Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El futuro del jazz en España está en sus manos

El desierto musical que era España ha quedado atrás. Decenas de jóvenes triunfan con discos y giras en un género que viven como una religión. Los novísimos del jazz español

De pie, de izquierda a derecha, Toño Miguel, Mauricio Gómez, Noa Lur, Alberto Brenes y Pablo Hernández. En primer término, Dani Juárez. Ampliar foto
De pie, de izquierda a derecha, Toño Miguel, Mauricio Gómez, Noa Lur, Alberto Brenes y Pablo Hernández. En primer término, Dani Juárez.

"España es un desierto para el jazz". Las palabras del crítico Leonard Feather, con las que saldaba la aportación de nuestro país al noble arte de la síncopa, quedan muy lejos en el tiempo. El desierto de ayer es hoy un fértil valle con los “novísimos” del jazz español: “Tocar jazz es una religión”, puntualiza uno de ellos, el saxofonista Javier Vercher, residente en Valencia. “Sabes que nunca te vas a hacer rico, pero estás haciendo lo que tienes que hacer”.

Buscándose la vida

Ser o no ser músico de jazz. Noa Lur (Ainhoa Vidaurreta) cambió su plácida existencia de ejecutiva discográfica por la mucho más agitada vida de cantante de jazz: “Uno no decide ser músico de jazz. Sencillamente, no puedes hacer otra cosa”. Para la rubicunda cantante, como para la mayoría de los entrevistados, el jazz ha sido un amor a primera vista: “Siempre he soñado con cantar jazz”, aclara. “Sin motivo, sin ninguna razón, porque sí, o porque el jazz es un lugar de encuentro en el que puedes juntar todo lo que te gusta, a Sarah Vaughan con Tina Turner y con Black Sabath, y nadie te va a decir que no puedes hacerlo. Al final, se trata de jugar y romper alguna estructura”.

En el caso de Marco Mezquida, el jazz empezó constituyendo una forma de escapar de la rutina: “Me ha dado la vida, literalmente, me hace feliz pensar en todo lo que no he hecho gracias al jazz, por ejemplo, no he tenido que picar piedra”. El próximo 4 de agosto, el menorquín, de 28 años, ofrecerá su primer concierto en solitario en el Palau de la Música barcelonés: “De niño escuché a Keith Jarrett en solitario y dije: ‘Quiero ser como él’. Y aquí estoy”. Marco frente al mundo en el templo de la música en Cataluña: “Tocar sin acompañamiento en un lugar como el Palau es un viaje. No puedes saber lo que va a ocurrir. Puede que te salte la vena lírica, o que el cuerpo te pida algo más punk, a lo mejor termino tocando Fly Me to the Moon, quién sabe”.

Pero Marco tiene claro que si ha llegado hasta aquí es por un motivo: “Para tocar jazz, lo primero es confiar en uno mismo; hay que hacer las cosas con pasión, salir todos los días de casa a defender la música, la propia y la de los otros; entender que uno está al servicio del arte, y no al revés. Al final, hacer música es un acto de amor y de humildad. Es decir a la gente: ‘Yo hago esto, y si no gusta y no me llama nadie, seguiré haciéndolo”.

Discografía del nuevo jazz español

The North Atlantic Jazz Connection:Element to Evasion (Free Code , 2014).
Aarti:
Tritonia (Quadrant, 2014).
Carlos López:
Letters From København (Jazz Activism, 2015).
Dani Juarez: 
Caminos (Free Code, 2014).
Sinouj: 
La fiche (Fundación SGAE, 2014).
Marco Mezquida:
Live in Terrassa (Underpool, 2015).
Javier Vercher, Ferenc Nemeth:
Imaginary realm (Dreamers Collective, 2013).
Marta Sánchez Quintet:
Partenika (Fresh Sound New Talent, 2015).
Ernesto Aurignac Orchestra:
Uno (Moskito, 2014).
Noa Lur: 
Badakit (Youkali, 2013).
Carlos Falanga: 
Gran coral (Underpool, 2015).
Lucía Martínez: 
De viento y sal (Karonte, 2014).
Alex Conde: 
Descarga for Monk (Zoho, 2015).
Yul Ballesteros:
Nine tales from the inner space (Yul Ballesteros, 2015).
Ander García: 
Ttun-Kurrun (Errabal, 2014).
Diego Barber y Craig Taborn:
Tales (Sunnyside Records, 2014).

