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Todo Guinovart sin Guinovart

La Fundación Vila Casas organiza la última exposición dentro de la celebración del año del pintor

La enorme 'Pasarela Bagdad', creada por Guinovart en 1997 en la que los plásticos quemados y tendidos adquieren aspecto de piel.
La enorme 'Pasarela Bagdad', creada por Guinovart en 1997 en la que los plásticos quemados y tendidos adquieren aspecto de piel.

Joan Hernández Pijoan, en 2005, Josep Guinovart, en 2007, y Albert Ràfols Casamada, en 2009, son tres artistas unidos por la fatalidad de haber fallecido en los años en los que la crisis atacó, de lleno, al mundo de la cultura; un periodo en el que las urgencias eran tan básicas como tener recursos suficientes para poder subir la persiana y abrir al público. Por eso, el sistema de arte no ha hecho el esfuerzo necesario para acabar de apuntalar sus trayectorias. Lo recordaba ayer Llucià Homs durante la presentación de la exposición Guinovart. La realitat transformada que comisaria en los Espais Volart de la Fundación Vila Casas. “Es importante que centros como la Vila Casas respalden proyectos de artistas como Guinovart que representan a toda una generación de creadores comprometidos y que lucharon con su arte en momentos tan complicados como fue el franquismo”, asegura el experto, que remarca que “algunos de estos artistas que configuran el canon catalán, se sienten huérfanos y no encuentran en las instituciones públicas el cobijo y el amparo que les corresponde”. Y en el caso de Guinovart, según Homs, es vital porque “no se puede entender el arte catalán y español de la segunda mitad del siglo XX sin su figura”.

La exposición que estará abierta hasta el 19 de mayo, pone punto y final a la celebración del año Guinovart y es “un broche de oro”, en palabras de su hija Maria Ginovart, directora de la fundación de Agramunt, donde se conserva gran parte el legado del pintor. La muestra, con carácter retrospectivo, tras las que se celebraron en la Tecla Sala en 1989 y la Pedrera en 2002, es la primera que se celebra sin el artista, tras su fallecimiento en 2007: “Le gustaba controlarlo todo. Seleccionar las obras, estar presente durante el montaje y por su implicación, pintaba y retocaba obras e instalaciones hasta el último momento, hasta poco antes de la inauguración, por lo que cada exposición era una obra más”, explica su hija y el comisario. Por eso, comentan, “hemos jugado a ser Guinovart”.

Compromiso social a través de la uralita

La obra que ha prestado el Reina Sofía, 'El gran retorn', creada en 1971 con uralita.
La obra que ha prestado el Reina Sofía, 'El gran retorn', creada en 1971 con uralita.

El compromiso social de Guinovart queda patente en obras como las que realizó a partir de uralita, un material que trabajó a lo largo de los años 70, utilizándolo como lienzo para algunas de sus obras más impactantes, como El gran retorn (1971) que ha prestado el Reina Sofía de Madrid y que recibe al visitante. Luego, cuando en los años noventa se descubrió que este material era mortal y que llevaba a la muerte a muchos de los que habían inspirado el amianto creó otras obras como Treballadors de la Rocalla (1997) en la que pintó a los pobres trabajadores inmigrantes condenados a este trabajo nocivo con las maletas con las que habían viajado desde sus lugares de origen.

Y el resultado es satisfactorio porque la exposición, formada por más de 70 piezas creadas entre 1948 y el 2000 que ocupan todos los espacios expositivos, pese “a que no es un compendio lineal que recoge todas las épocas del pintor, sí que ayudan a entender cómo el artista parte de la realidad para transformarla”. Quién la visite podrá conocer, según Homs, “la originalidad del gran alquimista y del trabajador de la pintura que fue Guino [como le llamaban afectuosamente los que lo conocían], con algunas de las piezas más significativas de sus diferentes etapas, bajo una nueva mirada”.

El nuevo enfoque lo da su estructura a partir de una serie de ámbitos expositivos en los que se recoge el compromiso social y político del artista. Aquí pueden verse obras contra el capitalismo, como El tríptic del poble nou (1976), Homenatge a Allende (1973) o Cap de Franco (1960).

Huyendo de la guerra, el pequeño Guinovart y su familia se refugiaron en la localidad leridana de Agramunt. Y la ruralidad de este lugar idílico le acompañó el resto de su vida con obras en las que incorpora elementos del campo, como granos de trigo, como elementos más de la pintura. Un aspecto que profundiza en otro de los ámbitos en los que el pintor acabó descubriendo, a partir de 1941, que la materia resulta más auténtica que la propia pintura. “Siempre estuvo más interesado en el proceso que en el resultado. De ahí su pasión por las prácticas artísticas”, subraya Homs. “En Guinovart lo ultralocal va ligado a los valores más universales de la condición humana”, resaltó el comisario.

El bosque de 'Contorn-entorn', creado por Guinovart en 1976.
El bosque de 'Contorn-entorn', creado por Guinovart en 1976.

La muestra prosigue por sus ámbitos más íntimos, con obras como Signes acumulats (1997) y Pasarela Bagdad (1997) en la que creó exvotos laicos, unas estructuras de rígido plástico que quemó y parecen pieles. O su fructuosa carrera internacional, tras sus viajes y estancias en Nueva York, donde “lo pasó muy mal”, explica su hija; un ámbito que recoge su participación en las bienales de arte más importantes del mundo y donde recibió premios internacionales. Aquí destacan las impresionantes obras Metrop y Nova York, las dos de 1988, en las que no faltan referencias, incluso al poeta Federico García Lorca, al que admiraba.

La muestra cuenta, además, con dos enormes y bellas instalaciones. Una es Contorn-entorn; un bosque formado por troncos de árboles pintados y tallados. Es solo una parte de la enorme instalación con más de un centenar de mástiles que presentó en la galería Maeght de Barcelona en 1976 y que muchos de los que la vieron entonces todavía la recuerdan. La otra es la impresionante El laberint del Monotaure (2001), un auténtico lugar para perderse en el que el visitante acaba siendo el protagonista tras interrelacionarse con las pinturas que decoran los muros entre espejos, en un juego de engaños. En Barcelona es la primera vez que se ve montada así esta última pieza.

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