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arte

Instagrameables o el asalto de las imágenes

Las redes sociales dictan nuevas reglas en el arte y crean inesperadas jerarquías. ¿No están acaso ya algunas obras pensadas para hacerse virales en Internet?

André Malraux posa en su casa en 1947 rodeado de reproducciones de obras de arte. Ampliar foto
André Malraux posa en su casa en 1947 rodeado de reproducciones de obras de arte.

La noticia salta a YouTube y se hace viral entre un tutorial de maquillaje para gatos, una cantante que lo peta en la Red, una operación en Singapur con técnicas no invasivas o una charla TED sobre sostenibilidad. Se hace viral incluso entre los que no se habían enterado del incidente y entre aquellos a los cuales no puede importarles menos el asunto. El mundo de YouTube funciona como una paradoja digna del mejor Warhol: miras sin pestañear algo y luego piensas lo absurdo que era y el tiempo que has perdido viéndolo. Es lo fascinante de las imágenes que se amontonan, se solapan, se contradicen y se anulan en Internet, Instagram, Snapchat y las redes sociales en general: no hay jerarquías. Ese es su peor defecto y su mayor seducción. Cualquiera de nosotros puede ser héroe por un día —lo predijo Bowie—.

La abundancia de imágenes sin aparente jerarquía es el signo de estos tiempos que han explotado el uso de lo visual hasta el paroxismo, llevando el fenómeno a límites impensados, convirtiendo el mundo completo en una sucesión imparable de imágenes que nos sacuden a media noche, en el cine, en el avión, en el tanatorio llorando a un ser querido, en la mesa de operaciones si la anestesia es epidural.

Son, además, unas imágenes que exigen urgencia, igual que las redes sociales: dentro de un minuto es ya tarde. Se diría que vivimos en una realidad gobernada por la tiranía de las imágenes: si no están, se buscan o se crean. Es un pozo sin fondo que ha transformado las antiguas reglas del juego y no sólo por la infinitud e inmediatez de esas imágenes, sino también porque exasperan las propias reglas del poder, desde la modernidad instaladas en torno a las imágenes.

Lo planteaba el historiador francés Serge Gruzinski, ya en 1990, en su libro La guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a ‘Blade Runner’. Las imágenes de la colonia, mezcladas, mestizas, hilo para contaminaciones y aculturaciones de esos “consumidores de imágenes” que abrían el aquí y allí, ahora y entonces, eran para Gruzinski un modo preglobal de asomarse a la realidad. Las imágenes nos asaltan virales.

¿Es verdad todo lo que vemos en las imágenes o son las imágenes deliciosamente engañosas, incluso más engañosas cuanto menos manipuladas estén en apariencia?

Nos asaltaron el julio pasado desde una instalación en el espacio expositivo 14th Factory (Los Ángeles). Una visitante entusiasta de los selfies perdía el equilibrio, se caía tratando de tomarse la consabida foto y se llevaba por delante una serie de piezas colocadas sobre pedestales. El vídeo de seguridad, indiscreto, registraba lo ocurrido y alguien lo colgaba, más por rutina que como advertencia. Al éxito del relato visual contribuía el valor del estropicio: 200.000 dólares hechos añicos, explicaba el artista Simon Birch, quien había reunido para la ocasión los trabajos de 20 creadores. En todo caso, aclaraba, no iban a emprender acciones legales para pedir un resarcimiento: al ser una institución sin ánimo de lucro no disponían de fondos para enfrentarse a una demanda.

La historia no era ninguna novedad. No hacía tanto, un pobre niño —refresco en mano— tropezaba y se hacía viral al caerse encima de un bodegón en un museo asiático. También en este caso el seguro se encargó de la restauración de la pieza, ya que en un mundo de multitudes son cosas que pasan. Hasta se diría que parece raro que no haya más sustos, teniendo en cuenta todos los instagramers que reculan sin tregua frente a las obras de arte para buscar el mejor ángulo.

