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CRÓNICA

Barcelona, 1928 y una Coca-Cola

Me pasa a menudo: siento las actitudes, los valores y los sueños de aquellas décadas más cerca de mí que los actuales

La Avenida de la reina Maria Cristina durante la Exposición Internacional de Barcelona de 1929.
La Avenida de la reina Maria Cristina durante la Exposición Internacional de Barcelona de 1929.

“¡Aquí, numeritos ni uno!”, masculló entre dientes mi madre mientras me dejaba exangüe la mano derecha. Iniciaba yo una tímida protesta porque quería un pastelito concreto y la dependienta me puso otro más escuchimirrizado que intuí (y así fue), muchísimo menos cargado de crema. Ella también lo sabía, pero pagó sonriente y marchamos sin rechistar, pura flema inglesa. Era en el mercado de la Abacería Central de Gràcia, finales de los sesenta, donde su madre tenía un minúsculo puesto (el 361, en blanco sobre fondo rojo; lámpara de tulipa elegante y bombilla mortecina), pollería que resistía milagrosamente sin vender más que pollos y gallinas ante puestos tres veces más grandes que, pioneros, ofertaban ya alguna croqueta y plato precocinados. El secreto estaba en el código de honor de mi abuela: mármol como la nieve, proveedor desde los treinta y antes tirar la mercancía y quedarse en números rojos que engañar. El cliente era sagrado.

Imbuidos de esa moralidad y ética de las clases populares forjadas antes de la guerra y que nunca tuvo la burguesía acomodada, la filosofía de casa pasaba por no montar escándalos y si, llegado el caso, te daban gato por liebre, pues no se volvía nunca más a esa tienda y listos: se saludaba al pasar con educación, pero ahí quedaba todo. Unos y otros sabían el qué de la cosa: no hacía falta nada más... Me acordé de eso la semana pasada, cuando en una cafetería del centro me atizaron con 3,60 euros por una Coca-Cola pequeña. Pagué con una sonrisa y sin un tuit. No volveré, claro.

Educado al baño maría de un mundo de ayer clavado en los años veinte y treinta, la Guerra Civil como abismo, recordé, por el sablazo, que cuando la Coca-Cola llegó a Barcelona en julio de 1928 costaba 35 céntimos. Me pasa a menudo: siento las actitudes, valores y sueños de esas décadas más próximas a mí que los actuales. Quizá porque la Barcelona que en 10 años pasó de 700.000 a un millón de habitantes, cosmopolita a rabiar, siempre panza arriba —nacía el Gran Metro: de plaza Catalunya a Lesseps (1924), a rebufo de los de Londres (1864), de la imitada Boston (1896), Nueva York (1904) o Madrid (1919)— aspiraba de verdad a urbe moderna y productiva, capital de una Cataluña ya tan imposible en 1936 como se me antoja hoy.

Y así voy, 90 años entre un pie y otro: ante las selfies, rememoro el impacto del primer Photomaton, del 17 de febrero de 1929: había que esperar la eternidad de 16 segundos para que diera seis copias por 1,50 pesetas. Estaba en Pelai, 56, la calle de la modernidad, donde en abril de 1925 se inauguraban los grandes almacenes El Águila (esquina Ronda Universitat), dura competencia para los otros dos vecinos: los Alemanes (números 20-24) y Can Damians (número 54, el de la bola de cristal), todos hoy franquicias textiles y hoteles. Iban a rebufo del mítico El Siglo de La Rambla, imbatible en precios y lujo, pero también por sus vendedores famosos por su atención y delicadeza, así a dandis como a obreros. Aún hoy, en casa, El Corte Inglés de Portal de l’Àngel es Can Jorba (1926), quizás porque teníamos una colección de postales de cuando su inauguración.

Can Jorba se inauguró seis meses después de que se abriera al público el Park Güell, iniciativa privada de frustrada ciudad-jardín rescatada por el Ayuntamiento, que la adquirió no sin polémica en 1922. Ahora, si no eres vecino pagas entrada para ver el recinto histórico; más que nada para dejar sitio, mientras los autocares a rebosar de turistas colapsan tanto el parque como la estrecha carretera de acceso a El Carmel.

En esa época que la prensa bautizó como “el xarampió esportiu” porque no todo era fútbol (natación en playas y piscinas; ciclismo…), me imagino entre los 60.000 que asistieron al combate de boxeo de los gigantes Uzcudun y Primo Carnera, convocados en noviembre de 1930 en el hoy en descomposición Estadi de Montjuïc, récord de concentración pugilística en Europa. Del mismo modo, paseo por la plaza de Catalunya ese 7 de octubre de 1926 de la primera Diada del Libro, mientras miro de reojo a esa nueva mujer de Art-déco, fascinante, rompedora, de cabellos cortos, sombreros contenidos y faldas por la rodilla, compitiendo de igual, en plena locura del charleston, con hombres de pantalones a cuadros, americanas ajustadas, gafas de sol y extravagantes sin sombrero y pelo engominado. Quizá cogería un taxi, regularizados desde el 26 de noviembre de 1924, obligados por el Consistorio por vez primera a ir con taxímetro y en carrocería landaulet (cuatro plazas a cubierto y el chófer, fuera). Tan controlados como hoy…

En las descoloridas esteladas se me aparecen los patéticos miedos de Alfonso XIII; el monarca iba en coche por Barcelona con Primo de Rivera y le espetó: “Veo muchas banderas separatistas”; el dictador, asustado, miró: “Majestad, no veo ninguna”. “Pues yo sí: allí donde no está la bandera española veo escondida la bandera separatista”. Porque tampoco era todo idílico: en 1921 cada tres días había un atentado hijo de la guerra entre anarquistas y patronal; construyéndose el Metro Transversal a destajo 24 horas los siete días, murieron 11 trabajadores al hundirse las obras entre Gran Via y Villarroel (abril de 1924) y la Exposición Internacional de 1929 dejó, tras 42 surtidores de agua, 116 columnas de luz y nueve reflectores, 15 millones de deuda que la ciudad pagó en 34 años. Por no hablar de la gestación de La Bandera Negra, jóvenes violentos de Estat Català que intentaron atentar contra el monarca en el complot de Garraf (1925) o el de Prats de Molló (1926) con Macià, 600 hombres de 6.000 previstos y apenas 80 fusiles.

Qué quieren, se me cruzan los valores familiares con las cifras espectaculares de la mancomunitat en apenas 10 años de labor y con la de la Generalitat de hoy o la visita de Albert Einstein en 1923, atendido por un secretario general de Enseñanza Técnica y Profesional de la Mancomunitat, Rafael Campalans (socialista en gobierno conservador), que le atendía en alemán. Y vistos los candidatos de las próximas elecciones municipales de mayo, uno se refugia con gusto en La ciutat moderna. Barcelona 1921-1930 (Albertí Editor / Ajuntament de Barcelona), quinta entrega de la detallada serie que construye Ròmul Brotons. Indeciso, huyendo del actual espacio-tiempo así en lo periodístico como en lo vital, no sé a quién votar entre tanto refugiado o prófugo, hoy aquí, mañana allá. En las municipales del 5 de febrero de 1922, un voto se pagaba a 25 pesetas si los candidatos eran regionalistas y a 10 si eran radicales; los monárquicos no tenían tarifa fija. Actualizado, son el 3%, prebendas, sillas, licencias… Y yo con la ética de mamá y la abuela.

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