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OFICIOS

Porteros de pisos: peligro de extinción

El sindicato del gremio calcula que existen 15.000, 5.000 menos que en 2014

El portero Valentín Carballo Alonso, en el 12 de la calle Juan Ramón Jiménez.
El portero Valentín Carballo Alonso, en el 12 de la calle Juan Ramón Jiménez.

Sucedió el pasado domingo. Aparcó el coche, subió las escaleras, se acomodó en su butaca del Estadio Santo Domingo. Pitido inicial, primeros compases entre el Alcorcón, que juega en casa, y el Fuenlabrada, el derbi. Dos, tres, cuatro… siete minutos de partido. Le suena el móvil:

Hipóltio Díaz, de 63 años, en la calle de Magallanes de Madrid.
Hipóltio Díaz, de 63 años, en la calle de Magallanes de Madrid.

— Julián, que se me ha roto el radiador, que aquí no para de salir agua.

Era un vecino. De modo que Julián Charavías, el portero del edificio número 5 de la calle de Porto Cristo de Alcorcón, salió pitando del campo. “¡Era mi obligación!”, cuenta. También era domingo. “Lo único que hice fue apagar la calefacción de los dos pisos afectados, bajé al circuito de agua y desconecté la conexión para evitar más fugas”. El cordobés Charavías —apellido muy propio para este oficio— dice que al principio le costó adaptarse en este mundillo. “Es un trabajo muy psicológico”, observa con su cepillo y su recogedor en la mano. “Nosotros interpretamos un papel en la vida. De cara a la sociedad está mejor visto ser militar y piloto que portero. Pero hay gente, como nosotros, que se gana la vida humildemente. Este oficio se está perdiendo, como los aguinaldos”. Cuando solucionó el dilema de la calefacción, Charavías, de 47 años, menudo y con un hijo de 14, volvió al estadio. “Me perdí el gol del Alcorcón, pero pude ver la segunda parte”.

Lola, de 61, en su escritorio de la calle de Hispanoamérica de Madrid.
Lola, de 61, en su escritorio de la calle de Hispanoamérica de Madrid.

— ¿Le gustaría que su hijo fuera portero?

— Sí, pero del Madrid.

Julián Chavarías, de 47 años, en el portal número 5 de la calle Porto Cristo de Alcorcón.
Julián Chavarías, de 47 años, en el portal número 5 de la calle Porto Cristo de Alcorcón.

No. No existe una cifra oficial de porteros en la capital. José Luis Carralero — “ponga que estoy jubilado y punto”—, trabajó en este oficio antes de crear el sindicato para este gremio en 2014. Dice que, según sus datos, ahora mismo existen en la capital alrededor de 15.000 porteros y conserjes; 5.000 menos que hace cinco años. Que el talón de Aquiles del sector son los porteros automáticos y las empresas multiservicios. “¡Contratan a conserjes con sueldos más limitados!”. Que los que están adscritos a este sindicato pagan una cuota que no llega a 100 euros al año y que, de momento, este oficio sigue vivo. “Se mantiene”.

A Dolores Rubio, Lola, le quedan cuatro años para cerrar con llave la portería del portal número 5 de la calle Uruguay. “Empecé en esto porque me pilló una época en la que nacieron mis dos hijos y no me cogían para trabajar en ningún sitio”. Hoy no llega a los 1.000 euros al mes. “Depende de cómo se entienda. En mi sueldo también se incluye la casa y no pago la luz”. Cada día lidia con 20 vecinos —“alguno me ha invitado a cenar”— , con un bloque de cinco plantas — “además de un poto, un zicus y una palmera que me dio mi madre”—, y con una gran escalera —“lo primero que limpio, a las 7.00, cuando entra la luz"— . Antes de ser portera, que reconoce que hay muchas más de las que la gente piensa —“en la calle Chile, por ejemplo, trabajan muchísimas”—, trabajó como auxiliar administrativo, como asistente en una inmobiliaria, como dependienta en una zapatería y hasta en un estanco.

— ¿Volvería a ser portera?

— ¡Nunca!

“No me ha ido mal, pero no era el trabajo de mi vida. Me acomodé”. Observando su vida laboral desde su escritorio, resume el oficio como un gran confesionario. “Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que lo que necesita la gente es hablar”.

Que se lo digan a Valentín Carballo —traje azul marino, camisa blanca y corbata a juego. “Digo siempre el mismo refrán de los porteros: del portal para fuera soy ciego y del portal para dentro soy sordo”. E insiste: “Esto lo digo yo, a mí no me lo ha dicho nadie”. En resumen: “Lo que se dice en el portal, se queda en el portal”. A sus 58 años —empezó en estas paredes a los 36— se sabe toda la vida de los 22 vecinos que comparten edificio con él en el número 12 de la calle Juan Ramón Jiménez, en el barrio de Chamartín. Trabaja de lunes a viernes. Nueve horas al día. “Tengo un suplente para el fin de semana que se llama Marcos. Lo elegí yo, ¿eh?”. Por si las dudas, explica: “Lo conocí en otro portal y me lo traje”. Si pudiera, volvería a ser portero otra vez. “Siempre se es más cercano que un conserje”. O dicho de otro modo: uno duerme en el bloque, el otro siempre está de paso. “Lo que he notado en estos años es que cada vez recojo más paquetes de Amazon”. A este gallego de nacimiento le encanta servir:

— ¿Echa de menos las playas de su tierra?

— Sí, pero no el tiempo.

Carballo resume este oficio como un búnker cerrado. “Los porteros no tenemos grupo de WhatsApp. Nos vamos conociendo poco a poco, de oídas, de aquí para allá... Eso sí, cada vez vamos quedando menos. Somos un oficio en extinción”.

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