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Fígaro cabalga de nuevo

Vuelve al Lliure 'Les noces de Fígaro', magistral comedia de Beaumarchais, un gran éxito de Fabià Puigserver, ahora dirigida por Lluís Homar

'Les noces de Fígaro', de Beaumarchais, dirigida por Lluís Homar en el Lliure de Barcelona. Ampliar foto
'Les noces de Fígaro', de Beaumarchais, dirigida por Lluís Homar en el Lliure de Barcelona.

Para conmemorar el 40º aniversario del Lliure, Lluís Pasqual ha encargado a su tocayo Homar la reposición de Les noces de Fígaro, de Beaumarchais, uno de los grandes éxitos de la casa, que Fabià Puigserver montó en 1989. La Folle Journée, ou le Mariage de Figaro, segunda entrega de la trilogía del sabio barbero, es una comedia magistral que Luis XVI recibió como un virulento ataque a la aristocracia: “Antes caerá la Bastilla que estrenar eso”, sentenció. Pese a su oposición (y a la de cinco censores) acabó estrenándose en el Odéon en 1784 y fue un triunfo. Dos años después (ya estaba tardando), Mozart la convirtió en ópera. Y cayó la Bastilla, por cierto. Lo del virulento ataque no iba tanto por el perfil del conde Almaviva, un libertino celoso, maniobrero, tontorrón y con menos suerte que el Correcaminos, sino por el famoso monólogo de Fígaro, donde lanza su pedrada contra la sangre azul que Danton convirtió en axioma: “¿Qué habéis hecho para merecer vuestro rango y fortuna? Nacer, eso es todo”. Fígaro, que ya había asomado su pico de oro en El barbero de Sevilla, es un ilustrado hijo de Scapin y el motor de la función, secundado por dos damas fenomenales: su prometida y alma gemela, la criada Susana, y la condesa Rosina, papel que María Antonieta se reservó en una fiesta privada, venciendo así la reticencia del rey. Lástima que lo que vino luego tuviera muy poco de comedia, pero no hay dicha perfecta.

El texto se aleja de la simple farsa por su multiplicidad de tonos, sobre todo en su portentosa segunda parte

La función ha quedado cuajada y en su punto, dirigida por Homar a muy buen ritmo y con ojo para el detalle. Y no era fácil, por el peso del montaje de Puigserver y porque el texto es endiablado: pide ligereza aunque no trepidación, frenada por la elegante amplitud del fraseo. A caballo entre Molière y Goldoni, Beaumarchais anticipa los bullicios del vodevil pero se aleja de la simple farsa por su multiplicidad de tonos, pasando sin tropiezos de la intriga amorosa a la sátira judicial; del diálogo à la Diderot entre Fígaro y el conde al espumoso crescendo de equívocos e identidades cambiadas en el jardín.

En el Lliure han recuperado la versión catalana de Francesc Nel-lo, eficacísima y fluida, con retoques dramatúrgicos de Pau Miró. Siguen deslumbrando el vestuario y la escenografía con arcos y celosías que ideó Puigserver y han recuperado César Olivar y Rafael Lladó, y Eva Fernández firma unas impecables caracterizaciones. Única pega: el espacio de Montjuïc le queda un poco grande y se pierde algo de la intimidad del montaje original.

A Marcel Borràs le veía en principio muy joven para el tempo verbal de Fígaro, pero da a la perfección el aplomo, la inteligencia, la frescura y vivacidad del protagonista. Su prueba de fuego es el monólogo del jardín, tirada extensa y difícil que clava y florea, apoyado por el cañón del veterano Xavier Clot, en equilibrio con la claridad azulada de la noche. Mar Ulldemolins parece nacida para encarnar al personaje y que Fígaro se enamore de ella. Dibuja una Susana sensacional, mozartiana (sensualidad, ligereza, pasión por el juego), y la química entre ambos intérpretes es superlativa. Joan Carreras, primerísimo actor, está estupendo de voz y de presencia en el papel del conde, el rol que consagró a Jordi Bosch. Su antecesor arrasaba con una exuberancia muy italiana, y aunque Carreras recuerda a ratos a un joven Gassman en su altanería, llega a la comicidad desde la contención, en una línea casi británica e igualmente eficacísima, echando el freno para mejor estallar, como en su gran escena del ataque de celos.

Mónica López sirve muy bien la evolución de la condesa Rosina, el personaje más sutil, una mujer a las puertas de la madurez, sumida en el desamor de la rutina, que gracias a Susana descubrirá el placer del juego y se sorprenderá a sí misma renaciendo tras entregarse a la combinación amorosa. Me gustó mucho ese perfil, que comienza con acuarelas melancólicas, elegantes, y pinta luego en su cara sucesivas sorpresas con los colores de las emociones nuevas: el goce del miedo ante el desafuero, la emoción ante la canción trovadoresca de Querubino, el breve quebranto al descubrir la cinta manchada de sangre, la plenitud final tras el trueque.

Querubino, arlequín infantil y apasionado, loco por la condesa, es un breve papel bombón: Pau Vinyals rebosa encanto en cada una de sus escenas; quizás le sobra un poco de modulación aniñada en su tono. Victòria Pagès es una Marcelina naturalísima. Espinoso papel, porque la señora es una pájara pinta, pero se redime en otro gran soliloquio, esa denuncia de la crueldad masculina que hace pensar en la Emilia de Otelo, y donde la Pagès relumbra. Están muy molierescos Manel Barceló en el papel del doctor Bartolo, Albert Pérez en el del untuoso pedante Basilio y Oriol Genís en el del alelado juez Picapoll. Una delicia, que culmina con la alegría de la danza coral y las corrandas musicadas por Arrizabalaga. La función pisará la Comedia, en castellano, en febrero. No se la pierdan.

Les noces de Fígaro, de Beaumarchais. Lliure (Barcelona). Dirección: Lluís Homar. Intérpretes: Marcel Borràs, Joan Carreras, Mònica López, Mar Ulldemolins y otros. Hasta el 22 de enero de 2017.