ARTE

Soulages: “La posteridad no me gusta”

El artista francés más cotizado, con obras capaces de hacer llorar al espectador

El pintor francés Pierre Soulages nació la noche de Navidad de 1919.
El pintor francés Pierre Soulages nació la noche de Navidad de 1919.

Los cuadros de Pierre Soulages son gigantescas manchas negras que constituyen misterios indescifrables. Obligan a quien las observa a enfrentarse con lo que lleva a cuestas en su interior, como esos dibujos psicoanalíticos cuya interpretación cambia en función de quién se ponga delante. Tras una trayectoria marcada por la incomprensión inicial hacia su obscura abstracción, el pintor de 94 años se ha terminado convirtiendo en el artista francés más cotizado de su tiempo. El precio de sus obras ha aumentado cerca del 500% en la última década y algunos de sus cuadros de los cincuenta se valoran en tres millones de euros. En 2009, su gran retrospectiva en el Pompidou se convirtió en la exposición de arte contemporáneo más visitada en la historia del centro y logró seducir a medio millón de visitantes. Muchos lloraban. ¿Se habrá convertido aquella pintura indescifrable en objeto de consenso? Puede que sea así, aunque el mencionado misterio se mantiene intacto.

A los homenajes en cadena de los últimos tiempos se suma ahora la inauguración de un museo en Rodez, su localidad natal. Pensado para albergar una exposición permanente de 500 obras, ha sido proyectado por el estudio catalán RCR, que batió a candidatos como Jean Nouvel y Christian de Portzamparc. Para hacer balance de su excepcional recorrido, Soulages nos recibe en su atelier del Barrio Latino, allá donde los sesentayochistas levantaron los adoquines para encontrar la playa. Hombre afable y de espaldas fornidas —como el jugador de rugby que fue una vez—, el pintor aparece sentado junto a la ventana de un aireado estudio, sobre grandes manchas negras que cubren el suelo, como huellas de un crimen cometido contra el lienzo. Soulages hablará con la modestia por bandera, pero también con la satisfacción que produce el hecho de saberse escuchado.

Lo que me importa es lo que pintaré mañana. Las retrospectivas me llenan de orgullo, pero me hacen infeliz

PREGUNTA. Ante todo, sorprende que haya aceptado que le dediquen un museo. Hace años que repite a quien quiera escucharle que no desea “ningún mausoleo”. ¿Qué le hizo cambiar de opinión?

RESPUESTA. Es cierto que me lo han propuesto en varias ocasiones y siempre me he resistido. Soy un artista vivo y no me interesa que me conviertan en una estatua a la que rendir tributo. En Montpellier, ciudad donde me formé como pintor, ya quisieron abrir un gran museo que iba a llevar mi nombre, pero no me gustó su enfoque. Los museos centrados en un solo artista interesan durante un par de años, pero luego acaban criando polvo. Esta vez he accedido porque aceptaron la única condición que imponía: que además de exhibir mi obra se destinara un espacio a exponer a artistas contemporáneos. Así, seguirá siendo un lugar vivo.

P. ¿La posteridad no le importa?

R. Esa palabra no me gusta nada. Lo único que me importa es el cuadro que pintaré mañana. En estos últimos años se han organizado varias retrospectivas. Por un lado me llenan de orgullo, pero por el otro me hacen infeliz. Me obligan a mirar atrás, que es algo que nunca me ha gustado. Lo que me gusta es mirar el presente y soñar en lo que haré mañana. Esa es mi naturaleza más profunda. El día que deje de sentir eso, consideraré que estoy muerto.

P. Dice que su pintura está conectada con lo ancestral, con el arte prehistórico y el enigma que este encierra.

R. Efectivamente, se trata de un gran enigma. ¿Qué impulsó a los hombres paleolíticos a meterse en el lugar más oscuro que conocían para pintar? ¡Y de color negro, para más inri! La historia del arte no ha reflexionado suficientemente sobre esta cuestión. Deberíamos interesarnos más por lo que hacían esos primeros artistas en Chaumet o Altamira. Pero no me pida una respuesta a ese misterio, porque no la tengo.

P. Tal vez puede decirme por qué pinta usted.

R. Porque si no lo hago, tengo la sensación de estar acabado. Cuando no pinto, la vida me interesa menos, o incluso nada. Para mí, la pintura expresa el placer de existir.

P. Nació la noche de Navidad de 1919. ¿Qué importancia tiene esa fecha en su imaginario?

R. Nunca me creí especial. Y siempre tuve dudas sobre la existencia de Dios. Mi padre falleció tres días después de Navidad, así que nunca asociaron ese momento del año a algo necesariamente positivo. Eso ha permanecido en mí. Incluso hoy, no doy importancia ni a la Navidad, ni a mi cumpleaños. Con mi mujer no solemos respetar esas fechas. Las celebramos el día que nos apetece. Para nosotros, Navidad puede caer el 15 de junio.

'Sin título'. Pierre Soulages.
'Sin título'. Pierre Soulages.

