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“Me quieren así: sin colmillos”

Gabilondo es un filósofo que rehúye de la precipitación: "A mí los griegos me parecen de ayer por la tarde. 2.000 años no son nada"

elecciones 26M
El candidato socialista a la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo, retratado en la sede del PSOE en la calle Ferraz.

En la frialdad de su despacho prestado en campaña, faltan libros y sobran estanterías. Parecería que este filósofo anda en la política de paso. Pero es un paso largo el de su vocación pública: no solo como ministro de Educación o jefe de la oposición en la Comunidad de Madrid. También como rector universitario en la Autónoma. Ha sabido hacerse madrileño sin dejar de ser vasco. Lo suyo es tránsito y llamada al acuerdo. Hasta cuando los extremos, como ahora, rehúyen tocarse.

Pregunta. Menuda ironía de la vida esta de que la sede del PSOE en Ferraz quede al lado de la Iglesia de la Inmaculada del Sagrado Corazón. Usted estuvo en el seminario de esa orden.

Respuesta. Sí, la vida de uno está llena de travesías. Todo está más cerca de lo que parece.

P. En este caso, demasiado. ¿Acabó siendo cura?

R. No, no. Estuve en los corazonistas dentro de una orden de enseñanza religiosa, ¿quieres todos los detalles?

P. Sí.

R. Ingresé después del preuniversitario, con 18 años y a los veintipocos de dar clase en colegios, lo dejé. Estudié teología, pero más filosofía, psicología, pedagogía…

P. Defíname el gen Gabilondo.

R. Nos une una percepción de familia. En un momento difícil de la historia de España, en nuestro seno, convivían todo tipo de tendencias, muy cruzadas. Éramos nueve hermanos: muy numerosos y muy relacionados. El condicionante decisivo fueron mis padres. Ellos nos enseñaron a vivir en común, compartiendo y respetando ideas.

P. En un tiempo de silencio impuesto, en su casa, ¿se podía hablar?

R. Siempre existía un límite. Cuando mi madre pensaba que la convivencia podía peligrar, algo que era supremo valor para ella, convocaba una suerte de silencio. Mis padres tenían mucha ilusión de que estudiáramos. Se convirtió en su regalo. Su gran herencia. Fueron muy trabajadores y poco de dar conferencias.

P. Esa conciencia de que le otorgaron un regalo así, ¿le ha hecho después dedicarse a estudiar toda su vida?

R. Dicho regalo suponía meterte en una dinámica de vida en la que te cultivas permanentemente. Aprendes mucho a escuchar. Es importante hablar, pero también saber callar.

P. Si viene de ahí, en este mundo de política del ruido, ¿no se siente en desventaja?

R. Hay gente que lo valora mucho y echan de menos los espacios de conversación, algo que me ha parecido siempre muy progresista y transformador. Muchos están hartos de ese ruido. Si no lo supiera, me sentiría un exótico extraterrestre. Esos espacios de calma contrarrestan la prisa, la ansiedad, que son los otros nombres del miedo. Políticamente, eso tiene que ver con la incapacidad de afrontar reformas de calado. Mucha actividad pero poca acción. Pequeños movimientos y escasa transformación. El cambio profundo exige demora. Confundimos las ocurrencias con el pensamiento.

P. Más en esta época de cordones sanitarios. Qué tontería de expresión, ¿no?

R. Sí, excluir en un tiempo que requiere diversidad y pluralidad, lo es. Los ciudadanos nos piden eso. Parece que da miedo coincidir con otro. Tienes que explicar por qué estás de acuerdo, como si fuera una rendición.

P. ¿Será esa bulla de las redes sociales?

R. Yo hablaré bien de ello. Pero no me gusta la precipitación. A mí los griegos me parecen de ayer por la tarde. 2.000 años no son nada. Tendemos a confundir humanidad con medida humana. Y la humanidad no somos solo los que estamos aquí, son los que han estado y estarán.

