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Convocar o no convocar

El presidente catalán, Quim Torra, no piensa convocar elecciones, aun sin tener presupuesto

El presidente catalán, Quim Torra, ayer en el Parlament.
El presidente catalán, Quim Torra, ayer en el Parlament. EFE

Quim Torra no piensa convocar elecciones. Lo dice con contundencia o, más bien, con esa cadencia de homilía que adopta cuando se pone solemne, esa musicalidad algo sobreactuada de poeta en juego floral (diría que la cadencia es DO-SI-LA descendente, pero no me hagan mucho caso, no soy experto). No convoca, aun sin tener presupuesto, y con tantas opciones de aprobarlo como yo de ganar el campeonato asiático de gimnasia rítmica. No va a hacer un Pedro Sánchez. Dónde va a parar, si el país va tirando como si nada. No hay presupuesto —cosas de pequeña política—, pero hay algo más importante: el juicio a los líderes independentistas, y da toda la impresión de que el president —o quien decida estas cosas hoy en día— va a acompasar el ritmo de la legislatura al del proceso al procés; vaya, lo que vendría a ser judicializar la política.

Torra tiene tan claro que no va a convocar elecciones que a la portavoz de los Comunes, Jéssica Albiach, le soltó ayer algo que sonaba a “móntame una moción de censura si te atreves”. Entonces, ¿por qué le dijo al portavoz del PP, Alejandro Fernández, que “a la vista de su programa pronto tendrán ustedes 0 diputados”, y le propuso un abrazo “porque ustedes desaparecerán de este hemiciclo en las próximas elecciones catalanas”? ¿De qué programa habla? Y si las elecciones del Parlament van para largo, ¿a qué viene esa invitación entusiasta al abrazo de despedida? No quiero ni pensar que, por un momento, Torra confundiese las elecciones catalanas con las españolas, que sí están convocadas. Sería muy feo en su caso, sobre todo ahora que gracias al celo digno de mejor destino de la Junta Electoral y el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya, el president ya puede lucir una herida en la lucha por la libertad de la patria: una querella por desobediencia. No es rebelión ni sedición, pero menos es nada.

Sin embargo, la mañana tuvo otro protagonista, el vicepresidente del Parlament Josep Costa, de JuntsxCatalunya Premium Xtreme (ha publicado un ensayo que se titula O secessió o secessió, toda una declaración a favor de la política de los matices). Costa ejercía de presidente sustituto cuando Inés Arrimadas, desde la tribuna, ha recordado —oh, sorpresa— las lindezas que dedicó en su día Torra a los catalanes no nacionalistas, aquello de las bestias salvajes y tal. Le pareció a Costa que eso dejaba en mal lugar al president —no va desencaminado, le deja bastante en mal lugar, aunque a base de ir repitiéndolo, el asunto ya es un chicle demasiado masticado en las bocas de Cs—, y llamó al orden a la líder de la oposición. Como se pueden imaginar, no fue orden lo que consiguió —si lo buscaba, ya es otro cantar. Llegó a discutirse con su compañero en la Mesa del Parlament, Espejo-Saavedra, de Ciudadanos —una novedad en la historia parlamentaria—, y quiso imitar al speaker del parlamento inglés profiriendo un “¡Orden!” que se desvaneció en medio del fragor del momento, con diversos diputados pidiendo la palabra y otros tomándosela así, sin más. Si sería extravagante la intervención de Costa, que hasta los Comunes y el PSC salieron en defensa de Arrimadas, algo nunca visto. Vaya, un exitazo como presidente del Parlament ocasional y un disgusto para el titular, Roger Torrent (ERC). Aunque esto último a Costa no le debe de molestar.

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