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Tedio

¿Qué le llevó a Von Kleist a trocar el clásico requiebro amoroso de llamar a la amada “¡vida mía!” por el siniestro de “¡muerte mía!”?

Fotograma de la película Amour Fou (2014), de Jessica Hausner.
Fotograma de la película Amour Fou (2014), de Jessica Hausner.

Estando el amor y la muerte tan bien enlazados de suyo, no es tan infrecuente que los amantes, por cualesquiera de los lances eróticos en que estén inmersos, que varían según la época, se vean impelidos a entregar el único don que poseen los seres humanos mortales: la vida misma. Así, se muere y se mata por celos, pero tampoco es raro que unos amantes, cuando las circunstancias impiden la formalización de su relación, opten por consenso por el suicidio. En este sentido, hay una abundantísima literatura sobre este tema del “morir de amor”, y, en especial, en nuestra época, cuyo origen y destino estuvo signado por el romanticismo, tan radicalmente apasionado y egotista.

Todo lo apuntado en el párrafo anterior, digamos que, en principio, está muy bien, pero, para concretar, es producto de la visión de una película, Amour fou (2014), “amor loco”, de la cineasta austriaca Jessica Hausner (1972), donde se escenifica el intenso desvarío romántico del escritor prusiano Heinrich von Kleist (1777-1811), un insólito campeón de la necrofilia erótica, cuyo afán de plena intensidad no solo le condujo a aborrecer la vida, sino a buscar denodadamente una pareja suicida, porque le resultaba insoportable el hecho ineluctable de morirse a solas, o, si se quiere, que deseaba morir matando al ser amado. Pero no se trata de ningún relato de ficción de este notabilísimo escritor alemán: Von Kleist empezó por proponérselo a su amada mujer, Wilhelmine von Zenge, que estaba dispuesta a acompañarle hasta la tumba, pero sin por eso caer en ella, y, tras recibir estas calabazas fúnebres, no cejó en el empeño hasta hallar a Henriette Vogel, una joven burguesa, al parecer algo neurasténica, que se mostró propicia al sacrificio y se dejó matar un 21 de noviembre de 1811.

¿Qué le llevó a Von Kleist a trocar el clásico requiebro amoroso de llamar a la amada “¡vida mía!” por el siniestro de “¡muerte mía!”? Miembro de una aristocrática familia prusiana, que le encaminó, como entonces correspondía, a una carrera militar, que él pronto abandonó en aras de su vocación literaria, Von Kleist, además de convertirse en un desclasado, jamás obtuvo el menor reconocimiento en vida, a pesar de su abundante y muy interesante producción poética, dramática y novelística. ¿Solo la falta de reconocimiento social justifica, como luego apuntó Nietzsche, el que este desdichado autor se hundiese en un ensimismamiento para acabar explotando como un volcán en erupción?

Es difícil encontrar una causa determinante para el indudable colapso psíquico de Von Kleist, gran parte de cuya obra gira morbosamente en torno al paradójico placer de tánatos, pero la versión que nos da, en Amour fou, Jessica Hausner, cineasta muy atenta a los problemas del desarraigo, elude esta u otra de las interpretaciones más razonablemente tópicas. Antes, por el contrario, Hausner, centrando su atención en el momento en que el desdichado escritor conoció y acabó convenciendo a la pobre Henriette para morir + bien las triviales conversaciones familiares, engarzadas ya por las bobadas publicadas en la prensa. En este contexto asfixiante, el fanático delirio erótico de Von Kleist va cobrando paulatinamente fuerza como desesperado punto de fuga frente al tedium vitae de lo previsible, muy propio de un teatro de marionetas, tema este al que le dedicó un brillante ensayo. En realidad, Von Kleist, cual demonio crucificado, más que suicidarse, deseaba que desapareciese la humanidad de un disparo.