P. ¿Qué piensa un vasco cuándo llega a Madrid?

R. Mi madre creía que era un lugar inquietante y peligroso. Pero es muy desconcertante, atractivo, seductor. Lleno de posibilidades que hay que definir porque si no nunca se concretan. A veces no sé si estamos a la altura de ellas, me resulta un lugar muy inexplorado.

P. Perecería que algo no acaba de confluir entre dos mundos a años luz de distancia como el Valle de los Caídos y la T4. ¿Cuál es su punto de encuentro?

R. Debemos ser justos con Madrid, equilibrados. Es todo eso y hay que aceptarla así. Debemos trabajar para que no haya reductos que se impongan sobre otros. No quiero un Madrid rancio y asfixiado en posiciones no transformadoras, pero tampoco planificar la vida de otros y no respetar la forma de ser madrileño o madrileña que desea cada cual. Hay muchos buenos modos de ejercerlo.

P. En sus alumnos usted alienta lo que llama legítimas rarezas. Cuando llegue a la asamblea, ¿cómo planea aguantar las legítimas rarezas de Vox?

R. Cada uno añade algo distinto. Me parecerá interesante escucharles. La pluralidad se expresa a través de muchas singularidades. Atenderé sus argumentos e incluso buscaré el conflicto para darle una solución. Para mí eso es respetar al otro. No pienso desconsiderarlos. Lo que no llegaré es a acuerdos fuera de la ley.

P. En la cuenta de su carrera política salen dos años y nueve meses en el poder como ministro y cuatro en la oposición. Más perdiendo que ganando. ¿Lo debemos ver así?

R. Sí, sí. No tengo miedo a ninguna de las dos cosas. Cuando perdimos, algunos pensaron que no duraba un mes y me quedé. Ahora creen que es un aval que me ha permitido aprender.

P. Su oposición ha sido, digamos fácil, porque se la han hecho mejor que nadie los del PP a sí mismos. Empezando por Cristina Cifuentes y terminando por la corrupción de la era Aguirre. ¿Fue demasiado blando usted con la presidenta a la vista de lo que ha pasado?

R. Yo creo que no. Le pusimos una moción de censura, el gesto más firme y determinante de una oposición. Ciudadanos no la apoyó y eso fue determinante. Pero ella sabe que no le hemos hecho la vida fácil. Poníamos en cuestión el modelo más que hacer alarde de frases airadas. Hay que cambiar no solo el Gobierno, sobre todo, la forma de gobernar, vinculada a intereses muy particulares hasta llegar a espacios de corrupción. Estos 24 años del PP en el Gobierno han sido muy duros en relación al abuso del poder en pos de las desigualdades. Quiero transformar eso.

P. Corrupción aparte, desfalcar los servicios públicos como la sanidad y la educación en provecho de la explotación privada, ¿no es eso el paroxismo de la desigualdad?

R. Muchos han descubierto nichos a explotar en los servicios públicos. Al no haber recursos todo se ha quedado a medias. Eso me hace sentir muy incómodo. La falta de presupuesto debilita el sistema hasta la injusticia y yo creo en las políticas públicas para resolverlo.

P. En ese paso de la metafísica a la política, ¿no le falta colmillo para combatir eso?

R. Puede ser, puede ser. Pero yo digo la palabra injusticia más veces que el resto. Aunque también creo que me quieren así, sin colmillo. No he venido a crispar, sino a aglutinar, a resolver.

Un profesor enredado en la política

Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949) pertenece a una familia de nueve hermanos y es filósofo. Estudió en la Congregación de los Hermanos del Sagrado Corazón y se doctoró en Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid con una tesis sobre Hegel. También fue rector de la misma y presidente de la Conferencia de Rectores de España (CRUE). De ahí pasó a ser designado ministro de educación en el Gobierno de Zapatero y después candidato socialista a la Asamblea de Madrid. Tras cuatro años en la oposición, vuelve a encabezar la lista del PSOE.

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