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ME BAJO EN CALLAO COLUMNA i

No corten el rabo al perro

Cuando la ciudad esté libre de humos y con las necesidades más urgentes satisfechas montamos el pollo para traernos los Juegos Olímpicos

Ambiente en la madrileña Plaza de la Independencia, con la Puerta de Alcalá en el centro, durante el momento del seguimiento de las votación de la Olimpiada de 2020.
Ambiente en la madrileña Plaza de la Independencia, con la Puerta de Alcalá en el centro, durante el momento del seguimiento de las votación de la Olimpiada de 2020. EFE

Le prometí al alcalde Martínez contarle la historia del político Alcibíades y su perro. Sin ánimo de hacer comparaciones, porque este ateniense que vivió hace 2.500 años, era un excelente orador, un militar brillante, un fullero y muy vil con tal de alcanzar sus metas.

Cuenta Plutarco que Alcibíades pagó una pasta por un perro de estampa imponente y majestuosa cola. Salió caro, pero el fin iba a justificar la inversión. Un día ordenó que al perro le cortaran el rabo en público; que todo el mundo viera cómo desgraciaban al animal.

Aquella maldad corrió por toda Atenas. Nadie dejó de hablar del rabo del perro de Alcibíades. Cuando los más cercanos preguntaron al político el porqué de esa crueldad, respondió que mientras los atenienses estuvieran entretenidos con un asunto llamativo, aunque intrascendente, nadie estaría pendiente de su mal gobierno.

Pues aquí no va a colar lo de la cola. Que Martínez nada más aterrizar en el casoplón de Cibeles soltara asuntos baladíes para entretenernos con el debate, diciendo insensateces como que se podría soterrar la Gran Vía y que sueña con traerse los Juegos Olímpicos a Madrid para 2032, es disparatado. Ni se atreva. Que los empadronados estamos hartos de financiar caprichitos de alcaldes del PP. Las tres intentonas fallidas nos han salido por un pico. No necesitamos pan y circo. Cuando la ciudad esté en orden, libre de humos, lejos de parecer cada vez más un parque temático saturado de turistas baratos, económicamente saneada y con las necesidades más urgentes satisfechas, entonces, solo entonces, montamos el pollo más grande del mundo mundial para traernos los Juegos Olímpicos. Si Martínez sueña con jugar, yo ya he crecido y sueño con vivir en una gran ciudad más humana.

Y eso pretendía el alcalde, distraernos con chorradas olímpicas y titulares en portadas viejunas que decían “Almeida resucita el sueño olímpico para Madrid”. Lo único que resucita ese titular son las sospechas de que la corrupción está haciendo fila. Buen intento, alcalde, pero fallido. A nadie le interesan los Juegos, y no ha conseguido que olvidáramos que compartía secretitos con ese señor tan alto, tan homófobo y tan machista que le miraba desde ahí arriba, agarrándole por los hombros y diciéndole “No nos vamos a hacer daño, ¿verdad, Martínez?”.

Fallido también lo de la Gran Vía. La ciudad no necesita obras mastodónticas, a no ser que sea para que formen otra fila los comisionistas. Cualquiera con dedo y medio de frente sabe que sería, además de un imposible, un despilfarro insoportable, una tirada de dinero solo encargar el estudio del proyecto y una soberana insensatez: facilitaría la entrada de coches a cascoporro en la ciudad, mientras los gestores eficaces del resto de capitales de Europa aplican medidas disuasorias, restringiendo el tráfico y dificultando el acceso de los coches.

Las ciudades modernas con modernos alcaldes se preocupan por los ciudadanos. Y luego, ya, si eso… soñaremos con Madrid 2048. Y yo que lo vea.

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