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Colonias en familia sin internet ni móvil

Fundesplai organiza estadas 'offline' para reivindicar el contacto con la naturaleza y minimizar el uso de las tecnologías

Roger Duato, educador ambiental, ayuda a una niña a elaborar un frasco aromático en una actividad para todas las familias. Ampliar foto
Roger Duato, educador ambiental, ayuda a una niña a elaborar un frasco aromático en una actividad para todas las familias.

Una niña quiere llamar a su abuela, pero no sabe cómo hacerlo. “Descuelga”, le indica su padre. La pequeña le mira y no entiende nada. “Esto es una cabina de teléfono”, le explica el hombre, “sirve para llamar, como un móvil”. La escena es común en la casa de colonias de La Traüna, en el Montseny, donde se celebran durante el verano colonias offline, estadías de entre tres y seis días para familias que pretenden pasar unos días sin el teléfono móvil encima y sin la atracción de internet o las pantallas. “Aquí pretendemos reconectar con la naturaleza, nosotros mismos y la familia”, explica Pep Valls, jefe de comunicación de Fundesplai. Teclear, usar el Whatsapp o mirar la última hora en Twitter no está permitido.

En la casa, la cabina es el reflejo del paso del tiempo, que parece avanzar a ritmos distintos en el campo y en la ciudad. Desde las urbes, llegan familias para desconectar, nunca mejor dicho. Entre ellas no se conocen. Tendrán tiempo de hacerlo durante los próximos días.

Las familias se presentan a través de las actividades que dirige un educador ambiental, Roger Duato, de 30 años, y realizan las tareas en comunidad. Ponen y recogen la mesa y colaboran durante las dinámicas. Por la noche, eso sí, cada una tiene su propia habitación. “Nosotros vinimos un poco para curiosear”, admite Helena, nombre ficticio, que pide que no se publique el real. “Me da vergüenza”, se excusa con cierto rubor.

Helena y su pareja participan junto a su hija de 6 años. “Aquí, sin teléfonos, te das cuenta de lo mucho que llegas a descuidar a tus seres queridos con tanta pantalla”, asegura. Sin estímulos tecnológicos, la comunicación con el entorno más cercano se refuerza. “Es que con el ritmo del día a día nos olvidamos del contacto físico y de ponernos a hablar”, añade Duato, licenciado en Ciencias del Mar. “Sin el móvil, de verdad, te cambie la mirada”, añade Helena.

Duato coordina las actividades. Se lleva al grupo a descubrir tipos de plantas, marca el paso por los caminos y descifra algunos secretos del bosque: desde rastros de animales a la utilidad de las plantas aromáticas. “Hay todo tipo de familias”, cuenta, “pero me sorprendió la actitud positiva de todas”. Algunas ya llegan sin el móvil en el bolsillo, predispuestas; otras dejan el aparato en una caja que nadie deberá tocar hasta el último día.

Para los niños la convivencia parece sencilla. Se adaptan a lo que hay. Con o sin internet. “En casa me gusta mirar youtubers”, admite una niña que no debe tener más de siete u ocho años. Pero en el monte, tocar árboles o elaborar aceites con plantas aromáticas también tiene lo suyo. “Muchos, al llegar, me preguntan ‘¿y no podremos jugar a la Play?’ Y el último día me confiesan que no la han echado de menos. Eso es una gran alegría”, explica Duato.

La falta de móviles impide una de las actividades estrella del verano: hacer fotos. “Nos dimos cuenta de que los padres estaban más pendientes de fotografiar y los niños de posar. Y sin móviles, interactúan más”, relata Duato. Para Helena, despertarse sin el teléfono rompió sus rutinas. “En casa me despierto con él, sí. Desde que me levanto hasta la noche estoy pegada al móvil. Te das cuenta de lo adictos que somos”.

La noche llega. Es hora de la actividad nocturna. El grupo se aleja de la casa, levanta la mirada al cielo y Duato ubica las constelaciones estelares. Parece que nadie echa de menos el doble-check en Whatsapp, un “me gusta” de Instagram o una solicitud de amistad en Facebook. La desconexión de las redes sociales se agradece. Y si se necesita, siempre queda una cabina para llamar a la abuela.