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LIBROS / ENSAYO Y POESÍA

En el camino

Gary Snyder traduce magistralmente a poemas y ensayos su querencia por los libros y los paisajes

El escritor Gary Snyder, en un fotograma de la película 'La práctica de lo salvaje', de John J. Healey.
El escritor Gary Snyder, en un fotograma de la película 'La práctica de lo salvaje', de John J. Healey.

Gary Snyder (San Francisco, 1930) se acuerda en estos libros de Jack Kerouac, que lee en el poema La migración de las aves el Sutra del diamante, de Allen Ginsberg, que le acompaña en la ascensión a un pico en uno de los ensayos aquí reunidos; o de Lew Welch, al que dedica un poema en el que cae la nieve, y al que homenajea sin citar en otro en el que Snyder ruge a un mapache que ha entrado en su cabaña destrozando su cocina como aquel hiciera en otro con las ratas que le impedían conciliar el sueño (sin que a ninguno de los dos, por cierto, les hayan servido de freno sus votos budistas de compasión por todas las criaturas).

Ecología de la amistad de alguien que, dentro de la generación beat, va destacándose, a medida que pasan los años, como uno de sus integrantes más íntegros, hondos y genuinos. Gary Snyder, trascendentalista y budista a partes iguales, aprende de Thoreau y de Dogen, los dos maestros más visitados en estas páginas, lo que denomina “lecciones de lo salvaje” (el gusto por la libertad, el agradecimiento por lo doloroso y lo transitorio, el vivir ligero, el buen humor, la audacia, la austeridad, la resistencia, la escucha del cuerpo o la confianza instintiva en los seres de la naturaleza) y, sobre todo, a practicar una modalidad de la existencia donde es difícil distinguir lo individual de lo social, lo espiritual de lo material, y lo pensado de lo llevado a cabo.

Snyder, que afirma que los libros son “nuestros ancianos” (y por eso hay que leerlos con la misma actitud con la que uno escucha las historias de sus abuelos), señala también la importancia de saber interpretar ese gran mandala que forman los paisajes (ríos, bosques, montañas), un diagrama geográfico pleno de sentido cuyo conocimiento le ayuda a uno a orientarse en los laberintos de sus necesidades, ideas o sueños. Es lo que él hace: agota bibliotecas (conversa con los ancianos) y agota senderos (recorre a pie los espacios abiertos por ese mandala); y escucha, además de a las letras, lo que tienen que decirle los muchos pueblos con los que se cruza (los concow, nisenan, inupiaq, atabascanos, haida, hopi, crow, washo, chehalis, yupik, lakota, pintubi, beduinos, yanas y un largo etcétera) sobre plantas, animales, vocablos, costumbres o mitos.

Budista y trascendentalista, aprende de Thoreau y de Dogen, los maestros más visitados en estas páginas

El resultado de esta doble dedicación es una forma de sentir y de estar en el mundo que él traduce magistralmente en poemas y ensayos. En los poemas procura no tener opiniones para no enturbiar su visión de lo real, le da las gracias a su gran familia (Tierra, Plantas, Aire, Seres Salvajes, Agua, Sol, el Gran Cielo) o a su ordenador portátil (que es halcón posado, caballo nervioso o granizo en la roca), toma nota de las profundas enseñanzas de un mango de hacha o de un cubo abollado, y saluda a sus colegas (poetas de tierra, aire, agua, fuego, espacio o mente) mientras corta leña o descansa comiendo un bocadillo.

En los ensayos, frutos del activista y del filósofo a partes iguales, reflexiona acerca de la ecología (espiritual, ecuménica), de la solidaridad comunitaria, de la conciencia biorregional, de la purificación mental planetaria, de la gestión de las tierras comunales, de la teología agrícola, de la gestión cinegética espiritual, de las cuatro dignidades chinas (levantarse, acostarse, sentarse y caminar), del lado oscuro de la naturaleza (y de la imaginación asimismo oscura que promueve) o de una mujer que se casó con un oso. En ambos, poemas y ensayos, Snyder usa las palabras, cuya naturaleza biológica reivindica, no para dejar un repertorio de significados, sino como si el escritor se hubiera metamorfoseado en “un alce que fuera dejando un rastro de huellas en la nieve”. “Ecología del lenguaje” que solo confía en frases que saben convertirse en musgo de un arroyo o en piedra de un desierto.

Lo salvaje que da título a estos dos volúmenes complementarios tiene que ver con el camino, donde de nuevo aparecen, como fantasmas benévolos, Thoreau y Dogen. En el ensayo En el camino, fuera del sendero, por un lado, Snyder recuerda que cuando uno (cazador, recolector) se adentra en un camino trillado vuelve con las manos vacías, razón por la cual tiene que atreverse a adentrarse en lugares no roturados y sin explorar. En el poema Fuera, por otro, se afirma que “el camino es todo lo que pasa” y que “no tiene objetivo en sí mismo”, razón por la cual lo importante no es saber adónde se va (ese caer en la dictadura y la ceguera de los mapas), sino saber que uno está yendo. Fuera el camino, donde se borra el camino (y la misma noción de camino): el lugar de la poesía y del pensamiento verdaderamente salvajes, que son, loado sea el universo, los que practica el gran Gary.

La mente salvaje. Gary Snyder. Traducción de Nacho Fernández. Árdora Ediciones. Madrid, 2016. 332 páginas. 18 euros.

La práctica de lo salvaje. Gary Snyder. Traducción de Nacho Fernández y José Luis Regojo. Varasek Ediciones. Madrid, 2016. 261 páginas. 18 euros.

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