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OPINIÓN

Antaño

Los programas navideños siempre viven escindidos entre el repaso del año y una estética que prolonga lo arcaico

Imagen facilitada por TVE de los cantantes Pablo Alborán (izquierda) y Raphael, que protagonizon sendos especiales televisivos en Nochebuena.
Imagen facilitada por TVE de los cantantes Pablo Alborán (izquierda) y Raphael, que protagonizon sendos especiales televisivos en Nochebuena. EFE

Los programas navideños siempre viven escindidos entre el repaso del año y una estética que prolonga lo arcaico. A pesar de decorados y tonos, donde se nota que no hay manera de cambiar es en la selección musical. A la convicción de que la Navidad se inventó para que cantara Raphael en la tele, los baladistas del nuevo siglo se parecen sospechosamente a los del siglo pasado. Quizá por ello el regreso de Los Morancos al especial de Nochevieja tuviera algo de justicia. El dúo se ha ganado a pulso su permanencia en la conciencia colectiva, no en vano su humor directo y de desaforada vocación antropológica es inspiración de algunas series punteras como Aída o La que se avecina. En cierto modo hasta Jorge Cadaval en algunos instantes parece un padre del personaje televisivo de Paco León.

Son programas pensados para ser consumidos en el hogar familiar durante el festejo previo a las uvas y en aconsejable proceso de borrachera, así que la contundencia del humor tiene que ganar a la sutileza. Por razones sociológicas, los mejores gags tuvieron que ver con el retroceso de las ilusiones nacionales. Una niña que ve como un empleado de Correos le recorta sus peticiones a los Reyes Magos, dos viejos que miran una obra y terminan poniéndose el mono de faena porque están lejos de lograr la jubilación algún día, un estudiante que descubre que la educación es gratis pero tiene que pagar cientos de tasas, banqueros que asaltan a sus propios clientes. Vamos, una objetiva reconstrucción del entorno patrio.

Pero donde Los Morancos son imbatibles es en reírse de la desincronía del español medio con la sofisticación tecnológica. Por eso unas mujeres que buscan una mesa camilla entre muebles de Ikea o un tipo que se quiere tomar un gin-tonic y es sometido por el barman a un humillante proceso de preparación, funcionan por identificación. Igual que esa pareja que se planta ante los contenedores de reciclado como si estuviera en un concurso donde es imposible acertar. Este episodio también termina con esa forma abrupta con la que cierran sus chistes, mandándolo todo a por culo, que nadie puede negar que es una opción bastante realista, antaño y ahora.