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Impresionistas: qué pesados

Los museos programan sin parar a los artistas de este movimiento: gustan a rabiar y no plantean ningún conflicto

'Niños en la playa' (1909) de Joaquín Sorolla.
'Niños en la playa' (1909) de Joaquín Sorolla.

Un domingo de Navidad —y con mi manía de que el regalo de este año iba a ser tiempo, para uno mismo y para las personas queridas— llevé a unos amigos médicos al Museo del Prado a hacer un tour por “las grandes obras”. Para intentar programar la visita con eficacia, me fui el día antes con la idea de buscar caminos alternativos para evitar los gentíos del domingo de vacaciones. Qué barbaridad. El museo estaba a rebosar ese fin de semana, incluso más que los días de diario: era imposible transitar por las salas repletas de grupos asiáticos —con mascarilla incluida— o de personas solas o en pareja mirando atentas las obras a través de las cabezas. Mis sentimientos eran enfrentados, como pueden imaginar: por una parte, alegría de la popularidad de nuestro mejor museo en la ciudad y, por la otra, incomodidad al tener que compartir el privilegio de mirar con “las masas” —sí, ya sé que está fatal, lo siento. Mil perdones, pero nos pasa a todos, incluso cuando somos turistas—.

Como había tantísima gente, decidí incluir las “salas románicas” —por alguna oscura razón las menos populares aunque bellísimas— y allí disfruté un instante de cierta calma antigua, la que exigen —o exigían— la contemplación de las obras de arte y las plegarias. Algunas personas iban entrando y saliendo rápidas de la capilla, como si el Dios representado mirando el mundo desde la altura no mereciera un momento de reflexión —lo contrario de los museos rusos, donde la gente reza a los iconos bizantinos expuestos—.

Continué el recorrido, en orden cronológico, y al llegar a La familia de Carlos IV, de Goya, creí que me desmayaba: la sala era como la estación de metro de Sol en hora punta. No se podía atravesar. Luego, caminando hacia el XIX, después de haber visto obras delicadas y espectaculares de Fra Angelico, Van der Weyden, El jardín de las delicias o Pablillos de Velázquez, escuché de pronto a un hombre que apelaba a su hijo al pasar cerca de los niños en la playa de Sorolla: “Mira, uno de los grandes”.

La cosa chirrió en mi oído, con todos mis respetos hacia Sorolla, claro, porque en ese contexto de cuadros extraordinarios, era casi un insulto citar a un pintor hasta cierto punto secundario —interesante, pero secundario— como “uno de los grandes”. Entonces me vino a la cabeza algo que trato de olvidar para no hacerme mala sangre: la para mí inmerecida popularidad de los impresionistas. Y no es fácil olvidarlo, dado que los museos y las salas de exposición programan sin parar a los artistas de este movimiento —que ahora con “el año Van Gogh” van a estar más presentes si cabe—, esperando, supongo, que muchos padres lleven a sus hijos a ver a estos “grandes” que gustan a rabiar porque no plantean ningún conflicto. Son cómodos de ver —pese a los colores del propio Van Gogh o Gauguin—, hablan de cosas corrientes —que si la playa, que si unos niños, que si un baile, que si un café…— y, sobre todo, como se programan sin tregua tratando de alcanzar grandes colas, son muy familiares —y ya se sabe que a menudo se prefiere reconocer a conocer—. ¿Por qué si no por su fama iba Dalí a congregar ese número enorme de visitantes, siendo como es un pintor complejísimo en sus interpretaciones?

Se me ocurre que igual convenía empezar a programar otras vanguardias que no fueran el impresionismo y el surrealismo. Igual el cubismo, que se ve poco. Seguro que después de haber hecho cien exposiciones mundiales en un año le encantaba a todo el mundo, incluso no siendo los cubistas figurativos y playeros como los pesados de los impresionistas. Uf.