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Ser escritor, ser cocainómano, ser algo

El madrileño Daniel Jiménez debuta con 'Cocaína', un valiente juego autobiográfico sobre la adicción, la escritura y el fracaso de un joven de 29 años

Una de las imprescindibles voces del argentino Antonio Porchia dice que “uno es para todos y hasta para sí mismo lo poco o lo mucho que puede parecerse a alguien”. Más allá de la aparente tautología, esta verdad pesimista podría acompañar la lectura de Cocaína, con la que Daniel Jiménez (Madrid, 1981) ha obtenido el Premio Dos Passos a una primera novela.

Cocaína narra el año 2013 en la vida de un personaje llamado Daniel, de campanadas a campanadas. A esto añadiremos que está fechado a modo de diario y que en él aparecen, como contrapunto al “drama” del narrador, algunos materiales de desecho que reconoceremos: actualidad periodística, presentadoras del telediario, jóvenes escritores del medio nacional… Es decir, se trata de un ejercicio autobiográfico. Lo que ahora se llama, para evitar el estigma de lo confesional, “autoficción”. Y para reforzar esta lectura el narrador escribe: “Para contar cuentos de príncipes y dragones ya están los políticos, las series de televisión y la prensa. La literatura del siglo XXI exige algo más. Henry Miller escribió: la literatura del siglo XXI será autobiográfica o no será”.

Ser escritor, ser cocainómano, ser algo

Pero que nadie espere un juego autocomplaciente. Lo que aquí se narra no puede colgarse en un muro de Facebook: la nada heroica adicción a la cocaína, la depresión y crisis de identidad de un joven de 29 años, la desintegración de una familia tras el suicidio de una de las hijas y, de fondo, el fracaso “de un país de mierda”.

El principal acierto de Cocaína está en la elección de la segunda persona cuando lo fácil hubiera sido la primera: el narrador se dirige, desde la fractura de la personalidad, a un tú que debería ser él mismo. Y lo hace con naturalidad, pero sin una identificación plena. Esto, además, refuerza la letanía del cocainómano, que oscila entre la bravuconería y el autoengaño: un proceso por el que te convence de que es más listo que tú y más puro y más sano. Y que, incluso, el verdadero cocainómano no es él, sino tú, que lees en tu casa.

Daniel Jiménez se alinea, por voluntad propia, en una tradición literaria de santos fracasados que anticipan el declive de una sociedad y el malestar en la cultura: los hombres (y mujeres) del subsuelo. Dostoievski, Hamsun o Castellanos Moya son citados en Cocaína en momentos oportunos. Estos personajes aislados, tullidos emocionales, buscan establecer un contacto a toda costa. Y como les asalta la sombra de su estigma (y prefieren ser malos antes que vulgares), suelen relacionarse desde el daño. Una profecía del fracaso autocumplida.

Pero ¿cómo eludir el victimismo romántico de unos perdedores con tanto éxito en la literatura? Primero desde la exigencia de sinceridad y distanciamiento con la propia miseria. También potenciando su carácter sociológico e incluso político, la falta de perspectiva de los hombres y mujeres de un país en caída libre, sin que suene a moralina ni a periodismo de actualidad. Y por último, aunque buena parte de la novela es una “fenomenología de la cocaína”, de su uso y abuso, gracias a una escritura que se desvía con ritmo y humor negro del monotema. Por ejemplo, en las enumeraciones, que Jiménez trabaja con maestría, convirtiendo una lista (de enfermedades, de trabajos, de oportunidades perdidas) en una especie de plegaria. Enumeraciones que comienzan con pesimismo y suelen elevarse en una especie mística de la mediocridad y canto a la juventud desperdiciada.

Otros temas sirven de contrapunto: la familia, la pareja, el trabajo, el suicidio… Y, por supuesto, la literatura. Desde la autosuficiencia (“escribir es la única recompensa del escritor”) o la obsesión por figuras tutelares (Bolaño) hasta la envidia, tratada con humor (la banalidad del medio literario con nombres y apellidos sabiamente convertidos en personajes, como “el tirano Soto Ivars”).

Cocaína es un libro triste en busca, por volver a Porchia, de una identidad que es hurtada por esa sustancia blanquecina “que llamamos cocaína”, aunque nadie sepa muy bien qué contiene. Ser normal, ser escritor, ser cocainómano, lo que sea: encajar en la comunidad de los vivos.

Y aunque no sepamos qué cosa es un escritor, así en abstracto, reconocemos la escritura de esta primera novela, verdadera y valiente, de la que un autor (y/o personaje) no sale indemne.

Cocaína. Daniel Jiménez. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 192 páginas. 17,50 euros