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OPINIÓN i

En un momento crucial

Las maquinarias de los partidos han querido curarse en salud buscando el respaldo de sus afiliados. Se vende como un acto de colaboración cuando es solo una coartada para poder negociar con mayor exigencia

Un hombre introduce el voto en un sobre en las elecciones generales del 10 de noviembre.
Un hombre introduce el voto en un sobre en las elecciones generales del 10 de noviembre.

Y el militante habló. Con el apoyo masivo a las propuestas de las direcciones de los partidos, sus bases han dado luz verde a la negociación para el primer gobierno de coalición de la historia de la democracia española reciente. La más larga, la más productiva, la más rentable que ahora aparece como la más convulsa, la más amenazada y puede que la más vulnerable. Por los peligros globales y por la mala gestión local, por los vicios propios y la pérdida de virtudes ajenas. Todo a la vez. Pero especialmente por las tendencias que pretenden incidir en una alteración del fondo manteniendo las formas y recuperando aquella sugerencia del fiscal del Consejo de Castilla cuando parecía conveniente “dar instrucciones y providencias muy templadas y disimuladas de manera que se consiga el efecto sin que se note el cuidado”. Y si aquel documento secreto del 29 de enero de 1716 tenía por destino Cataluña, trescientos años después, son las multinacionales fuerzas económicas ultraliberales apoyadas por las autarquías políticas las que trabajan para conseguir lo que durante tanto tiempo han anhelado: que la apariencia enmascare la intención a fin de no perder el control largamente ostentado.

Estamos en la encrucijada. Como si el destino nos hubiera situado bajo la influencia de una conjunción astral negativa. La que advierte de determinados riesgos para la estabilidad y que incide en la necesaria revisión y mejora de un sistema perfectible que algunos quieren alterable. En el sentido señalado o en su contrario. Instalarnos en una asambleísmo permanente donde nadie asume una responsabilidad concreta porque esta descansa en el colectivo. Todos sabemos, sin embargo, que a la hora de la verdad también ahí se imponen las trampas, las falsedades y las mentiras. Condición humana, resistencia, interés. Sobran ejemplos.

Ante un reto de tamaña dimensión, las maquinarias de las formaciones políticas han querido curarse en salud buscando el respaldo de sus afiliados. Una tendencia que se vende como un acto de colaboración imprescindible cuando es solo una coartada para poder negociar con mayor exigencia y menor margen. Y es curioso que quienes se llenan la boca de participación siguen tomando la mayoría de sus decisiones tanto o más importantes que ésta, a puerta cerrada y procurando que no trasciendan. Y así, allí donde hoy se proclama la transparencia, mañana se seguirá trabajando en la oscuridad apelando a la responsabilidad.

El electorado insistió en su dictamen del mes de abril, frustrado por las tácticas más que por estrategias

No se trata de aguarle la fiesta a nadie, sino de contextualizar un acto que tiene más de temor que de osadía. Porque cuando los liderazgos son fuertes, las ideologías sólidas y las decisiones a tomar convencidas y convincentes, este tipo de acciones no se contemplan. Creen que con las explicaciones que se dan es suficiente. Así fue y así nos pareció durante cuatro décadas.

Lo mismo y por idéntica razón podríamos convenir con relación a los votantes. Hoy tenemos que unos doscientos cincuenta mil participantes vinculados a PSOE —PSC incluido—, Unidas Podemos —Comunes contemplados— y Esquerra Republicana de Catalunya, han decidido en nombre de unos once millones de ciudadanos que el 10 de noviembre optaron conjuntamente por estas siglas y lo que representaban. De aquellos resultados, por otra parte sobradamente analizados, se sacaron unas conclusiones. La más reiterada fue que el electorado insistió en su dictamen del mes de abril, frustrado por las tácticas más que por estrategias y por la ambición más que por la convicción. En cualquier caso, aquí estamos. Observando cómo, de nuevo, unos pocos deciden por unos muchos. Porque si las elecciones no se ganan ni se pierden gracias o a pesar de los militantes sino del volumen de ciudadanos que hace su aportación personal e intransferible, podría deducirse que las acciones de sus consecuencias deberían consultarse a los mismos que con su voto han provocado esta circunstancia.

Es un absurdo, por supuesto. Una provocación que viene a substituirse por las encuestas que pulsan los deseos ciudadanos. Y como resulta que estas no lo ven tan mal como difícil se lo plantean quienes deben ejecutar la voluntad popular, estos se curan en salud reduciendo el círculo a los propios para simular que ellos compendian las intenciones de los extraños. Y tampoco es así. Cada uno decide lo que quiere y sabe por qué lo hace. Encontraríamos tantas razones como votantes. Especialmente cuando buena parte de ellos, cansados y aburridos, agotaron las existencias de pinzas para llevárselas a la nariz a la hora de poner su papeleta en el sobre. ¡Cómo nos divertiríamos si la ley electoral permitiera incluir una redacción justificativa junto al sufragio!

Ante tanta imposibilidad, solo cabe exigir menos simulacro y más coraje, audacia y valentía. Cualidades indispensables para el liderazgo. Aquel estadio que va unido al riesgo y a la asunción de sus consecuencias. Que allí estaremos los electores para corregirles cuando nos devuelvan la vez. ¿O no se trataba de esto?

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