Aventuras

Almejas asesinas

Henry de Monfreid nos embauca de tal manera en sus viajes que acabamos tomando por verídicos asuntos más propios de la leyenda que de la realidad

Henry de Monfreid, su hijo y su nieto, en abril de 1962 en Obock (Yibuti).
Henry de Monfreid, su hijo y su nieto, en abril de 1962 en Obock (Yibuti).Keystone-France / Gamma-Keystone via Getty Images

Ahora, que los magnates se disponen a potenciar el turismo espacial, no está de más recordar a un aventurero de los de verdad, de los que se movían por el mapa sin patrocinio. Hablamos de Henry de Monfreid (1879-1974), el hombre que inspiró a personajes de ficción como Corto Maltés o el mismísimo Tintín.

Traficante de armas, pescador de perlas, contrabandista de hachís, su experiencia vital queda recogida en sus más de cincuenta libros, la mayoría de ellos traducidos al castellano. Sin ir más lejos, en Los secretos del mar Rojo, Henry de Monfreid nos cuenta la epopeya que le llevó a recorrer las orillas de este mar coralino que los árabes llaman mar de los juncos.

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Con una tripulación de marineros somalíes, Henry de Monfreid capitaneó una embarcación construida por él mismo; un velero que estuvo a punto de naufragar repetidas veces. Gracias a sus relatos, aprendimos que la giba de los cabellos está formada por una grasa que, una vez derretida, se convierte en un excelente remedio para todo tipo de enfermedad, desde hemorroides a fracturas o dolores de cabeza. Fue en una de las islas de la bahía de Asab donde vio cómo su tripulación hambrienta cazaba un camello para después comérselo. Un espectáculo primitivo de lucha y necesidad del que Henry de Monfreid fue testigo y que nos cuenta con todo detalle. Entre unas cosas y otras, también nos cuenta que, en aquella playa, los grillos se esconden bajo la arena y que llegan a ser tan grandes como nueces.

Tal vez, uno de los episodios más interesantes sea el de los pescadores de perlas. En una balanceante piragua van dos hombres, uno rema mientras que el otro va con la cabeza metida en una caja cuyo fondo es de cristal y que sumerge en el agua, de esta manera puede inspeccionar las profundidades en busca de la bivalva perlífera. Cuando ve alguna, se zambulle, mientras el compañero, armado con una larga percha de hierro, se pone alerta. Henry de Monfreid nos avisa de los peligros de dicha práctica. A los tiburones y peces carnívoros se suman las conchas gigantes, bivalvos que permanecen entreabiertos en el fondo marino. Si por descuido, un pie o una mano se introduce en su abertura, las valvas se cierran hasta romper el hueso.

Esta almeja gigante, que mucha gente conoció en su día gracias a las aventuras de Henry de Monfreid, responde al nombre científico de Tridacna gigas y, para hacernos una idea, puede alcanzar el metro y medio de longitud y más de trescientos kilos de peso. Sus conchas fueron utilizadas en las iglesias como pilas de agua bendita, de ahí que en algunas iglesias las pilas tengan su misma forma. Es una especie longeva con una esperanza de vida de más de cien años, y la mayor parte de su vida la pasa comiendo, principalmente plancton.

Lo que sucede es que la realidad siempre se ha nutrido de lo imaginable, y Henry de Monfreid nos embauca de tal manera en sus viajes que acabamos tomando por verídicos asuntos más propios de la leyenda que de la realidad

Con todo, cuando hoy nos enteramos de que no hay constancia de que uno de estos moluscos haya atrapado jamás los miembros de un submarinista, y de que su peligrosidad es un mito, nos quedamos un tanto decepcionados ante la narración de Henry de Monfreid, pues sospechamos que la mayoría de las cosas que nos cuenta son producto de su invención. Lo que sucede es que la realidad siempre se ha nutrido de lo imaginable, y Henry de Monfreid nos embauca de tal manera en sus viajes que acabamos tomando por verídicos asuntos más propios de la leyenda que de la realidad.

Eran otros tiempos y aún quedaba muy lejos el turismo y, más aún, la conquista del espacio. La globalización no había convertido nuestro planeta en un parque temático. Entonces, nadie se atrevía a soñar que algún día se comercializarían vuelos directos al espacio en los que la gente se sentiría decepcionada por no haber visto llaves inglesas, ni trozos de filete de ternera trazando elipses alrededor de la nave, tal y como le sucedió a Ijon Tichy, viajero interestelar surgido de la imaginación del escritor polaco Stanislaw Lem (1921- 2006), que consiguió hacernos viajar sin movernos del sitio.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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