P. ¿Por anticonformismo?

R. Yo siempre he vivido al margen del resto del mundo. Siempre me he sentido diferente y siempre me he sentido solo. Incluso como artista, nunca he formado parte de un grupo, ni me he protegido tras la bandera de una corriente artística, y todavía menos de la de un país. Esas bienales de arte donde cada artista representa a un país me parecen humillantes.

P. ¿Es cierto que conoció a su mujer gracias a Picasso?

R. ¿Cómo sabe eso? Fue en 1941. La vi discutiendo con tres chicos en la academia de Bellas Artes de Montpellier. Ellos le decían: “¡Picasso no vale nada, hace una pintura de inmigrante!”. Ella, que medía metro y medio, les respondía a gritos: “¡No sabéis de lo que habláis! ¡Estáis ciegos!”. La aparté de la riña y le dije: “No te esfuerces. Hablar con esos necios es una pérdida de tiempo”. La invité a ir a un museo conmigo, éramos iguales. Antes de conocerla tuve una vida bastante promiscua. Hemos logrado convivir tanto tiempo porque somos muy independientes. Y no nos contamos mentiras.

P. ¿Qué representa el negro en su pintura?

R. Es un color violento, el más agresivo. Su poderío plástico me hace preferirlo a los demás. Para entenderlo tenemos que remontarnos a mi infancia. Siempre preferí la tinta negra a los lápices de colores. Una anciana prima mía asegura que, cuando tenía 5 o 6 años, me puse a ensuciar un papel de negro. Me preguntaron qué estaba pintando, y respondí: “La nieve”. Todo el mundo se puso a reír a carcajadas. Desde la adolescencia, siempre me vestí de negro. Mi madre me preguntaba si había adelantado el luto por ella. Yo le respondía que no tenía nada que ver con eso: el negro era el color de la elegancia, de la solemnidad… y del anarquismo.

P. A partir de 1979, formuló un nuevo concepto: el outrenoir (ultranegro). ¿En qué consiste esa noción?

R. Me di cuenta de que el negro ya no era un color en mi pintura, sino un estado mental. Inventé esa palabra para dar a entender que pretendía ir más allá del aspecto meramente óptico o plástico. Para mí, lo importante en el negro no es lo visual, sino la experiencia. El negro agita todo lo que nos habita, las emociones y los recuerdos. Me interesa todo lo que se remueve en nuestro interior al enfrentarnos a una obra. Y el negro logra llegar a regiones de nuestro interior que los demás colores nunca alcanzan.

P. A partir de los cincuenta, sus lienzos triunfaron en Estados Unidos y Alemania, pero el reconocimiento en su país fue mucho más tardío. ¿Por qué?

R. Nunca formé parte de la escena parisiense. Frecuentaba solo a extranjeros. Yo también tenía un acento fuerte, como buen provinciano. Mis primeros amigos en París fueron dos pintores españoles. Eran un poco cubistas, pero eran buenas personas.

El negro es un color violento, el más agresivo. Su poderío plástico me hace preferirlo a los demás

P. ¿Sufrió por ese menosprecio?

R. No demasiado. Nunca he dado importancia a esas cosas. Para un artista es importante sentirse amado, pero también despertar algún que otro odio.

P. En 2009, su muestra en el Pompidou batió récords de asistencia. Pero también otro tipo de plusmarca: nunca se había visto a tantos visitantes llorando.

R. Es cierto que muchos lloran, tanto las mujeres como los hombres. Recuerdo haber asistido a un acto organizado por un mecenas de la exposición. Fui un poco a regañadientes, me pasé diez minutos y me marché. Cuando ya estaba en la calle, un hombre joven, con aspecto de jugador de polo, me vino a saludar. Me dijo que había ido a ver mi exposición dos veces y que las dos había salido llorando. La pintura logra alcanzar zonas muy profundas.

P. ¿Es la emoción su objetivo último?

R. No, yo no pinto para emocionar a los demás. Pero también es cierto que, si no siento nada ante un cuadro, lo dejo de lado y no lo termino. Lo acabo quemando en el jardín de mi casa.

P. ¿Por qué no titula sus obras?

R. Quien observa un cuadro tiene derecho a hacer y deshacer interpretaciones sobre lo que ve. Yo no puedo exigir nada al espectador. Solo le propongo una pintura que puede interpretar como le venga en gana. Un título dificultaría esa interpretación libre.

P. ¿Se alinea entonces con Roland Barthes, que decretó “la muerte del autor”?

R. Sí. Una obra de arte es un espacio abierto. Ante mis cuadros, hay espectadores que se emocionan y otros que dicen: “Esto es una mierda”. Y los unos y los otros tienen razón. Una vez que la obra está terminada, deja de ser mi problema.

Pierre Soulages. Outrenoir(s) en Europe. Hasta el 5 de octubre. Museo Soulages. Rodez (Francia).

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Sobre la firma

Álex Vicente

Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.

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