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La liturgia de la belleza

El escritor húngaro László Krasznahorkai, ganador del último premio Man Booker International, despliega una serie de estampas en busca de la hermosura del mundo

La deidad japonesa Seiobo dibujada por Tsukioka Kogyo (1869-1927) en su serie Imágenes del Teatro No.
La deidad japonesa Seiobo dibujada por Tsukioka Kogyo (1869-1927) en su serie Imágenes del Teatro No.

Aunque la crítica nacional o internacional se viene refiriendo mayormente a este libro como una novela, la verdad es que no lo es. Ni es una novela ni es un libro de cuentos. Consta de 17 capítulos numerados según la sucesión de Fibonacci, que tiende al infinito, con lo que pretende sugerir una continuidad entre pasado y futuro desde el presente de cada relato, del mismo modo que establece elementos comunes que anudan unos relatos a otros. Pero ¿podemos hablar de relatos? Me parece más adecuado hablar de experiencias, enseguida veremos de qué.

Previamente conviene señalar el estilo de László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954) porque es verdaderamente peculiar. En términos literarios, deberíamos hablar de experimentalismo. El autor escribe tratando de crear la sensación de una fluencia, caudalosa en palabras y frases, organizada en párrafos de hasta tres y cuatro páginas de extensión en los que las frases solamente están separadas (y enlazadas) por comas como único signo de puntuación y por temas que se entrelazan. Es un texto de gran belleza expresiva y de una decidida condición reflexiva enmascarada en lo narrativo, que exige del lector un alto grado de concentración.

La liturgia de la belleza

Seiobo es una deidad japonesa que toma la decisión de volver a la Tierra en busca de la belleza que se contenga en el mundo. Es la belleza concebida como reflejo de la perfección, de la divinidad. La perfección, concebida también como precisión, es lo que guía a un actor de Teatro No que representa el descenso de Seiobo a la Tierra. El conflicto se manifiesta entre la relación de la belleza con lo supremo, la deidad, y la imperfecta condición terrena, donde la belleza sólo alcanza a ser un reflejo episódico; conflicto que opera, simbólicamente, como centro de gravedad del libro.

De la mano invisible de Seiobo, el autor relata una serie de experiencias realmente sublimes de la belleza y también de su lado oscuro. Se trata de una serie de encuentros con lugares o personas: la Alhambra de Granada, el taller de Botticelli en el que trabaja un hijo de Filippo Lippi, la atribución de la autoría de un rostro de Cristo, la delicadísima talla de una máscara No por el maestro Inoue Kazuyuki, una exposición de iconos rusos en unas salas de La Pedrera en Barcelona, la música de Bach, la frustración de un encuentro con la Acrópolis, el viaje de El Perugino de vuelta a Peruggia como final de su pintura… Es la persecución de la belleza, de su último e íntimo sentido espiritual, desde la realidad que se dirige a la trascendencia; de ahí la importancia de la mirada, bien la mirada de los ojos del Buda o de la misteriosa cabeza del Cristo que quería abrir los ojos desde el lienzo, bien la mirada reflexiva y también atormentada del autor.

La prosa de Krasznahorkai, ganador hace unos meses del premio Man Booker International, adquiere la cadencia casi litúrgica de un libro de meditación y así es como oficia él, a menudo con una escritura sugerente y a veces extenuante, hasta un final que habla de la esencial continuidad de la muerte igual que ha hablado de la esencia de la belleza como reflejo ocasional de lo sagrado.

Y Seiobo descendió a la Tierra. László Krasznahorkai. Traducción de Adan Kovacsics. Acantilado. Barcelona, 2015. 460 páginas. 28 euros

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