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La taberna de Cracovia ¡Caramba!

El escritor y realizador cinematográfico español mantuvo una peculiar charla con el escritor polaco Stanislaw Lem, uno de los grandes maestros de lo que ha venido en llamarse ciencia-ficción y que, en su caso, trasciende el género por su sorprendente originalidad, su reflexión ética y su habilidad para la intriga. La entrevista con el autor de 'Solaris, La fiebre del heno' y 'Un valor imaginario', entre otras novelas, se realizó a través de un ordenador

El escritor polaco Stanislaw Lem en 1977.
El escritor polaco Stanislaw Lem en 1977. Getty

Una insidiosa sordera le mantenía aislado. Su esposa puso como condición hablar en ruso o en alemán. La mediación de un intérprete fue desestimada. Por fin, el profesor Lem accedió a conceder la entrevista a través de un ordenador instalado en una taberna pirata de Cracovia que sólo abre al amanecer para quienes se desayunan con vodka y humo al son de un ronco clarinete. En un principio, resultó exasperante establecer la conexión. De pronto, las palabras irrumpieron en la pantalla. Para empezar, formulé una pregunta prosopopéyica. Paso a connotar el resultado.

Pregunta. La realidad es un bosque muy variado. Fracasa quien pretende describirla. Uno puede ser árbol o matojo, pájaro, tigre o lagartija, piedra, liquen, mosca, nube o bacteria, aire, agua, viento o fuego, sima o cima, caverna o abismo, enredadera. ¿Desaparece la montaña cuando miramos al mar?

Respuesta. Solemos ser obtusos cuando hablamos a la ligera de la realidad. Nuestra única realidad, en este momento, es el lenguaje. Aténgase a ello.

P. Perdone. No pretendía hablar de realidad sino de perspectiva.

R. La perspectiva es tan cambiante como la realidad. Le recuerdo que esto es sólo una entrevista, un deleznable género literario que goza de absoluta impunidad. Diga lo que quiera, pero no suscite mi complicidad.

P. De acuerdo. La ausencia de pensamiento en los dispositivos parlantes, eso que usted llama “quitar el antifaz”, nos revela el comportamiento de la mente humana, donde el yo pensante es una hipótesis o suposición del propio engranaje mental, ¿quién dicta las palabras que estoy pronunciando, señor Lem?

R. Lem son sólo las siglas de un módulo de exploración provisto de un diminuto cerebro electrónico incapaz de responder a preguntas ce índole ontológica. P. Sin embargo, ese módulo llamado Lem ha escrito treinta y tantos libros y ha emitido afirmaciones tan singulares como la de que todo lo creado en el siglo XX no vale nada.

"El animal humano es un proyecto más de la naturaleza en un contexto cósmico"

R. Eso es evidente. El siglo XX ha sido sólo un intento de puesta a punto de estrategias tecnológicas cuya validez intrínseca es nula.

P. Supongo que se trata de una boutade, no se puede negar la evolución, por artificial y catastrófica que resulte, de todo un siglo de extraordinarios descubrimientos.

R. Si echa jabón en una palangana llena de agua y la agita, brotarán burbujas, pero las burbujas son efímeras y su contenido es nada.

P. ¡Qué fracaso!

R. Ni éxito ni fracaso, trampa.

P. Si se trata de trampa y la llamada evolución es sólo huida hacia adelante que produce transformaciones triviales, no estamos abocados a la catástrofe?

R. Sí.

P. ¿Qué esperanza podemos tener?

R. Cada cual es libre de elegir su opción más esperanzadora.

P. Pero, ¿es posible la esperanza?

R. La esperanza, sí.

P. Me refiero a una esperanza que corresponda a nuestras apetencias humanas.

R. La esperanza no es más que una apetencia humana. Una veleidad psicológica que de no estar acorde con el código en funciones conlleva desesperación. Es posible, pero superflua.

P. ¿Engañosa?

R. No engañosa, superflua. Quizá encubridora. Pero no impartamos más opiniones. Resultaría más interesante tratar de averiguar las fronteras que nuestro diálogo establece limitando la imaginación o reconvirtiéndola en aderezo residual.

P. ¿Algo así como lo de la flecha de Lucrecio, lanzada desde los límites del universo para demostrar que el universo no tiene límites?

R. Esa es una estúpida especulación. Nosotros sólo podemos comprobar los límites de nuestros circuitos mentales, explorar los códigos diferentes del pensamiento ininterrumpido y agotarnos en el empeño sin llegar jamás a conclusiones porque sólo somos receptores de ruido que nos obstinamos en organizar, confundiendo el orden con el sentido.

P. ¿Y qué sentido tiene eso?

R. Ninguno, por supuesto. Nc tiene sentido, pero funciona. Sin exceder jamás el tejemaneje del lenguaje, hasta que el lenguaje se modifica por desgaste y sobrevie. ne un estado ensimismado que nos hace atisbar la existencia del silencio como liberación. Esa fi. sura ahistórica produce inmediato pánico y reanudamos la noria del discurso en curso, reiterándonos en círculos viciosos, y todos los círculos lo son, hasta la muerte y destrucción del cerebro.

P. ¡Caramba!

R. Bonita palabra, ¿qué significa?

P. No significa, denota.

R. Estupor, supongo.

P. Asombro.

R. Imaginemos que fuera la palabra primigenia, la que primero pronunció el hombre primitivo al producirse el primer destello de consciencia y vislumbrar la realidad, ¡caramba!

P. Cabría plantearse incluso si pronunció la palabra porque descubrió la realidad o descubrió la realidad porque pronunció la palabra, “Caramba” equivaldría al “ábrete sésamo” de la conciencia.

R. Si fue antes o después no cambia nada. Ahí radica la irrisión de nuestras elucubraciones. La causalidad o casualidad es irrelevante desde el momento en que el tiempo es reversible pero irreparable. Aunque nuestra percepción alterara lo real y realmente desapareciera la montaña cuando miramos al mar, no solucionaríamos el problema porque un tornillo apretado en sueños no resuelve una situación que existe cuando uno está despierto.

P. Eso me recuerda lo de “si tuerces a la izquierda, perderás la cabeza. Si tuerces a la derecha, morirás. Y no hay camino de retorno”.

R. Exactamente.

P. También lo de “salvaréis al hombre rechazando todo lo humano”.

R. Efectivamente. Pero no cometamos la puerilidad de atribuir al dudoso concepto de “lo humano” cualidades específicas que lo conviertan necesariamente en una alternativa menos desastrosa. Tenemos razones para pensar todo lo contrario. El animal humano, más allá de sus buenas o malas intenciones, biológica o psicológicamente, con alma o sin ella, calzado o descalzo, es un proyecto más de la naturaleza en un contexto cósmico, dudosamente amable, aparentemente hostil, probablemente indiferente, y del que, en cualquier caso, es imposible emanciparse porque no conocemos ni conoceremos el universo, por muchos siglos que consigamos sobrevivir y por mucha tecnología que obtengamos o nos sea dada. Es bastante tonto hablar de lo humano porque el hombre vive fuera de casa.

P. Pero estamos aquí.

R. Sí. En una pantalla de ordenador, en un espacio imaginario donde las palabras confluyen, en una taberna inexistente de la ciudad de Cracovia, fuera hace frío, el suelo está helado, y de repente todo esto se habrá esfumado, mientras un lector perplejo descubre nuestra conversación fosilizada en la página de un periódico y su mirada aliviada se topará, por fin, con el punto final, y exclamará “¡Caramba!”.