Análisis
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ERC 2019, segundo ‘round’

En 2003 Esquerra Republicana fracasó, pero ahora parece estar en mejor posición para restaurar y encarnar el anhelado rol que jugó Convergència Democràtica

El candidato de ERC a la alcaldía de Barcelona, Ernest Maragall.
El candidato de ERC a la alcaldía de Barcelona, Ernest Maragall. massimiliano minocri

Para entender algunas implicaciones de los posibles pactos en el Ayuntamiento de Barcelona conviene remontarse al año 2003. Muchos creímos que era oportuno, tras más de dos décadas convergentes, intentar la aventura de un tripartito en la Generalitat.

Desde la izquierda no independentista se sabía de sobra que ERC era un partido independentista. Pero también nos convencimos de que, una vez superada la etapa infantil de la política catalana, en la que quien ostentaba la Generalitat desde el centroderecha no tenía que compartir el juguete del poder con nadie más, ERC había decidido priorizar la agenda social sobre la nacional. Sólo habíamos conocido, hasta 2003, un tipo de decepción: la de la derrota ante la apisonadora pujolista. Era una oportunidad de oro.

El Pacte del Tinell nos hizo conocer otro tipo de decepción: la de la victoria imperfecta y agridulce, hecha de componendas, pactos y cesiones. Era una victoria propia de la edad adulta. Con todo, creímos de buena fe la apuesta de ERC por un gobierno de izquierdas y catalanista.

Me parece que mucha gente en ERC no lo vio así. Su objetivo no era el de la unidad de la izquierda catalana. Había un plan de largo aliento, nunca confesado, que les impulsó a conformar el tripartit, y que consistía en tener visibilidad institucional, repartir poder, tejer su relato desde arriba y, piano piano, ocupar el espacio político central hasta convertirse en la nueva Convergència y tal vez desde ahí, a largo plazo, catapultar a Cataluña hacia la independencia, empresa con la que creían que Convergència nunca estuvo genuinamente comprometida. ERC priorizó en realidad la agenda nacional sobre la agenda social. El tripartit era, sobre todo, un vehículo de camuflaje para recorrer el camino hacia la brumosa centralidad de la política catalana y la hegemonía del nacionalismo catalán.

En aquella ocasión, ERC fracasó. Ahora, en 2019, parece estar en mejor posición para restaurar y encarnar el anhelado rol que jugó Convergència. No sé si el segundo round será el bueno. Lo que es cierto es que está intentando reproducir la misma estrategia de Convergència: ocupar espacios de poder hasta colmar el carril central —descomunalmente ancho— de la política catalana.

Es en esta lógica en la que hay que situar la pugna por el Ayuntamiento de Barcelona. Gobernar Barcelona no tiene, para ERC, un valor intrínseco. El Ayuntamiento de Barcelona es, antes que cualquier otra cosa, un instrumento importante en la ya mencionada estrategia de aire leninista y necesita que haya otras fuerzas que la ayuden a desplegarse sobre ese carril central para que no lo haga el PDeCAT.

Sería bueno que la izquierda, singularmente la de los comuns, se preguntara por qué querría tomar partido en esa batalla entre ERC y el PDeCAT. Algunos responderán que, mal que mal, conviene que el partido hegemónico del nacionalismo catalán sea de izquierdas. Pero yo, por poner un ejemplo tal vez cargado de futuro, veo a Carles Campuzano a la izquierda de Oriol Junqueras (aunque también confieso tener debilidad por mis vecinos del Garraf).

Otra posible respuesta es que hay que hacer políticas que rompan los bloques. El argumento, en boca de ERC, es doblemente cínico porque, por un lado, lo sostienen quienes siguen sin renunciar a la vía unilateral —la quintaesencia de la política de bloques— y, por otro, porque “romper bloques” es, en el contexto actual, una manera de camuflar un nuevo vehículo para otro episodio en la engorrosa carrera por la hegemonía del nacionalismo/independentismo catalán.

Pero lo más importante de todo es: ¿por qué debería renunciar la izquierda a retener la alcaldía? Un fenómeno peculiar de la política catalana es que cierta izquierda es quien peor suele entender las lecciones estratégicas potentes del leninismo y quien más y mejor provecho saca de ellas es el centroderecha y el nacionalismo catalán. ¿A qué se debe esa mutación hereditaria de la izquierda catalana? ¿Es, una vez más, miedo a la moralina independentista? ¿Cuándo comprenderá la izquierda que el independentismo es un proyecto político entre otros y no un expendedor de certificados de rectitud moral?

Sea como sea, ERC no puede ser leal al proyecto de la izquierda porque su (legítimo) proyecto político no es ese. Está bien que use la retórica, las ofertas y los datos que considere oportunos para intentar convencer a la izquierda de otra cosa. Pero, a mi juicio, hay un único dato del que la izquierda debería hacer acopio: ERC tiene el mismo plan que en 2003, pero en 2019 ya sabemos cuál es.

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