¿Cómo resistir a la tentación de hacerse un selfie en instalaciones como las calabazas con lunares de la japonesa Yayoi Kusama de la galería Victoria Miro el pasado verano en Londres? ¿No están estas obras envolventes y efectistas pensadas un poco para eso, para crear deseo, un nuevo síndrome de Stendhal, una iné­dita suerte de aturdimiento y una inesperada ansiedad por hacerse la foto y colgarla?

De cualquier modo, la polémica estaba servida en Los Ángeles. Siempre hay polémica cuando una imagen se hace viral. Desde las redes sociales algunos apuntaban a una sospecha: ¿y si hubiera sido una estrategia de la galería para atraer más visitantes antes de cerrar la muestra? ¿Es verdad todo lo que vemos en las imágenes o son las imágenes deliciosamente engañosas, incluso más engañosas cuanto menos manipuladas estén en apariencia, imágenes de un vídeo de vigilancia? ¿Importa acaso que las imágenes nos engañen o forma esto acaso parte del juego?

Las sospechas no parecen infundadas si se tienen en cuenta las relaciones que casas de subastas tan prestigiosas como Sotheby’s o Christie’s han establecido con Instagram, al usar este medio como una fórmula más de mercado. No hace mucho, un objeto de Fabergé de plata y esmalte se vendió 10 veces por encima del valor de salida gracias a su circulación en Instagram. Los compradores, sobre todo los más jóvenes, acceden ahora al mundo a través de esa red social y el negocio del arte lo sabe. Y lo explota.

Casas de subastas tan prestigiosas como Sotheby’s o Christies’s usan sus cuentas de Instagram como una fórmula más de mercado

Desde las casas de subastas cuentan cómo los clientes llaman para preguntar por una obra concreta que han visto en Instagram, y que adquiere un valor añadido como lo fuera el anterior propietario, o algunas de esas cuestiones que revestían a la pieza de lo que se podría llamar “credibilidad”. Dicho de otro modo, una cuenta prestigiosa de Instagram —con muchos seguidores— es ahora el lugar donde se establece la nueva “distinción” para el mundo del arte —por usar el viejo término de Bourdieu—.

Parece que aún es pronto para cuantificar el impacto real en las ventas, salvo en casos muy anecdóticos como el basquiat colgado en Instagram por el marchante Brett Gorvy —contaba Bloomberg News—, que no tardó en recibir ofertas que multiplicaban el precio estimado. Aun así, parece que Instagram dicta las nuevas reglas y hasta crea unas inu­sitadas e inesperadas jerarquías.

Si es verdad que Instagram es un nuevo lugar para la promoción del arte, no parece menos cierto que desde hace tiempo ha sido capaz de crear indiscutibles jerarquías. Haciendo un repaso por algunos de los instagramers más influyentes del mundo del arte, Galerie Magazine publicaba hace pocas semanas las 10 cuentas de Instagram que ningún amante del arte debería perderse. Desde Jerry Salta, crítico de arte del New York Magazine, una celebridad gracias a su cuenta de Instagram, hasta The Public Art Fund de Nueva York, una organización enfocada a la promoción de arte en los espacios públicos de la ciudad, pasando por el comisario de la Serpentine Hans-Ulrich Obrist, Rujeko Hockley del Whitney o el propio Brett Gorvy, esta lista de nuevos gurús de Instagram dejaba claro cómo, pase lo que pase, siempre hay clases.

La guerra de Gruzinski se ha convertido, así, en un acoso que nos hace pensar en las maravillosas cartas sobre Cézanne escritas por Rilke, en las cuales contaba emocionado cómo alguien le había prestado por unos días una carpeta con reproducciones de Van Gogh —un tesoro—. Las preocupaciones de Fred Ritchin en In Our Own Image. The Coming Revolution in Photography, publicado en 1990 —la manipulación de las imágenes en el ordenador—, han dejado de ser trending topic y la conocida foto de Malraux rodeado por las reproducciones de obras de arte en su Museo sin paredes hace pensar en una especie de instagramer avant la lettre que intuyó cómo en el futuro lo importante no sería la imagen que se publicara, sino desde dónde se difundiera.