Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La pesadilla de Heliogábalo

En 'El banquete de los dictadores' uno se entera de los hábitos culinarios de algunos de los más sanguinarios déspotas del siglo XX

Recopilatorio de cómics de Eric Stanton.
Recopilatorio de cómics de Eric Stanton.

1. Déspotas

Mi drama más personal es que siempre tropiezo en la misma piedra. No escarmiento. Mira que sé por experiencia que las cenas copiosas alteran mi ya renqueante aparato digestivo, provocando como terrible efecto colateral sueños agitados y, lo que es más temible, angustiosas pesadillas. Pues nada: sigo cayendo en la trampa. Claro que siempre tengo una excusa. La última ha sido que me entretuve demasiado leyendo al bies un ensayo muy ligero, y ya algo antiguo, que encontré sepultado en una de las cajas de cartón en que voy metiendo ciertos libros que, a priori, me resultan curiosos pero no imprescindibles. El banquete de los dictadores, de Victoria Clark y Melissa Scott, fue publicado por Melusina hace algo más de un año, y en él pueden encontrarse, además de exóticas recetas (como ese cuscús de carne de camello con frutos confitados que tanto gustaba a Muamar el Gadafi), anécdotas más o menos pedorras acerca de las maneras de mesa o los hábitos culinarios de algunos de los más sanguinarios déspotas del siglo XX. Uno se entera, por ejemplo, de que Idi Amin —cuya pretendida antropofagia es un mito colonialista— consumía a diario varias docenas de naranjas porque creía que tenían efecto afrodisiaco; que a Mussolini le gustaba mucho masticar ajo crudo con limón (¡lo que tuvo que sufrir Claretta Petacci!); que el propio Gadafi padecía de una incontenible flatulencia a cuenta de su gusto por la leche de camella; que Hitler —que no probaba su comida hasta 45 minutos después de que se la hubieran testado otros— no era tan vegano como se ha dicho; que las cenas georgianas de Stalin en su dacha de Kuntsevo —cocinadas por el chef Spiridon Putin: sí, el abuelo del muchacho— duraban más de seis horas; que Pol Pot salivaba con un guiso de carne de serpiente machacada con cacahuetes, limón y jengibre; que un pequeño ejército de devotas y disciplinadas muchachas se empeñaba en que los granos del arroz que le servían a Kim Jong-Il tuvieran el mismo tamaño y color; que Hastings Kamuzu Banda, primer presidente de Malawi, siempre llevaba en sus bolsillos, como quien lleva pipas de girasol, un puñado de gusanos mopani desecados. Y así, sucesivamente (dicen que a Franco le gustaba la paella, pero me da que, al final de su vida, a nuestro dictador de cabecera le iban más los herviditos de pescado). En todo caso, lo peor de esta lectura más o menos gastronómica fue que consiguió excitarme el apetito aún más que cuando me fumo un canuto. De modo que me preparé una cena tipo Heliogábalo en la que lo más ligero eran las butifarras del país. Y, claro, luego vino la tremenda pesadilla que paso a contarles: alguien (sospecho que doña Pilar Rahola, pero no puedo estar seguro) me tenía completamente amordazado y atado a una silla, como si yo fuera una heroína bondage de Eric Stanton. No podía huir, ni siquiera moverme o gritar. Y lo peor de todo es que me veía obligado a escuchar, una y otra vez, la canción Leningrado, del último disco de Joaquín Sabina, en la que, por cierto, el poeta constata con su acostumbrada lucidez que la “revolución tenía un talón de Aquiles al portador” (sic). Para que se hagan una idea de la crueldad de la tortura, permítanme que les transcriba una cuarteta de su inefable letra: “no era fácil en la Unión Soviética / ir por condones a recepción / a años luz de la rutina / anidó una golondrina en mi balcón”. En fin, que casi prefiero ayunar y quitarme la posible gazuza masticando un diente de ajo crudo.

A Franco le gustaba la paella, pero me da que, al final de su vida, a nuestro dictador de cabecera le iban más los herviditos de pescado

2. Mitologías

Excelente la iniciativa de Atalanta (¿en qué otro catálogo podría estar mejor?) de re-publicar, puesta al día, la monumental tetralogía Las máscaras de Dios, una de las dos obras más influyentes de Joseph Campbell (la otra es El hombre de las mil caras, cuyos derechos españoles siguen en poder del Fondo de Cultura). La editorial de Jacobo Siruela e Inka Martí ha retomado (con correcciones) para Mitología primitiva —el primero de los cuatro volúmenes de que consta el libro— la vieja traducción de Isabel Cardona publicada por Alianza en 1991. Pero hay un cambio importante: la nueva edición se basa en la última aprobada por la Joseph Campbell Foundation, que ha recurrido a los antropólogos Sydney Yeager y Andrew Gurevich para poner al día de 2016 los aspectos “científicos” de un libro publicado originalmente en 1959. Está bien que lo hayan hecho, aunque mi opinión de lector ocasional, pero constante, de Campbell, es que hay libros, como La rama dorada, de Frazer, o Las máscaras de Dios, cuyo interés actual no reside en la “ciencia” que en ellos pueda encontrarse, sino en su poder de fascinación y en su capacidad de suscitar respuestas creativas (muchos escritores y cineastas han reconocido la deuda contraída con esas lecturas). Convencido de la fundamental hermandad biológica y espiritual de la “raza humana”, lo que le llevó a convertirse en uno de los más conspicuos e influyentes mitólogos del siglo XX, Campbell no solo fue un hombre intelectualmente curioso que permaneció en contacto con las vanguardias históricas, sino un estupendo divulgador que controlaba todos los resortes de la narración (le encantaba escribir). Si en El hombre de las mil caras aplicaba las enseñanzas de Jung y Stekel al “viaje” arquetípico y universal del héroe (incluyendo a Krishna, Buda y Jesús), en Las máscaras emprende, con pasión antropológica, el estudio comparativo de las mitologías del mundo, empezando —en este primer volumen— por la de los humanos más primitivos, de cuyas creencias sagradas analiza la arqueología. Los siguientes tres volúmenes (que irán apareciendo en el mismo sello) corresponden a la mitología clásica, la mitología oriental y a lo que denominó “mitología creativa”, en la que, por cierto, Campbell incluye, a partir de las manifestaciones del arte y de la filosofía, los mitos creados por la humanidad contemporánea. Bienvenida sea esta nueva (y cuidada) edición de Atalanta.