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SILLÓN DE OREJAS

En la tramoya de la historia

Pasolini fue uno de los primeros intelectuales europeos en denunciar con energía la insostenibilidad del desarrollo sin límites

Pier Paolo Pasolini, en 1962.
Pier Paolo Pasolini, en 1962.

1. Premios

Por razones que ignoro, aunque barrunto, la editorial Tusquets (Planeta) no suele enviarme sus novedades. Por ello me causó gran sorpresa recibir inopinadamente, hace un par de semanas, un ejemplar de “pruebas sin corregir, edición no venal” de El orden del día, de Eric Vuillard, el relato —no es exactamente una novela, ni por contenido, ni por extensión— ganador del último Goncourt. Obtener un premio literario —incluso el Goncourt, el más importante de los seis grandes (los otros cinco son el Femina, el Renaudot, el Interallié, el Médicis y el Grand Prix de novela de la Académie française) que se conceden en Francia— no garantiza la excelencia de la obra galardonada: a estas alturas todo el mundo ha oído hablar del entramado de intereses que se ponen en juego en los premios, tanto más complejo cuanto más “prestigiosos”. Ahí tienen, sin ir más lejos, el propio Goncourt: en 1913 —una década después de que se concediera por primera vez— el galardón se lo llevó Marc Elder, autor de una novela de asunto marinero de la que nadie se acuerda, y no un tal Marcel Proust, del que se presentaba Du côté de chez Swann. Y algo parecido pasó en 1932, cuando Les loups, de Guy Mazeline, triunfó sobre Voyage au bout de la nuit, la obra maestra de Céline (que, sin embargo, recibió el mismo año el Renaudot). Pero no cabe duda de que los premios literarios (como los citados) que se conceden a obra ya publicada —es decir, a la que ya ha pasado los filtros de la crítica y los lectores— tienen más garantías de seriedad y honradez que aquellos en los que compiten obras inéditas que son juzgadas por un jurado del que siempre forma parte (con voto o sin él) un representante de la editorial que lo convoca, como son la mayoría de los que se conceden en España. En el caso de El orden del día, que se pondrá a la venta en estos días, me he llevado una grata sorpresa. Vuillard ha construido, a partir de un original planteamiento novelesco sobre materiales históricos y documentales, un apasionante relato sobre el Anschluss, la anexión de Austria por los nazis hace ahora 80 años. Más allá de la épica, del heroismo y de la propaganda, a Vuillard le interesa —y eso es lo que confiere universalidad a su relato— la tramoya sobre la que se sustentan: la mezcla de ambiciones políticas y personales, tragedia, azar, cobardías y situaciones grotescas que (casi) nunca aparecen reflejadas en los libros de historia, y ante las que el lector reacciona pasando del humor al horror o a la repugnancia moral en un par de páginas. Una narración (menos de 150 páginas) que nos recuerda constantemente la banalidad sobre la que se asientan las grandes tragedias históricas.

2. Pasolini

En una entrevista concedida a la radiotelevisión francesa pocas semanas antes de su asesinato, Pier Paolo Pasolini (1922-1975) decía: “En mi opinión, escandalizar es un derecho, dejarse escandalizar es un placer y quien rechaza el placer de dejarse escandalizar es un moralista”. La entrevista, que también se recoge en la biopic de un solo día que le dedicó Abel Ferrara en 2014, es una más de las muchas que concedió el novelista-poeta-cineasta-periodista y crítico social a lo largo de su vida. Muchas de ellas, las más significativas, junto con otros artículos e “intervenciones” aparecen ahora en Todos estamos en peligro (Trotta), una estupenda recopilación a cargo de Antonio Giménez Merino, Josep Torrell y Juan-Ramón Capella. Ordenadas cronológicamente —de 1949 a 1975—, en ellas se pone de manifiesto las ideas-fuerza del autor de Saló o los 120 días de Sodoma, su última y más escandalosa película. Pasolini, en vida denostado por la Iglesia, los políticos (incluidos los de su partido, el PCI), el Estado y la “opinión pública”, fue uno de los primeros intelectuales europeos en denunciar con energía la insostenibilidad del desarrollo sin límites, el consumismo, la abducción de los intelectuales por la industria cultural, la adhesión acrítica de los trabajadores a los objetivos de la empresa o la conversión del sistema educativo en una fábrica reproductora de élites. Su homosexualidad y su interés (también sentimental) por el lumpen y los marginados fueron otros tantos motivos del profundo sentimiento de exclusión que le acompañó toda su vida. Leídas ahora, estas entrevistas constituyen una impagable síntesis del provocador pensamiento de una de las figuras intelectuales más controvertidas del siglo XX.

3. Pesadilla

Tras su papelazo en el último Mobile, donde, como en ella es habitual, volvió a destacar en el deporte de nadar entre dos o tres aguas (quizá con la esperanza de ganarse, como Xi Jinping, su entronización vitalicia en la política catalana), tuve una pesadilla en la que Ada Colau, ataviada y moviéndose como Debra Paget en La tumba india (Fritz Lang, 1959), bailaba una arriesgada danza erótica delante de una venenosa cobra. Al despertar, me alivié del susto y del insomnio con la lectura de Lo que vio la criada (Atalanta), ocho “cuentos psíquicos” de Yasutaka Tsutsui, de quien ya había leído con gusto algunos de los surrealistas y paranoicos relatos de Hombres salmonela en el planeta Porno. En esta nueva recopilación, el prolífico Tsutsui utiliza los poderes psíquicos de la criada Nanase, que puede introducirse en la mente de los demás, para trazar un panorama moral (no exento de humor, sarcasmo y amargura) de la actual sociedad japonesa. En cuanto a la interpretación de mi pesadilla, mi psicoanalista, que lleva más tiempo escuchándome que Juan Cruz a Vargas Llosa (léase, como última muestra, el interesante Encuentros con Mario Vargas Llosa, publicado por la nueva editorial Deliberar), ha guardado un extraño silencio, aunque tengo que decir que durante la sesión me preguntó varias veces qué o quién creía yo que era la cobra.