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sillón de orejas

Emperadores y surrealistas

El libro de Michael Wolff sobre Trump es un buen relato de los entresijos y gallinejas diplomáticas y políticas de su presidencia

De izquierda a derecha, lBreton, Éluard, Tzara y Péret en 1920.
De izquierda a derecha, lBreton, Éluard, Tzara y Péret en 1920.

1. Pirateos

En todas partes los piratas cuecen habas. Poco tiempo después de que el libro ­—que había estado sometido a un blindadísimo, aunque inútil, embargo en las librerías— se pusiera a la venta en Estados Unidos recibí un perfecto PDF de menos de dos megabytes de peso con todo el contenido de Fire and Fury: Inside the Trump White House, el libro de Michael Wolff que ha elevado hasta cotas estratosféricas las ya conocidas tendencias paranoicas del propietario del botón nuclear más grande y poderoso del planeta (dicen que en su infancia era el niño que orinaba más lejos). El sobrevenido regalo ilegal me llegó por partida doble: primero según el original impreso que reproduce la edición británica (publicada por Little, Brown), y, dos días después, el correspondiente a la edición estadounidense (Henry Holt). No me gusta la piratería, pero reconozco que el imprevisto botín me ha venido bien porque es el tipo de libro circunstancial que da gusto leer saltando de aquí allá, buscando lo morboso y dejando a un lado lo que no lo es tanto.

Wolff estuvo dándole vueltas a la idea desde que, ya a finales de la campaña presidencial de 2016, comenzó a presentir que lo impensable podía ocurrir. Ahora, con la vista puesta en el primer aniversario (20 de enero) de la entronización de nuestro rubicundo e inequívocamente supremacista emperador, me parece que Fire and Fury constituye un buen relato —desde la crítica feroz— de los entresijos y gallinejas diplomáticas y políticas de los primeros 300 días de su (ya inolvidable) presidencia. Para Wolff el telón del primer acto cayó con el despido (agosto de 2017) de Steve Bannon, el estratega alt-right que amenaza de vez en cuando con presentarse algún día a la más alta magistratura. Wolff ha construido su libro a partir de centenares de entrevistas con casablanquinos y personajes cercanos al propio Trump, incluida una que mantuvo con el presidente mientras este se ponía ciego de helado Häagen Dazs de vainilla.

Por lo demás, y mientras sigue su curso la investigación del fiscal especial Robert Mueller en torno a la trama rusa en la carrera presidencial, Wolff se hace eco de la opinión de Bannon acerca de que, como posible derivada de la conjeturable implicación directa o indirecta de Trump en ella, el presidente quedaría muy tocado (las posibilidades, según afirma, serían: 33,33% impeachment; 33,33% dimisión o destitución en aplicación de la 25ª enmienda; y 33,33% finalizar un mandato renqueante y desprestigiado sin posibilidad de repetición). En cuanto a las consecuencias de un libro que en EE UU casi todo el mundo quiere tener (no digo leer), ya se irán viendo. Supongo que un tipo tan trafalmejas y rencoroso como Trump hará todo lo que pueda por roerle la vida a su autor. Pero, afortunadamente, Washington no es la antigua Roma (aunque, a veces, se le parezca), nuestro último emperador está muy lejos de ser Augusto, y Wolff tiene muy poco que ver con el exiliado Ovidio (incluyendo la tristeza). Por lo demás, espero que los de Península (grupo Planeta) no se hayan gastado un pastón en la compra de los derechos españoles del libro; a juzgar por lo que voy sabiendo, la versión original de Fire and Fury ya circula abundantemente por estos pagos.

2. Surrealistas

Gallimard, una de las pocas grandes editoriales que me llevaría (con todo y muebles) a mi isla desierta, continúa su proyecto de publicar la Correspondence completa de André Breton (1896-1966), posiblemente el más influyente de los genios vanguardistas del siglo XX. El último volumen publicado reúne la correspondencia cruzada con Benjamin Péret (1899-1959) desde principios de los años veinte, cuando el espíritu dadá aún se cernía sobre el caos dejado por la primera carnicería mundial, hasta la muerte del autor de El gran juego (todavía pueden obtenerse ejemplares de la edición de Visor, traducción de Álvarez Ortega; también puede encontrarse con dificultad, en la vieja edición de La Sonrisa Vertical, el relato erótico El vizconde pajillero de los cojones blandos). La correspondencia recoge, sobre todo, las cartas de Péret, porque Breton —como Vicente Molina Foix, propietario de uno de los archivos personales más codiciados de mi generación— guardaba todo lo que le escribían, algo que no hacía su amigo, mucho más vivalavirgen. Importantísima correspondencia, en todo caso, dado el perfil de los protagonistas y su extensión en el tiempo, algo esencial porque Péret, junto con Duchamp, fue uno de los pocos surrealistas originales que ni abandonaron a Breton ni nunca fueron expulsados por el “Papa” del movimiento. Particularmente llamativas resultan las cartas enviadas por Péret desde España en 1936, adonde acudió a combatir al lado del POUM (y luego, en la columna Durruti) como delegado del Parti Ouvrier Internationaliste, una (efímera) formación política trotskista dirigida por el también surrealista Pierre Naville. En una de ellas (11 de agosto de 1936), por ejemplo, a Péret se le va la olla surrealista-revolucionaria: “Si vieras Barcelona” (donde, por cierto, conocería a Remedios Varo, su gran amor) “tal como es hoy, cubierta de barricadas, decorada de iglesias incendiadas de las que no quedan más que las cuatro paredes, estarías como yo, exultarías”. Más allá de ese tipo de “entusiasmos”, hoy difícilmente aceptables, de quienes aún creían que el sedal del progreso de la historia lanzado en la Ilustración estaba a punto de llegar a su término, la correspondencia Breton-Péret constituye un hito bibliográfico imprescindible para comprender el desarrollo histórico del surrealismo.

Cifras

Un pájaro carpintero (Woody Woodpecker es su verdadero nombre, aunque aquí se le conozca como el “pájaro loco”) que a veces acude hasta mi ventana me sopla que en 2017 se inscribieron en el ISBN ¡97.000 libros! entre novedades y reediciones. Por favor, que nadie me diga nunca que no tiene qué leer.