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OPINIÓN

Política

'Borgen' es un relato verosímil de la modélica democracia danesa. Pero también habla de las miserias del poder y de aquello que erosiona el mejor sistema posible

La primera ministra Birgitte Nyborg (Sidse Babett Knudsen) y su asesor Kasper Juul (Pilou Asbæk), en la serie 'Borgen'.
La primera ministra Birgitte Nyborg (Sidse Babett Knudsen) y su asesor Kasper Juul (Pilou Asbæk), en la serie 'Borgen'.

El escenario de un Parlamento tan repartido que no hay quien forme una mayoría, novedoso en Andalucía y de inminente estreno en toda España, nos lleva a mirar con otros ojos la serie Borgen (que emite Canal+ Series y se ofrece íntegra en Yomvi). Es un relato verosímil de la política en Dinamarca, con sus 13 partidos en la Cámara, cuatro en el Gobierno y una dinámica pactista muy engrasada. Así que vemos a los jefes de los partidos resolviendo en minutos lo que aquí se eternizaría.

Dinamarca es el país que más señalan los líderes españoles como modelo, donde —lo comprobó Salvados— los ciudadanos preguntados en la calle no son capaces de citar ningún caso de corrupción. Pero quítense de la cabeza el paraíso que se dibuja a menudo: Borgen trata también de las miserias de la política. Birgitte Nyborg (interpretada por Sidse Babett Knudsen) es una primera ministra tan idealista como astuta que tiene que aprender a maniobrar en el poder y a tragarse algún que otro prejuicio. El atractivo del personaje está en su naturalidad. Es fácil identificarse con ella, imaginarnos qué haríamos en su lugar, preguntarnos cómo afrontaríamos los dilemas que la angustian, si pagaríamos el alto precio exigido en la vida personal.

Sale algo de juego sucio, pero ni siquiera en la ficción los escándalos del país escandinavo podrían acercarse a los muy reales en España. Tampoco se parecería el más maquiavélico político danés al malvado y corrupto, papel de Kevin Spacey, que apunta a la Casa Blanca en House of Cards.

Borgen no puede ni imaginar eso. Pero acierta al poner el foco en los males que erosionan el mejor sistema posible: los conflictos de intereses, el peso de los lobbies, la demagogia, la xenofobia, el sensacionalismo, las presiones a los periodistas. Una crítica serena y honesta que revela por qué aquella es una democracia ejemplar: porque no ha caído en la autocomplacencia. Porque está vigilante. Porque el listón sigue alto.