de no pocos “bretes decimonónicos”, habría que añadir que Ulises puede ser incluso un libro hasta cierto punto apropiado para ser leído, si no en “diagonal”, sí de un modo selectivo: su variedad estilística y la perfecta acotación de sus partes permiten que el lector someramente familiarizado con la estructura del conjunto pueda moverse con comodidad a lo largo y ancho del mismo y revisitar sus pasajes preferidos.

3) A diferencia, no obstante, de las grandes cumbres de la novela decimonónica, en las que predomina una cierta pretensión de objetividad documental, apreciable incluso en el tono, Ulises se inclina desde su primera página hacia las tonalidades de la comedia; es decir, se trata de un libro decididamente humorístico o que apela constantemente a los mecanismos de la burla, la parodia y la caricatura. Si su primera parte, la dedicada a las andanzas en solitario de Stephen Dedalus, se abre con una parodia de la consagración eucarística a cargo de un estudiante descreído, la segunda se inicia con el momento en el que la mirada del narrador sorprende a Leopold Bloom mientras “comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves” en su desayuno. Es la parodia en clave dublinesa: el lenguaje de la exageración y la blasfemia, traído de las tabernas y de los cenáculos de estudiantes pasados de rosca a las páginas de una novela. Tampoco falta la franqueza —y ello fue motivo para que la novela fuera censurada en diversos países— a la hora de referirse a la fisiología y el sexo, en esa misma clave cínica y tabernaria que, sin embargo, alcanza conmovedoras modulaciones íntimas cuando se transmuta en la “palabra interior” de una mujer —Molly, la esposa de Bloom— que en su duermevela se recrea con los recuerdos de sus experiencias amorosas. Si el humor es frecuentemente la expresión de una visión lúcida de la realidad y permite ver a las personas en su justa medida, más allá de toda pretensión de enaltecimiento, Ulises es un dechado de este modo de entenderlo y practicarlo.

4) Esa perspectiva humorística no impide a Joyce alcanzar una profunda comprensión de sus personajes y de la dignidad humana esencial que les asiste, más allá de su condición insignificante o marginal. Bloom es un cornudo y su condición de judío lo expone al desprecio e incluso a la violencia de sus conciudadanos, pero es una persona dotada de imaginación y de una insólita capacidad de empatía, que podemos apreciar gracias al empeño de Joyce en consignar hasta sus menores pensamientos. Lo mismo se puede decir de su mujer, Molly. Quizá Stephen, el protagonista joven, pueda resultar más esquivo, en su condición de intelectual un tanto resentido y falto de experiencia vital. Pero no hay que olvidar que es el alter ego del autor, y que el retrato que éste hace de sí mismo no es en absoluto complaciente y revela que Joyce no sólo no era “el repelente levanta-dedos de la clase, gafudo y empollón”, según lo describe Amat, sino una mente abierta a la comprensión perspicaz del prójimo e igualmente certera e implacable a la hora de juzgarse a sí mismo y quizá a sus semejantes, la despistada e inoperante clase intelectual irlandesa de su tiempo.

Se trata de un libro decididamente humorístico o que apela constantemente a los mecanismos de la burla, la parodia y la caricatura

5) El argumento de la novela no es en absoluto banal. Joyce logra el milagro de que el deambular de un puñado de personas corrientes por una ciudad a lo largo de una sola jornada adquiera la tensión y el dramatismo de las mejores novelas de aventuras; que, como sin duda Amat no ignora, suelen ser básicamente relatos que se inician con una crisis y se resuelven en un proceso de búsqueda conducente a un episodio de encuentro y restitución. Esto es lo que ocurre en el Ulises; y la diferencia con las historias de dragones y trasgos que parecen fascinar a Amat reside en que los motivos que impulsan a sus personajes son preocupaciones de gente adulta en un contexto cotidiano. Precisamente la grandeza de la novela estriba en revelar a sus lectores la condición mítica que puede alcanzar la diaria lucha con las pequeñas contrariedades y el carácter iniciático de cualquier recorrido de aprendizaje y revelación. Y aquí es donde entra en juego la tan traída y llevada “necesidad” de conocer la Odisea para entender este libro, que quizá se reduzca a la idea, no del todo inesperada en Joyce, de que el lector que se atreva a adentrarse en su novela seguramente conoce ya ciertas obras que podrían considerarse de lectura obligada para cualquier persona de mediana educación; y que, por tanto, reconocer el paralelismo entre los hechos que suceden en la novela y las aventuras iniciáticas de Odiseo no está fuera del alcance de un lector avezado. ¿Ingenuidad? Es posible que así lo parezca a un escolar negligente o a los modernos partidarios de la pedagogía instrumental. Pero seguro que un intelectual de ideas avanzadas de principios del siglo XX, como lo fueron nuestros krausistas o como, reticentemente, lo fue el propio Joyce, no lo consideraba así.

Podríamos seguir enumerando motivos que hacen de la lectura de Ulises una experiencia inolvidable. Entre ellos, quizá, su capacidad para contener el pulso vivo de una ciudad, Dublín, que todavía se reconoce en las páginas de un libro situado en 1904 y publicado en 1922. Más relevante me parece el espíritu escéptico e individualista que planea sobre todo el libro, su insobornable apego a lo cotidiano, a despecho de las grandes construcciones ideológicas, reduccionistas y totalitarias, que planeaban —planean— sobre la comprometida individualidad del hombre europeo de entonces y de hoy. Nada más que por eso, Ulises merece ser antepuesto a un buen número de títulos prestigiosos que, sin embargo, no han conseguido elevarse sobre esos onerosos débitos de época.

No sé si lo antedicho servirá para convencer a alguien de que la lectura de una obra literaria de la riqueza y complejidad de Ulises resulta no sólo provechosa e intelectualmente estimulante, sino, ante todo, sumamente placentera. Ese disfrute requiere simplemente algo que quizá no todo el mundo esté en disposición de dar: predisposición y tiempo para ir adentrándose poco a poco, gradualmente, como quien se ejercita en un deporte apasionante, en el inagotable mundo de la literatura que pretende ofrecer algo más que evasión o entretenimiento. Los perezosos, los desmotivados y faltos de curiosidad, ya se sabe, nunca alcanzarán la cima del Everest; ni siquiera las de otras montañas más cercanas y asequibles. Podrán tener sus razones, por supuesto, e incluso puede que se sientan animados a hacer gala de ellas. Nosotros también tenemos las nuestras.

José Manuel Benítez Ariza es poeta y traductor.

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