MADRID ME MATA
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Parte del espectáculo

Yo reitero mi falta de fe en el fútbol masculino hasta que los mismos valores y disciplina que se promueven en el deporte se apliquen en los discursos y en las acciones

Pancartas en las gradas del Campo de Fútbol de Vallecas contra el fichaje del jugador ucranio Zozulya en 2017.
Pancartas en las gradas del Campo de Fútbol de Vallecas contra el fichaje del jugador ucranio Zozulya en 2017.

Como ya he contado en alguna ocasión, de niña fui muy futbolera. El fútbol me apasionaba, me hacía disfrutar. Era una rivalidad sana, además. No deseaba el mal al otro equipo ni me alegraba de la derrota del otro banquillo: sólo quería ver a mi equipo ganar, alzar copas, llegar alto.

Así debió quedarse. Sin embargo, crecí y la introspección de la adolescencia me llevó a ver el mundo de otra manera. Fue entonces cuando descubrí la otra cara del fútbol, esa que critican los que no conocen la buena, la sana. Me di cuenta de que desde todas partes (publicidad, medios, discursos públicos, los propios equipos, incluso algunos políticos) se estaba alimentando una rivalidad desprovista de sentido alguno que llegaba a las gradas y a los aficionados en forma de violencia verbal, de insultos xenófobos y machistas. No recuerdo en qué momento los insultos de la grada y de los bares se hicieron más agudos que los de los propios cánticos de gol. No sé en qué momento comencé a prestarles más atención a ellos que a lo que pasaba en el campo. Sí me acuerdo del miedo que sentí una noche al salir del estadio. Tenía veinte años, el equipo local había perdido y la gente estaba furiosa. Mi hermana me pidió que me cubriera la camiseta, pero eso no me libró de los insultos de un aficionado. Fue la última vez que fui a un partido.

Jamás vi un castigo a esos insultos. Nunca nadie suspendió un partido por homofobia, xenofobia o machismo. No vi a ningún encargado echar a alguien del bar por lanzar esa agresividad contra la pantalla. Tampoco nadie se calló al ver en la banqueta de al lado a una niña con ganas de disfrutar un partido. Nadie condenó la violencia de los estadios, nadie habló de ella. Se dio por hecho, se asumió como parte del espectáculo. Y yo apagué la radio, cerré el periódico y perdí la pasión por el fútbol.

Hace unos días, se condenó a la afición del Rayo Vallecano, equipo madrileño, por llamar a un jugador del equipo rival “puto nazi”, lo que llevó a suspender un partido de Liga por primera vez. Y no fueron las peleas previas de las hinchadas, ni tampoco las amenazas de violación a una árbitra de 16 años, ni las advertencias de muerte de parte de algunos sectores, ni los insultos racistas a los jugadores, ni las provocaciones machistas a otros, ni los "puto maricón" que se escuchan cada cinco minutos, momentos en los que la RFEF les ha dado la espalda a todos, callada, asumiéndolo, disimulando. No, fue lo que han decidido calificar como un "insulto racista" el que despertó el juicio de los que mandan.

Yo reitero mi falta de fe en el fútbol masculino hasta que los mismos valores y disciplina que se promueven en el deporte se apliquen en los discursos y en las acciones. Creo que llegados a este punto hay que actuar con contundencia y exigir un diez a quien le corresponda. Hasta entonces, mi pasión irá a otros lugares muy alejados de los estadios.

Madrid me mata.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Regístrate gratis para seguir leyendo

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS