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COLUMNA

Síndrome de Kiev

El nuevo escándalo en España en torno a Eurovisión ha llegado al Congreso. ¿Por qué seguimos enganchados a un espectáculo que adoramos odiar?

Manel Navarro, representante de España en Eurovisión 2017.
Manel Navarro, representante de España en Eurovisión 2017. EFE

El nuevo escándalo en España en torno a Eurovisión ha llegado al Congreso, con acusaciones de dedazo camuflado al elegir candidato, tras un costoso proceso de preselección costeado con dinero público. La polémica y el concurso son casi sinónimos desde que Serrat se negara a cantar La, La, La si no era en catalán hace casi medio siglo. ¿Por qué seguimos enganchados a un espectáculo que adoramos odiar? Porque nos gusta el lío.

Eurovisión nos recuerda que no es casualidad que una palabra europea como kitsch sea adoptada por el resto del mundo. Como diría Mecano, es la noche en la que los europeítos hacemos por una vez algo a la vez: reírnos sin piedad los unos de los otros. Para muchos, ese "algo a la vez" puede resultar más pertinente que nunca en tiempos de disgregación.

Si no fuera por esa pincelada comunitaria, el festival de la canción europea ya ni siquiera nos resultaría necesario como entretenimiento televisivo. La fórmula de humillante desfile que combina lo freak con algunos golpes de talento anónimo lo ha sabido adaptar el audaz flautista de Brighton, Simon Cowell, para su Got Talent.

Es cierto que la fastuosa gala musical permitía en los 60 que países como España o Polonia se asomaran durante unas horas a ver lo que era el lujo. Quizá de aquellas haya quedado un potente Síndrome de Estocolmo (o de Kiev, según el país que gane), pero para eso Eurovisión ya tampoco es necesario.

Ahora sirve para ajustar cuentas con algún miembro de la familia que se ha salido del tiesto. En años recientes le ha ocurrido a Rusia, que se ha llevado abucheos cada vez que recibía puntos. Esta vez Reino Unido será objetivo de los dardos en Twitter, donde la audiencia social del espacio aumenta cada edición. Ese ligero alivio psicológico no compensa el gasto público necesario. Son unos 400.000 euros al año, casi todos ellos destinados a costes de participación. La diversión como espectadores sería casi la misma si España no concursara y está claro que de Eurovisión va a salir poco bueno, al menos no canciones.