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David Altman, politólogo: “Las élites de la izquierda y de la derecha en Chile son muy renuentes a creer en la ciudadanía”

A una semana del plebiscito por una nueva Constitución, el profesor de la Universidad Católica dice que Chile se podría haber ahorrado el estallido y los cuatro años de constituyente, de haber contado con mecanismos de democracia directa

david altman
David Altman, politólogo durante la entrevista en su residencia en la ciudad de Santiago, Chile. El 1 de diciembre de 2023.CRISTIAN SOTO QUIROZ / EL PAÍS (CRISTIAN SOTO QUIROZ / EL PAÍS )

A una semana del plebiscito por una nueva Constitución en Chile, que se celebrará el 17 de diciembre próximo, con 15,4 millones de ciudadanos convocados a las urnas, el politólogo David Altam (55 años, Montevideo) analiza el momento político y social chileno. Es el segundo intento en cuatro años por cambiar la Carta Magna redactada en la dictadura de Augusto Pinochet, reformada unas 70 veces desde 1989. Referente mundial en mecanismos de democracia directa –un asunto que Chile prácticamente no tiene– el profesor titular de Ciencia Política en la Pontificia Universidad Católica de Chile aborda para EL PAÍS un problema del sistema político local: Chile no tiene caminos de tramitación intermedias, es decir, sistemas en que la ciudadanía puede ser escuchada y tomar decisiones ante la acción de la clase política. Es lo que hace que, en muchas ocasiones, la política chilena pareciera rodar sobre su mismo eje, no avanzar. Una política bloqueada, como dice Kathya Araujo.

Es de lo que trata esta entrevista que se realiza en la casa de Altman en la zona cordillerana de Santiago de Chile, la ciudad donde vive junto a su familia hace 20 y tantos años. Sobre el referéndum del próximo domingo, asegura: “Al día de hoy, puede pasar cualquiera de las dos cosas. El resultado es incierto. A pesar del repunte del A Favor, el En Contra parecería tener aun cierta ventaja. Y me es francamente muy difícil ver qué va a pasar después. Va a depender mucho de la forma en que los líderes políticos se posicionen frente a ese resultado”.

Pregunta. ¿Cómo describe el momento?

Respuesta. Estamos en un momento movido, en un ambiente muy efervescente. Han pasado tantas cosas. Y han pasado tantas cosas que diagnosticar a Chile hoy es mucho más complejo de lo que era antes. Han habido cambios. Generacional, indiscutiblemente. Hay un cambio de los horizontes de los temas sobre los que se puede hablar. Antes, algunos temas eran casi tabú y hoy en día, por las convenciones y los consejos, tenemos licencia para matar, es decir, hablar de cualquier tema. Sin embargo, han pasado muchas cosas desde el estallido social de 2019 y, hoy en día, seguimos en esta constante especulación sobre lo que va a ocurrir el día después.

P. Ahora estamos con la incertidumbre de lo que ocurrirá el día 17.

R. Que se apruebe o no el proyecto de nueva Constitución. Si se aprueba, ¿cómo se va a convivir con ella? Si no se aprueba, ¿qué va a pasar con el proceso constitucional? ¿Esto es un eslabón más antes de un tercer paso o hasta acá llegamos? Eso está muy difícil de decir, no es tan claro. Pero estamos en un momento, literalmente, de reacción a lo que sucedió durante el estallido y después, con la primera Convención Constitucional.

P. ¿A qué se refiere?

R. Lo que estamos viendo ahora, el apoyo inmenso que tiene el Partido Republicano, por ejemplo, personalmente no creo que se deba a una derechización del electorado chileno, porque los datos no son tan claros. Es una reacción a todo lo que se vivió: los momentos de violencia, exabruptos, de pasar muchos límites que la sociedad chilena no estaba acostumbrada. Se asoció, entonces, al Partido Republicano, a esta fuerza nueva, como algo relativamente impoluto, ya que nunca gobernaron. Entonces, claro, son los que quedan.

P. ¿Algo similar a lo que pasa en Argentina?

R. Algo similar, efectivamente, a lo que pasó con Milei. La evidencia no muestra que haya una derechización de los argentinos. Es, simplemente, un voto reactivo frente a una constante crisis económica, política. Es un voto hastío. Acá hay algo por el estilo.

P. Dice que hace 10 años atrás no era tan complicado diagnosticar Chile. ¿Qué es lo nuevo?

R. Hace una década, los que veníamos de afuera veíamos –de una forma mucho más evidente– este desajuste entre los que tomaban las decisiones y la ciudadanía. Como uruguayo convivo con la democracia directa hace mucho tiempo y recuerdo que, llegando a Chile, resultaba obvio que había una desconexión total entre los que tomaban las decisiones y los que sufríamos las decisiones. Y fue ahí cuando me reencuentro con los mecanismos de democracia directa.

P. ¿Qué permiten esos mecanismos?

R. Permiten que a los ciudadanos, independientemente de lo que las autoridades de turno quieran, tomar decisiones políticas y cambiar el devenir de la política. Ya sea a través de una forma activa o reactiva. A través de juntar firmas y lograr plebiscitar cambios constitucionales o a través de derogar leyes que recién se aprobaron. Yo estoy convencido de que, de haber tenido este tipo de mecanismos, no hubiese habido estallido.