Contra todo y contra todos. Antonio Miguel (Zaragoza, 1978) lleva una vida tratando de compaginar la vida familiar con la religión del jazz: “Para quien está contigo resulta difícil entender que no estamos de fiesta, sino trabajando; o que sus vacaciones son el periodo en el que más trabajo hay para un músico… Yo he tenido suerte: mi mujer me entiende perfectamente. Por eso me casé con ella”. Toño, como es conocido en los ambientes del jazz madrileño, acaba de ser padre por segunda vez: “Todos estamos pluriempleados, y los que somos padres, más. Uno puede sobrevivir tocando jazz siempre que esté metido en muchos proyectos, cuantos más, mejor. La ventaja, en mi caso, es que todo el mundo necesita un contrabajo, y no hay tantos en el mercado”.

“La vida del jazz es un puro caos, siempre arriba y abajo”, puntualiza Noa. “Por ejemplo, yo tengo mi propio cuarteto, el dúo con el guitarrista Eliseo Lloreda, canto en una big band y en un coro góspel, doy clases de canto… puede ocurrir que un día tenga un ensayo a las tres de la mañana, luego una clase, y luego tenga que salir pitando para dar un concierto en el otro extremo del país. La suerte es que todo me encanta”.

Hoy por ti, mañana por mí. La solidaridad en el jazz adquiere valor de ley: “Aquí no hay rencillas ni envidias”, insiste Noa. “Todo el mundo colabora con todo el mundo y nos ayudamos entre nosotros… será porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo va a hacer”. Solidarios y solitarios. La religión del jazz exige sacrificios: “Somos como una farmacia de guardia abierta las 24 horas”, reflexiona Toño Miguel, “siempre dispuestos y con la maquinaria a punto. Tu vida es un constante ir de un escenario a otro; llegas a un lugar, tocas y, al día siguiente, vuelta a empezar. Cada día es un proyecto diferente; no hay tiempo para asentar una idea o elaborar un repertorio y, claro, llega un momento en que la cabeza no te da para más”.

Condenados al pluriempleo

La llamada de Babelia sorprende al malagueño Ernesto Aurignac, camino de una prueba de sonido. Esta noche tiene concierto y quiere dejarlo todo a punto: “El secreto para sobrevivir tocando jazz es estar con el saxo en la boca todo el día”, asegura. “Ir donde te llaman, hacer contactos, tocar en millones de bolos, meterte en todas las jams…, al final, estarás tocando tu música un día a la semana, y los seis restantes, lo que salga”.

Frente a la dispersión de muchos, el saxofonista Pablo Hernández prefiere concentrarse en su proyecto vital: “Mi objetivo consiste en reunir bajo un mismo techo todas las experiencias que he tenido a lo largo de mi vida”. Nacido en Badajoz y residente en Madrid, Hernández estudió filología árabe en Salamanca y Túnez —“pon que también tengo un máster en Relaciones Internacionales de la Universidad de Saint Joseph en Beirut, que esas cosas molan”—. Estudios aparte, el jazzista pacense contempla el futuro con escepticismo: “La cosa está complicada, entre el verano, que viene flojo, y los cachés, que siguen a la baja. No te digo si, encima, tocas una música diferente. En Francia o en Bélgica ven a un músico de jazz tocando una flauta ney y les parece normal; aquí, deciden que no es jazz. Yo considero la tradición como un libro abierto a otros estilos. Wynton (Marsalis) no opina lo mismo, pero yo sí. Y ya no hablo de los festivales… para ellos, directamente, no existimos”.

Alejarse de la convención tiene sus riesgos, y, si no, que se lo digan a los madrileños Monodrama. Sus componentes se conocieron en Rotterdam: “Compartíamos el mismo piso, vimos que teníamos los mismos gustos musicales, así que decidimos juntarnos”. De Rotterdam a Malasaña, los integrantes de Monodrama se definen como una “banda de culto”: “Ante todo, somos una banda de verdad, algo que es muy difícil encontrar en el jazz”, puntualiza Alberto Brenes, que cumple las funciones de baterista en el trío. “Huimos del cliché, somos serios, nos gusta el jazz nórdico y tratamos de ser lo más honestos posible”. Eso sí: las posibilidades de escucharles en directo se cuentan con los dedos de la mano, pero David, Alberto y Mauricio lo consideran una bendición: “Si tocáramos todas las semanas perderíamos la calma”.

