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La ingeniería sonámbula de Vicente Rojo

Según Carlos Monsiváis, el artista afincado en México logró “el tránsito de la vieja a la nueva percepción”. Una amplia exposición repasa su trayectoria como pintor y diseñador

Señal antigua en forma de letra (1969), obra de Vicente Rojo. Ampliar foto
Señal antigua en forma de letra (1969), obra de Vicente Rojo.

En los años cincuenta surgió en México una generación de artistas que, como observó José Luis Cuevas en el famoso texto de 1951, La cortina de nopal, quisieron llevar el arte del país por “anchas carreteras que condujeran al resto del mundo” y “no por pequeños caminos que sólo conectan aldeas”. Es decir, que impulsaron un tipo de arte que rehuía del sistema de formas muralista, entonces ya muy venido a menos, para insertarse en una discusión, mucho más amplia, que estaba teniendo lugar a escala mundial. Eso, para muchos, significó intercambiar la rigidez del realismo de corte social, que había imperado durante décadas, por algún tipo o grado de abstracción.

Algunos, como Lilia Carrillo, se inclinaron por la vertiente más lírica o espontánea de la pintura abstracta. Otros también tomaron el camino del informalismo, pero llevándolo hacia el collage, como hizo Fernando García Ponce. Y unos más, por ejemplo, Manuel Felguérez, optaron por un arte mixto: a igual distancia del gesto expresionista que de la abstracción geométrica. En esta segunda línea, no obstante, “el geómetra más riguroso” de todos, como lo llamó Octavio Paz, fue desde el inicio el barcelonés afincado en México Vicente Rojo: “Precisión e invención, ingeniería sonámbula”, escribió el poeta. Lo suyo era, y sigue siendo, la serialidad, el arte combinatorio llevado al extremo, donde cada obra representa la posibilidad —por mínima que sea— de volver a pintar lo mismo pero con alguna variante. Una megageometría, según escribió Salvador Elizondo, cuyas construcciones parecen animadas por un impulso de depuración, como si buscaran llegar a la imagen más acabada de algo.

“No hay formulación de juicios”, advierte Elizondo, “sino articulación de una forma pictórica perfecta”. Por ejemplo, la “T” que Rojo adoptó como motivo de una serie en la que, literalmente, la letra T es una y otra vez vuelta a trazar pero siempre de una manera distinta: cambia, y a veces radicalmente, el color, la textura y el estilo del carácter, pero nunca tanto como para no dejarnos ver la forma inconfundible de una T mayúscula (¿T de qué?, podría ser la pregunta: ¿T de Tiempo, de Trabajo, de Totalidad?).

Lo suyo era, y sigue siendo, la serialidad, el arte combinatorio llevado al extremo

En Negaciones, título de esta investigación, volcada en más de cien obras realizadas entre 1971 y 1974, se hace evidente el nexo de la pintura con el diseño gráfico, oficios que Rojo ha practicado por igual y que en su obra plástica se entrecruzan con frecuencia. Una relación simbiótica, la llama él, entre el color y la estructura. O dicho de otro modo, un ir y venir entre la pintura, aquí entendida como campo de color (lo cual se traduce, por momentos, en un ejercicio de pura densidad cromática: lograr textura a través de los pigmentos), y el diseño, que supondría una incursión en un universo “prefabricado”: lo que varía es la pintura, mientras que el elemento tipográfico permanece intacto. Lo manual y lo mecánico. Esa posiblemente sea la negación a la que alude el nombre del conjunto, pues se trata, precisamente, de negar la pintura como tal, a partir de hacerla colisionar con un lenguaje que le es ajeno. Y, como diría Elizondo, no está de más hablar de lenguaje a propósito de la obra de Vicente Rojo, pues no hay otro pintor “que denote con tanta insistencia un trasmundo o un afán lingüístico, o lógico (es decir, de congruencia) tan apremiante”. Y eso sin duda es producto de su cercanía con el diseño editorial, que pasó, incluso, por la invención de un par de alfabetos.

La exposición que estos días puede verse en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo es especialmente relevante porque además de presentar casi al completo algunas de las series tempranas de Rojo, como Negaciones o Señales en el país de Alicia (1972), reúne la muestra más amplia que se ha visto en mucho tiempo de ejemplares de libros, revistas y periódicos que Rojo diseñó. Empezando por el proyecto, que rebasó con mucho las fronteras del libro convencional, e incluso del libro-objeto, con el cual él y Octavio Paz rindieron homenaje a Marcel Duchamp.

Además, se pueden ver carteles, logotipos y muchas de las portadas que realizó para Ediciones Era. Y con ello queda perfectamente claro porque Carlos Monsiváis decía que Rojo había logrado organizar en el ámbito cultural mexicano “el tránsito de la vieja a la nueva percepción”.

Escrito/Pintado. Vicente Rojo. MUAC, México. Hasta el 20 de septiembre.