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OPINIÓN i

De victoria en victoria

Pedro Sánchez cree que en Cataluña existe un problema porque él no gobernaba España y ahora que es presidente lo va a resolver. El final será triste y ya está anunciado

Pedro Sánchez y Quim Torra, en diciembre.
Pedro Sánchez y Quim Torra, en diciembre.

E l problema no es el “relator”. En todo caso, el relator, désele el significado que se le quiera dar, es la guinda para que el final sea más humillante todavía. El problema es la estrategia de fondo: creer que el diálogo del Gobierno con el Govern, precisamente en este momento, puede ser un buen método para resolver la difícil situación creada en Cataluña.

Ahí está la ingenuidad de Pedro Sánchez, su voluntarismo, su adanismo. Su creencia de que en Cataluña existe un problema porque él no gobernaba España y ahora que es presidente lo va a resolver. El final será triste y ya está anunciado. Los nacionalistas catalanes acabarán diciendo que da igual que el gobierno sea del PP o del PSOE, total todos son igualmente españoles, por tanto, incapaces de entender a Cataluña, a la democracia y de dar satisfacción a las aspiraciones catalanas.

Una vez dicho esto se quedarán tan panchos, con el aplauso de los suyos y la silenciosa complacencia de la fuerza vivas catalanas, esa famosa sociedad civil tan valiente, la que sólo dice lo que piensa en privado, no sea que alguien se enfade y les lleguen las consecuencias. También aplaudirán los columnistas de opinión, no sólo los independentistas, que por supuesto respaldarán las posiciones oficiales, si no también aquellos que deben repetir en cada uno de sus artículos que no son independentistas para que alguien, algún despistado, les crea, porque ello no es lo que se deduce de sus textos.

Ojalá me equivoque, pero todo esto está al caer, a lo más tardar, empezará en cuanto se aprueben los presupuestos y Sánchez, un auténtico chollo para el independentismo, se consolide en la presidencia del Gobierno unos meses más… para gestionar la sentencia, la famosa sentencia. Una vergüenza que, de ser cierta, ofende al poder judicial y pone en cuestión todo el ordenamiento constitucional.

Los riesgos que corre el intrépido Sánchez, y que repercuten en el crédito de su partido, arrancan de la moción de censura. No se pueden forzar las instituciones. Estamos en un sistema parlamentario, es decir, una forma de gobierno en la cual el presidente debe tener el apoyo de una mayoría de la cámara para poder ejercer sus funciones, es decir, dirigir el gobierno para promover cambios legislativos, aprobar presupuestos, ejecutar leyes, dirigir la Administración, nombrar cargos y planificar toda esta acción para un período de tiempo razonable en el que se pueda llegar a obtener determinados fines políticos, los fijados en el programa de gobierno aprobado en el momento en que fue nombrado.

En la pasada moción de censura se alcanzó un acuerdo para echar a Rajoy y sustituirlo por Sánchez pero no hubo programa de gobierno alguno, difícilmente podía haberlo en aquella moción improvisada en pocas horas y con el apoyo de fuerzas políticas que poco tenían que ver con las posiciones tradicionales del partido socialista, es más, eran contrarias y, en algún caso, rivales. Es el caso de Podemos y sus confluencias que pretende, o pretendía entonces por lo menos, ser el partido hegemónico de la izquierda y, por tanto, sustituir al PSOE. Pero todavía más diferencia distingue al PSOE, por una razón o por otra, de los partidos nacionalistas vascos y catalanes. En unos casos porque son conservadores (PNV y PDeCAT) y en otros porque, además, son independentistas (ERC y Bildu). Apoyado por estas fuerzas políticas Sánchez fue investido presidente, quizás si hubiera convocado inmediatamente elecciones hubiera mejorado los resultados anteriores pero, en todo caso, lo que era evidente es que con tales socios no podía gobernar.

Pero el poder es tentador y cuando se agarra no es fácil soltarlo. Ahora bien, el discernimiento es una virtud que sirve para evitar tentaciones insensatas. No lo utilizó Sánchez, se echó a una piscina sin agua y allí está ahora intentando sacar el cuello, aprisionado por unos compañeros de viaje que no perdonan y le serán desleales hasta que logren sacarle el conveniente jugo. Sus líderes están procesados y el juicio oral empieza la semana próxima, será forzosamente largo, previsiblemente su final coincidirá más o menos con las próximas elecciones. ¿Pueden los partidos independentistas catalanes apoyar a Sánchez mientras están siendo juzgados sus líderes sin que las bases — esas bases de manifestantes en las calles que tanto han utilizado o los tuiteros que cada día vomitan insultos— no se rebelen contra ellos? Poco probable me parece.

Pero quizás Sánchez habrá aprobado sus presupuestos, contentará a Podemos y tirará adelante por un tiempo. De victoria en victoria hasta la derrota final.

Francesc de Carreras es catedrático de Derecho Constitucional y fundador de Ciudadanos.

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