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Museos: nuevas catedrales

La sed de infinito inherente al ser humano resurge indiscreta en los espacios de los museos

Bruce Nauman caminando por la Sala de Turbinas de la Tate.
Bruce Nauman caminando por la Sala de Turbinas de la Tate.

Hace ahora casi un año, en medio de la “pasión Klee” que experimentó la Tate Modern, una de las instituciones más visitadas del mundo —donde se pone en evidencia el interés actual por el arte contemporáneo—, el público que llegara al museo londinense con la ilusión de visitar la famosa Sala de Turbinas veía sus expectativas frustradas: estaba cerrada por obras. Sin embargo, desde el último piso era posible asomarse y admirar el espacio increíble por el cual han pasado muestras memorables como las famosas pipas de Ai Weiwei o la grieta de Doris Salcedo. Se trata, claro, de un espacio pensado y usado para exposiciones específicas que establecen con la impresionante sala un juego radical, aquel que permite al artista abordar sus ideas allí y sólo allí, en ese espacio poderoso y bello: una nueva catedral.

Así se veía desde arriba, vacía, aquella mañana de la visita frustrada. Y el paseante pensó entonces cómo los museos, los que recuperan espacios industriales —en el caso de la Tate Modern, una antigua central eléctrica—, tienen algo de reverencial y mágico; de poderoso y sagrado. En un mundo gobernado por lo profano por antonomasia, el consumo —cultural también—, y en el cual incluso los lugares de culto histórico se vuelven a menudo territorios para la visita turística, la sed de infinito inherente al ser humano resurge indiscreta en los espacios de los museos.

Son cuestiones sobre las que reflexiona Julian Barnes en Nada que temer cuando cita a Edith Wharton, quien comprendió los problemas de admirar iglesias y catedrales cuando ya no se cree en lo que representan —o que no representan nada para muchos de los que las visitan—. La escritora se esforzó por tratar de reproducir el sentimiento que debieron sentir aquellos primeros cristianos, una meta, dice Barnes, imposible de alcanzar, ya que no se puede reproducir la emoción de aquellos primeros encuentros frente a las vidrieras recién terminadas o al escuchar el estreno de una obra de Bach en una iglesia. Ahora la vida ha perdido su esencia trascendente, porque no hay tiempo y porque reina el exceso. En las catedrales casi nadie reza fuera de las horas preestablecidas y pocos se abandonan al recogimiento durante el paseo turístico, y tal vez por eso vamos persiguiendo la espiritualidad en ciertas arquitecturas imponentes de museos, incluso en las nuevas construcciones.

Es el caso de la recién estrenada sede de la colección Jumex, diseñada por David Chipperfield y flanqueada por Saks Fifth Avenue en uno de los nuevos barrios de México DF, el Nuevo Polanco, que se está convirtiendo en la nueva zona exclusiva de la ciudad. El espacio interior del museo, a ratos incluso enorme en sus dimensiones, como una catedral, es perfecto para la exposición de Cy Twombly —que aún puede verse—, pero la pregunta surge indiscreta e irremediable: ¿qué puede pasar con otras propuestas más modestas? Ocurre en menor medida con la parte antigua del Museo Reina Sofía, cuyos espacios funcionaron perfectos, en mi opinión, sólo con la muestra de la Colección Panza, hace muchos años, cuando era aún Centro Nacional de Exposiciones. Y es aquí donde aparece el dilema de los museos-catedrales, rehabilitados o de nueva planta, y su sed de infinito: ¿qué pasa con las obras que no son Twombly, minimalistas o grandes obras de artistas contemporáneos? ¿No se corre el riesgo de que las arquitecturas de los museos cambien la idiosincrasia de la producción de arte actual? No obstante, vale la pena la belleza de los espacios, aunque un museo deba quizá plantearse de manera más dúctil, más apropiada para otro tipo de obras, incluso las más modestas. Algunos dirán que siempre quedan los paneles, claro… pero ¿cómo perturbar la belleza de las dimensiones?