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ENTREVISTA

“Odio el sentimiento barato, pero mejor ese que ninguno”

Renata Adler vio en la novela la oportunidad de dar salida a las opiniones que, por ética profesional, evitaba en sus artículos. Ahora se publica en español 'Lancha rápida'

Renata Adler, retratada en 1978. Ampliar foto
Renata Adler, retratada en 1978. Richard Avedon Foundation

Renata Adler (Milán, 1938) fue crítica de The New Yorker y de The New York Times. Sus piezas sobre derechos civiles, guerra y política la erigieron como una de las mejores ensayistas americanas del siglo XX. Renata Adler lleva aún su característica trenza y habla como una tía excéntrica de Wodehouse (“Sí. Creo que eso es… Verdad. ¿Creo eso? Sí. Sí”), pero es todo lucidez. Dialoga en epigramas, no se le escapa una, tiene 77 años y es la persona más brillante que yo he conocido hasta la fecha. Por fortuna, hablé con ella por teléfono, de otro modo habría sido imposible terminar esto sin un fuerte ataque de tartamudez. Porque me impresiona: sus críticas, su ingenio, su valor y sus dos increíbles novelas, Lancha rápida (publicada en inglés en 1976, traducida ahora por Sexto Piso) y Pitch Dark (1983). Recuerden la famosa foto que le hizo Richard Avedon: Renata Adler parecía de joven una mezcla de nativa americana y guerrillera de Baader-Meinhof. Nunca cerró la boca cuando le pidieron que la cerrara. La tacharon de arrogante, la despidieron de varios periódicos, la odiaron varios popes, ella se fue y ahora regresa con un nuevo libro de ensayos (After the Tall Timber: Collected Nonfiction). Bienvenida, Renata. Creíamos que te habíamos perdido.

PREGUNTA. Hablemos de Lancha rápida. Reúne varios atributos que no deberían gustarme (sin trama, fragmentado, vanguardista…), pero me chifla. ¿Cómo lo hiciste?

RESPUESTA. Voy a confesarte algo: no sé contar chistes. Puedo usar una cantidad razonable de ironía, y puedo ser divertida en conversación, y desde luego tengo sentido del humor y todo eso, pero no hay manera de que pueda contar un buen chiste. Nunca he sabido hacerlo. ¿Y sabes por qué? Porque suelto la broma clave demasiado temprano. Así que en la novela intentaba no soltar la conclusión, y para evitar eso seguía cortando, y cortando. Y al final desapareció la trama.

No sé contar un chiste, porque suelto la broma demasiado pronto. Así que en la novela intenté no soltar la conclusión”

P. En una conversación con Guy Trebay comparaste esa forma de trabajar con morder un hilo con los dientes.

R. Sí. Esa es la analogía que yo haría. Iba soltando las anécdotas, y entonces les mordía la cabeza y las dejaba inconclusas. Les cortaba el final y entonces quedaban sueltas, sin el desenlace de cada historia. Cuando llegué a Pitch Dark ya había concluido que otras cosas podían sustituir la trama común. Empecé a pensar como si cada frase tuviese su propia trama. Al final utilizaba cada línea como un refrán.

P. Me preguntaba si el punto de vista del narrador partía de tu primera persona.

R. Depende. En periodismo uno tiene que mantener un compromiso con la verdad y los hechos, pero no así en narrativa. Vi la novela como una forma de dar salida a todas esas opiniones que me negaba, por razones éticas, a meter en mis artículos. Es un tema interesante, en cualquier caso, el de la verdad. Tienes una compulsión de registrar la verdad, pero puede ser un modo distinto de verdad. Puede ser verdad, aunque no sea objetivamente cierta.

P. Tim O’Brien dice que en sus libros existe una verdad que es mucho más verdadera que los hechos, aunque en ella haya incorporado cosas que no sucedieron.

R. Tim O’Brien es un escritor maravilloso. Por supuesto, esto es así. Hay una narrativa que es más verdadera que la verdad. Pero esto no puede aplicarse a la no-ficción. En no-ficción las fechas, los lugares, los hechos, los nombres tienen que coincidir. Tienes que estar haciéndote preguntas —¿es esto relevante?, ¿sucedió así?— que en narrativa no tienen peso alguno. Por eso tenía ganas de escribir una novela. Para poder hacer algo que me negaba en mi no-ficción.

Quería que la gente sintiese y se preocupase y llorase si hacía falta. No quería hacer un experimento vanguardista”

P. Me parece un error fijarse en las características avant-garde de Lancha rápida. Es un libro lleno de sentimiento y humor, y observaciones sagacísimas. Y nada cínico.

R. No tengo ningún problema con que la gente lo llame vanguardista, pero no creo que lo sea. Mi problema con la narrativa de cariz vanguardista es que tiende a desdeñar todo sentimiento y emoción como si fuesen sentimiento barato. Se bloquea la aparición del sentimiento. Esas novelas pueden utilizar la nostalgia, el ingenio, el diálogo… Y pueden hacerlo muy bien. Pero son incapaces de incorporar la emoción. Me acuerdo de una discusión que tuvimos mi amigo Richard Avedon (el fotógrafo) y yo. Yo defendía las telenovelas, porque me gustaba que me hiciesen sentir de una manera o de otra. Que me importara que pasara esto en lugar de aquello otro. Richard me dijo, tal cual: “Odio eso”. Quería decir que odiaba que esas telenovelas le obligaran a emocionarse con trucos baratos. Yo le dije que también odiaba el sentimiento barato, pero que prefería tenerlo barato a no tener ninguno. Y Lancha rápida tiene mucha emoción, sí. No quería hacer un experimento avant-garde. Quería que la gente sintiese y se preocupase y llorase si hacía falta.

P. Muchas de tus reflexiones están realizadas con una especie de desapego apasionado. “Desapego apasionado”, ahora que lo pienso, podría ser una buena etiqueta para tu estilo.

R. Me gusta esa etiqueta. Con­ser­vémosla.

Lancha rápida. Renata Adler. Traducción de Javier Guerrero. Sexto Piso. Madrid, 2015. 216 páginas. 20 euros.

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