Vivir o no vivir del jazz. Para Brenes, esa no es la cuestión: “Lo que hay que hacer es trabajarse la escena, implicar a la audiencia con una música que se sale de las pautas establecidas, y eso nos corresponde a nosotros, porque dependemos de los clubes de jazz, y, por mucho que queramos, no son instituciones de caridad”.

La geografía del jazz

Félix Rossy responde a la llamada tumbado sobre una mesa de masaje mientras es atendido por tres amigas. Un momento y un lugar como cualquier otro para hablar de jazz… “El dinero, para mí, es algo secundario”, asegura. “Lo que me importa es tocar cada día mejor”.

Hijo de músico, este trompetista de 21 años lleva unos meses dedicado a corregir defectos y mejorar el sonido de su instrumento. A finales de julio tiene previsto reanudar sus conciertos junto al baterista israelí Ofri Nehemya: “Para quien quiera tocar jazz, Barcelona funciona. Hay un montón de músicos motivados, mucho intercambio de información, sólo fallan los locales, que no hay, salvo el Jamboree y algún otro”. En noviembre de 2013, Félix Rossy y Marco Mezquida presentaron su primer disco a dúo en el susodicho Jamboree Jazz Club: “No es sólo que haya pocos clubes”, opina el segundo, “sino que la calidad del trabajo se ha deteriorado, tanto que los que antes te daban 70 euros por un bolo, ahora te dan 30, y los que te daban 30, ahora van a taquilla”.

Venturas y desventuras del músico de jazz en España

Desde su aparición en tiempos de la Transición, las escuelas de jazz en nuestro país vienen vomitando un número in crescendo de instrumentistas y compositores para quienes el jazz es, más que una profesión, una religión. Son las nuevas hornadas del jazz made in Spain: jóvenes, pero suficientemente preparados. Su futuro es tan incierto como su presente.

Excluido de los grandes festivales dedicados al género, el joven jazzista nacional tiene en el club su opción más recurrente y casi única, amén de económicamente ruinosa. Se sabe abandonado a su suerte por las administraciones públicas, tan poco dadas a reconocer su esfuerzo desinteresado: las excepciones, que las hay, confirman la regla. Enfrentado a una escena exigente como pocas, el joven jazzista termina ofreciendo sus servicios al mejor postor, llámese éste Alejandro Sanz o Nach, bien arrimando el ascua de su sardina a otros géneros musicales con más “salida”, caso del flamenco; lo que, en algunos cenáculos, está considerado como una claudicación. No falta quien emprende el camino en busca de horizontes más saneados sin saber lo que le espera al final del camino. Las más de las veces, la aventura americana o berlinesa tiene fecha de caducidad, una vez el interesado ha comprobado el carácter universalmente minoritario del género. Vivir del jazz exige sacrificios en Madrid como en Nueva York o Tokio.

La visibilidad del músico de jazz pasa por su aparición en alguna de las revistas especializadas dedicadas al género, todas ellas digitales. Su alcance es, en casi todos los casos, limitado. Nada puede esperar de las emisoras de Radio y televisiones convencionales: la presencia del jazz en las mismas es, prácticamente, nula. Con el disco convertido en poco más que una tarjeta de presentación, queda al creador la posibilidad de invertir su conocimiento sobre la materia en la enseñanza: “¿enseñar a otros para que terminen sin tener dónde tocar?”, confesaba a El País uno de nuestros ya no tan jóvenes jazzistas en ejercicio. “No, gracias”.

En nuestro país, el que no toca, porque no tiene dónde, enseña o monta un estudio de grabación. Es el caso del intrépido saxo Javier Vercher que tras una década en la Gran Manzana, regresó a la capital del Turia para montar un pequeño estudio donde pretende grabar a los nuevos talentos del jazz: “En Valencia tenemos la tradición musical de esta ciudad, y la delegación de la Berklee School of Music trayendo a músicos de todo el mundo, sin embargo, la corrupción se ha comido todo eso”.

El músico de jazz sabe lo que puede esperar de los administradores públicos. Que si la noche madrileña es “un tesoro a preservar” (Jorge Pardo dixit), los munícipes de la capital siguen empeñados en no darse por enterados: “Aquí convivimos los músicos de jazz con los flamencos, los cubanos, los africanos y los asiáticos”, declara Pablo Hernández. “El cosmopolitismo de la escena musical madrileña es un fenómeno único, todo el mundo que viene se asombra, y luego te encuentras con que nada de eso se refleja en la cultura oficial. Lo único que saben hacer es cerrar los locales donde se escucha música en vivo”.