P. ¿Por qué?

R. Porque son instituciones que te van permitiendo ajustarte a lo que la mayoría quiere de una forma razonablemente ponderada y tomar decisiones que seguramente, creo, hubiesen pasado. Por ejemplo, si Chile hubiera tenido referéndums contra leyes, como hay en muchos lugares del mundo, se hubiese derogado el Transantiago, la Ley de Pesca. Lo que digo son contrafácticos enormes, pero, probablemente, tendríamos una AFP estatal y no solo privadas, como ocurre en Uruguay. Y haciendo estos ajustes, destrabas los grandes meollos que fue ese collage de demandas que fue el estallido social. Cada grupo tenía su agenda y, en cierto sentido, la Convención Constitucional [el primer proceso constitucional, de 2021 y 2022] terminó con un borrador que representaba esas ideas muchas veces inconexas. Y así le fue.

P. Considerando las últimas decisiones de los chilenos, de una convención dominada por la izquierda dura a un consejo muy conservador, ¿no estaría Chile en una bipolaridad constante en el caso de tener mecanismos de democracia directa?

R. Es que quizá la mayoría de los chilenos somos mucho más moderados. No veo el riesgo que me nombra. De hecho, donde existen estos mecanismos –Suiza, Uruguay, California, Italia, Letonia, Lituania, etcétera– no pasa eso. No es que el reino de la democracia directa sea el reino de los extremistas. Suiza, por ejemplo, no es un país muy revolucionario ni extremadamente reaccionario. Justamente, el votante medio que determina para qué lado va el sí o el no frente a una dicotomía, el rey o la reina es el votante mediano. La persona que divide al electorado en dos, la persona más centrista que se pueda imaginar. No es ni una punta ni la otra. Por lo tanto, creo que hay argumentos para pensar que hubiese sido muy distinto si, años atrás, se hubiesen buscado algunos cambios, y no solo hablo del famoso binominal. Pero el punto es que no fue.

P. ¿Por qué no fue?

R. Porque las élites de la izquierda y de la derecha en Chile son muy renuentes a creer en la ciudadanía. Siempre me llamó la atención. Lo vi en la Comisión Boeninger de 2006, de la que fui parte. Habían inercias muy fuertes en cómo pensar la política. Una suerte de alergia a darle a la ciudadanía la posibilidad de decidir temas cruciales. Lo vi todo en espectro político con representación en el Parlamento de aquel entonces.

P. Usted cree que el actual Gobierno de Gabriel Boric, una generación nueva, joven, ¿ha logrado superar la desconexión de la clase política por la gente?

R. Para nada. Y no solo eso, sino que en algunas cosas generó un efecto boomerang: la frustración de la ciudadanía sigue más o menos igual, no hubo conexión. Se mandaron muchas pifias. Seguramente la mayoría involuntarias, pero se las mandaron igual, ya sea porque creían que se las sabían todas o por otras razones. Al final tuvieron que apelar a lo que tanto denostaron, los patéticos 30 años [de gobiernos de centroizquierda]. Y bueno, ahora, los iconos de esos 30 años son los que están salvando a este Gobierno, porque todo lo demás fue un bluf.

P. Para muchos era la esperanza de algo nuevo.

R. Y cuando se tiene la esperanza de algo nuevo y ese algo nuevo no funciona como se esperaba –quizás era ingenuo– quizás el golpe es más duro. Se cae un sueño, como si te dieran una piña. Es lo que mucha gente siente. Hay mucha frustración por ahí.

No rebarajar la baraja del cero al 100

P. Con mecanismos de democracia directa, entiendo, hay un aspecto legitimizador de las decisiones políticas.

R. Los mecanismos de democracia directa te dan un enorme poder de sintonía entre las decisiones que se toman y la ciudadanía, pero a la larga no solo está el aspecto legitimizador, sino que, ciertamente, de mayorías que hay atrás de las cosas que existen. Muchas veces pierdes y muchas veces ganas, pero sabes que esto se puede ir jugando. Al punto que es casi innecesario hacer convenciones constituyentes. Si puedes ir ajustando la Constitución paso a paso, le vas haciendo pequeños ajustes. Y así, no rebajaras la baraja completamente del cero al 100.

P. ¿Es lo que ocurre en otros países?

R. Posiblemente en Uruguay, Suiza, en muchos países de la UE y en otros países donde existen estas instituciones, la idea de hacer una convención...¿para qué?¿si yo puedo ir cambiándola de a poquito?

P. Entonces, ¿Chile no solo se habría ahorrado el estallido, sino estos cuatro años de proceso constituyente de haber contado con mecanismos de escucha y de toma de decisiones?

R. Totalmente. Porque hubieses desactivados mucho de los motores de lo que fue esta bronca social. Posiblemente hubiéramos tenido ciertos programas sociales muchos antes, porque, obviamente, la gente los necesitaba y los quería.

P. ¿Hay algún mecanismo de este tipo en la propuesta que votaremos en una semana más?

R. En el texto está presente algo muy chileno: el concepto de iniciativa popular de ley. No una iniciativa popular a secas, como existe en los países que he mencionado. En el borrador de nueva Constitución actual se considera que la gente tiene derecho a juntar cierto número de firmas y proponerle al Parlamento que discuta cierta temática. Parece muy razonable, pero no es democracia directa, sino un poder de agenda, es decir, que a lo más se le puede pedir al Parlamento que discuta algo. Una iniciativa popular a la suiza o a la uruguaya es otra cosa: se juntan las firmas, se valida y se vota. Independientemente de lo que diga cualquier autoridad. Pasas directamente a votar y los ciudadanos somos los dueños de que va a pasar con esto.

P. ¿Y funciona o no lo que se propone en Chile, lo de la iniciativa popular de ley?

R. Lamento decirlo, pero es un fracaso: en los países que existe –España, Brasil, Argentina, entre varios más– nunca se aprobó algo por iniciativa popular de ley. Es una suerte de placebo que no va a llevar a cambiar la realidad de la ciudadanía.

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