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INDUSTRIA DEL LIBRO

No hagan olas... todavía

La panorámica de una era de grandes transformaciones en el sector se salda con una leve concesión al optimismo

Ilustración de Setanta.
Ilustración de Setanta.

Trazar una panorámica de la evolución del sector editorial durante el último cuarto de siglo no es sencillo, de modo que disculpen las (posibles) simplificaciones. Empecemos por un planto: seguimos sin estadísticas unificadas; agencia ISBN, ministerio y Federación de Gremios de Editores utilizan los mismos datos, pero no los cocinan igual. Eso lo que se refiere a la producción. En lo que respecta a hábitos de lectura, y a falta de una completa estadística de ámbito estatal (el ministerio del ramo también ha renunciado a ese servicio), hasta hace unos años teníamos que conformarnos con las de la FGEE, siempre mejorables y excesivamente sesgadas al optimismo. Pero desde hace un tiempo, el sindicato de uno de los sectores editoriales más poderosos del mundo (en 2015 facturó 2.258 milloncejos de nada) dice que no tiene dinero para hacerlas. Pobrecitos.

Lo cierto es que leemos poco. Para que se hagan una idea: en 2012 (último año en el que los editores tuvieron dinerito para “extras”) un 40,9% de los españoles no leía nada (pero nada) nunca. En todo caso, en los últimos 25 años se ha ido definiendo lo que podríamos llamar “lector tipo”: mujer trabajadora urbana con estudios universitarios. Que las chicas leen más (sobre todo novelas), parece claro. Por lo demás, el sector ha completado el proceso de feminización iniciado mucho antes. Hoy trabajan en él más mujeres que hombres, aunque sigue existiendo el techo de cristal (e incluso de metacrilato) en la cúspide de esas 23 empresas que facturan el 61% del total. Una feminización que —por diversas razones, no siempre torticeras— no alcanza todavía ni a la crítica ni a la valoración de los libros: en opinión de los críticos y libreros convocados (me incluyo) por Babelia, entre los 10 “mejores libros” publicados en español desde 1991 no hay ninguno firmado por mujer. Tomen/tomemos nota.

Tras una crisis galopante que ha hecho daño al sector (y a muchos de sus agentes: no puedo evitar recordar a los traductores), el libro comienza a salir del impasse económico. Amaina, poco a poco, el cierre de librerías. Y mientras los grandes grupos (“ballenas varadas” las llamó André Schiffrin, volviéndose a equivocar) siguen ocupados en procesos de concentración y globalización, la mayor movilidad y creatividad corresponde a los editores medianos y, sobre todo, pequeños, que facturan el restante 39%: cada día surgen nuevas editoriales que incrementan la lista de las que aterrizaron en las librerías hace una década (Nórdica, Impedimenta, Asteroide, Periférica, Errata Naturae y muchas más). La clave de su éxito: olfato depuradísimo, descentralización (Barcelona/Madrid ya no son necesarias), especialización, redes sociales y la bendita (y jodida) libertad de no tener encima al típico CEO tocapelotas/protector. Con frecuencia, esos indies emprendedores (auténticos mujeres/hombres orquesta) que necesitan visibilidad barata han encontrado complicidad en esa nueva especie de librerías-cafés integradas en barrios, otro fenómeno que ha modificado nuestro paisaje cultural.

¿Y qué leen los que aún leen?: pues eligen entre los 73.221 libros (aparte de los casi 8.000 de autor-editor: aumenta la manía de echar libros al mundo) que se publican en las cuatro lenguas del Estado. Una burrada comparado con los 31.333 que se publicaban cuando nació Babelia y todo el monte parecía orégano. Casi todo en papel, claro: en 2015 sólo un 27% eran e-books. En lo que respecta a los libros electrónicos, y a pesar del pánico apocalíptico de hace un lustro, nos comportamos como un país atrasado. ¿Causas?: no hay que despreciar ni la piratería, ni los (aún) comparativamente elevados precios, ni ese discriminatorio IVA del 21% que los grava. Aparte del absurdo bloque “infantil-juvenil-texto” (que incluye a los cómics, un género en alza) y del cajón de sastre de las humanidades, lo que más se edita, se lee, se piratea y da más pasta, siguen siendo las novelas (un 15,5 % del total). Y otro dato a retener: un 16,2% de los libros son traducciones. Y de ellas, un 52% son del inglés.

Termino con las sufridas bibliotecas, que siguen soportando la cutrez política y la incuria de las Administraciones. Y, sin embargo, todo en ellas ha cambiado gracias al esfuerzo de sus profesionales: de añosos repositorios a centros de intervención cultural que, en no pocos casos, hacen de la necesidad virtud. Salve a los héroes/heroínas que las mantienen más vivas que nunca.

Por tanto, se respiran mejorías en el sector, en líneas generales. Vamos a ver qué pasa con los que vienen ahora. Por si acaso, les recomiendo que (todavía) no hagan olas.

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