Una ventana al exterior

“Llega un momento en que has estado en todos los sitios, conoces a todo el mundo, y te preguntas para qué vas a hacer una gira de 10 días por España si vas a acabar perdiendo dinero”. La crónica del exilio incluye los nombres de Marta Sánchez, Carlos Falanga, Alex Conde, Xan Campos o Carlos López, baterista y director artístico del ciclo 1906 Jazz. Su último disco, Letters From København, es un canto a la modernidad: “Si quieres que te escuchen tocando jazz, no tienes otra que estar al día, y para eso tienes que salir”.

Lucía Martínez, tras ocho años residiendo en la ciudad de Berlín, compagina la práctica de la libre improvisación con un puesto de medio volante en el Kreuzberg Football Club femenino: “Soy un culo inquieto, me gusta el free jazz, tocar la zanfona y jugar al fútbol”. La capital alemana acogió a la pizpireta jazzwoman con un calor que no tiene que ver con las latitudes: “Fui a Berlín porque quería estudiar con John Hollenbeck y me encontré con una ciudad abierta y llena de actividad. El primer año estaba tocando con Alexander von Schlippenbach, y eso me permitió trabajar mis propios proyectos”. Pero por muchos que sean los atractivos que Berlín pueda ofrecer al improvisador, en el horizonte de todo músico de jazz sólo existe una ciudad: “Viajar a Nueva York es un must para todo músico de jazz”, dice Marta Sánchez, madrileña de nacimiento y neoyorquina de adopción.

Nuevo en esta plaza, Dani Juárez tiene un prometedor futuro por delante. El primero entre los saxofonistas de jazz nacidos en Talavera de la Reina reparte su tiempo entre San Sebastián, donde ha estudiado, y Madrid, escenario de sus primeras apariciones públicas. En agosto viajará a Nueva York para estudiar: “Cuando eres joven buscas pasártelo bien y aprender, luego te das cuenta de que eso no siempre es posible, pero sigues porque haces lo que siempre has querido hacer, que es tocar jazz”.

De pie, de izquierda a derecha, Pablo Hernández, Mauricio Gómez, Toño Miguel, Alberto Brenes y Dani Juárez. Sentada, en primer término, Noa Lur. ampliar foto
De pie, de izquierda a derecha, Pablo Hernández, Mauricio Gómez, Toño Miguel, Alberto Brenes y Dani Juárez. Sentada, en primer término, Noa Lur.

La Gran Manzana ofrece su cara más apetitosa a quien acude a su llamado. Ahí está el canario Diego Barber que con su trabajo Tales grabado con la estrella del piano Craig Taborn se colocó en las listas estadounidenses de los mejores discos de 2014. “Luego llegan las decepciones, y te das cuenta de que no es oro todo lo que reluce”, reflexiona Vercher. “En 1997 me dieron una beca en Berklee. Me licencié y fui a Nueva York, conocí a Chip Taylor, el autor de Wild Thing, y pasé a acompañarle mientras recorría los garitos de jazz con Lionel Loueke; luego fiché con Alejandro Sanz. Pero empecé a echar de menos Valencia. Llevaba demasiado tiempo fuera. Me vine, conocí a una mujer y… aquí sigo”.

Lo que para unos es la nostalgia, para otros es la decepción o el deseo de ser profeta en su tierra… para el músico de jazz barcelonés o madrileño, la aventura americana tiene fecha de caducidad: “No hay nada como hablar con los que han estado allá para que se te quiten las ganas de ir”, reconoce Mezquida. “La mayoría me dice: ‘Ni se te ocurra moverte’. Y, bueno, no me van tan mal las cosas, aunque tengo la sensación de que los 30 no los voy a celebrar aquí”.

El futuro es suyo

Media hora más tarde, la sesión de “masaje a tres” toca a su fin, y Félix Rossy añade la última reflexión: “Para mí, una cosa es el dinero, y otra, la música. El dinero vale lo que vale. Lo bueno de que te paguen es que te permite hacer cosas que de otro modo no podrías. Resumiendo: vivir del jazz es si te lo propones, basta con tratar bien a la gente. Si lo haces, el dinero viene sólo”.