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Chelsea Boots: el grupo que te gustará, aunque lo niegues

Jóvenes, aseados y ambiciosos, el cuarteto madrileño apunta grandes maneras con un debut sobre 'placeres culpables'

 Los integrantes de Chelsea Boots en Madrid Foto: Víctor Sainz Ampliar foto
Los integrantes de Chelsea Boots en Madrid Foto: Víctor Sainz

Se hacen llamar Chelsea Boots, como esas botas que hacían estragos entre la chavalería allá por los años sesenta. Son jovencitos, guapetes, aseados, fotogénicos, habladores, afables, divertidos. Irreprochables. Provienen de entornos bien asentados y disponen de currículos estupendos, en algunos casos mareantes. Integrarían abuen seguro el restringido Club de los Yernos Ideales: cualquier papá renunciaría a los consabidos recelos y los aceptaría como pareja de sus churumbeles. Pero Santi, Dani, Dani y Martín se han apartado de la senda del bien por culpa de una infección que no parece tener cura: el virus del rock se les coló sin remedio en el torrente sanguíneo.

“Nuestros padres lo han acabado comprendiendo porque ven que nos lo curramos mucho, como en cualquier otro trabajo, y ni nos matamos a porros ni llegamos mamados a las tantas de la madrugada”, se excusa Dani Ferrandis, guitarrista de la banda y el más (ejem) vetusto de los cuatro, con sus 26 añitos. Y quieren que esta honorable ocupación encima de los escenarios les dé para ganarse la vida. “Nos llevaremos una desilusión si esto no lo peta, porque es la hostia. El fracaso no acabaría en eutanasia, pero sí sería triste y desilusionante”, proclama el cantante y jefe de filas, Santi Isla, fruto (como Dani Núñez, bajista, y Martín Mosquera, batería) de la flamante generación del 94, aunque en su caso el rostro aniñado y lampiño le haga parecer todavía más joven.

Isla es el retoño de Pablo Isla, máximo directivo de Inditex, pero a él no le gusta mezclar los ámbitos familiares y los melómanos (“No pertenezco al sector textil”) y ha venido aquí a hablar de su disco. Que acaba de poner en circulación Universal con todos los honores, ha contado con productores de postín (Rams y Martí) y vivió hace pocas semanas su estreno con un llenazo en la sala Ocho y Medio. Bilingüe perfecto y titular de un expediente académico mareante (“graduado en Derecho y con varios másteres de los de verdad, pero no te quiero aburrir”), Santi ha llegado al rock para dejar huella. “Somos muy ambiciosos. Demasiado. Pero ponernos metas grandes siempre ha jugado a nuestro favor. Nos jugamos con nuestra promotora un cochinillo a que llenaríamos la Ocho y Medio en el estreno del disco. ¡Ahora nos lo deben!”.

Y los cuatro, que se interrumpen y entremezclan las respuestas, rompen a reír. La culpa de todo la tienen las 13 canciones incluidas en Guilty pleasure, un debut fresco y contagioso, variado pero casi siempre tarareable, contemporáneo pero no tópico. Y de vocación, digámoslo así, transversal: indie sin renunciar a lo pijo, jovial pero a veces también pureta. En algún lugar entre Wham! y Sidonie, pongamos por caso, aunque en una balada como Dandelion skies pueden llegar a recordar a ¡Ian Matthews! “La idea eraesa: huir del encasillamiento, no ponernos límites”, proclaman.

“Tan pronto nos tiramos una tarde discutiendo sobre las grabaciones de los Beatles en Abbey Road como nos da por analizar los patrones rítmicos de J Balvin. Porque creemos que, a nivel artístico, J Balvin es igual de valioso que Janis Joplin...”.De ahí, de ese eclecticismo desprejuiciado, surgió la idea del “placer culpable” que acabó dando título al álbum. “Aspiramos a gustarte, aunque no lo confieses”, anuncian con gesto travieso.

De hecho, algunos músicos “relevantes” ya les han hecho llegar sus parabienes a través de mensajes privados, y confían en que las felicitaciones irán siendo con el tiempo cada vez más explícitas. “A Josu García, el productor de Loquillo, le ha flipado el disco. Y el otro día nos entrevistaron en Mariscal Rock. Salió bien la cosa, y eso que íbamos acojonados... Al final, hasta el tío más rancio tiene ganas de escuchar cosas nuevas”.

-Pero entonces, ¿sois rockeros o no sois rockeros?

Los Boots miran de reojo, sopesan la provocación y disparan: “Venimos del sudor, pero al mundo del rock en España le apesta el sobaco”, argumentan. “El rock debe ser transgresión, inventiva, cosas nuevas, pero muchas de las propuestas rockeras de este país parecen bandas de tributo, aunque ni ellos mismos lo sepan. Y eso nos aburre mucho”. Llega la hora de las fotos y Santi, Martín y los Danis obedecen de buen grado a las indicaciones. Y resumen: “Somos cuatro chavales sin maldad. Estamos en esto con mucho respeto. Y dándolo todo”.

-Solo nos queda algo importante en el tintero, chicos. ¿Cuál es vuestro mayor placer culpable?

Los cuatro se consultan con la mirada, desconcertados. Y es al final Dani Núñez, el bajista, quien deja vía libre a la confesión. “A ver, viniendo de un colegio católico, el Peñarredonda de A Coruña, el primer placer culpable es bastante obvio...”.

Amigos de Taburete

Los integrantes de Chelsea Boots han apostado por su faceta musical aun robándole tiempo a otros proyectos más fiables en términos convencionales.

Ferrandis es publicista y titular de un máster en Creatividad, Núñez desarrolla una start up de relojes y Mosquera también abraza la nueva economía con una consultoría para empresas textiles. Parecerían llamados a la condición de jóvenes ejecutivos, pero prefieren los discos de Sunday Drivers, Sidonie o Rosalía, de la que Ferrandis incluso presume como fondo de pantalla de su móvil.

Y en el “debate proTaburete o antiTaburete” que tantas veces surge en las tertulias musicales, se posicionan sin remilgos en el primer grupo. “Y no porque conozcamos personalmente a algunos de ellos, sino porque estamos hartos de que en este país sea tan fácil criticar. Taburete no venden virtuosismo musical, pero han conseguido meter en los pabellones a ese pijerío que nunca iba a ningún concierto. Sus conciertos son una puta locura. Merece la pena ir solo por ver al público. Fliparás.

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