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Fallece Iago Pericot, gran agitador del teatro catalán de los años setenta y ochenta

El escenógrafo, director y maestro montó obras que marcaron época como ‘Rebel delirium’ o ‘Mozart nu’

Iago Pericot en 2014, delante de la guillotina que instaló en el Mercat.
Iago Pericot en 2014, delante de la guillotina que instaló en el Mercat.

Ha muerto este jueves con 88 años Iago Pericot y pese a que los últimos tiempos era patente su fragilidad parece mentira que nos haya dejado una persona de tanta fuerza vital, semejante imaginación desbordada, capacidad de transgresión y contagiosos humor, optimismo y entusiasmo. A Pericot (Masnou, 1929), escenógrafo, director de teatro, pintor, creador transversal avant la lettre, y especialmente grandísimo maestro que marcó con sus enseñanzas eclécticas, geniales, provocadoras, y hasta gamberras a varias generaciones de gentes de teatro como profesor en el Institut del Teatre de Barcelona, del que fue uno de sus enseñantes insignia en su Edad de Oro, se le recordará sobre todo como un gran agitador irreverente de la escena de los años setenta y ochenta.

Lo fue con obras inolvidables que pusieron en cuestión y revolucionaron el panorama ideológico y estético de entonces como Rebel delirium (1977), que se desarrollaba en el metro con música de Pink Floyd y que protagonizaba el que fue su pareja tantos años, Sergi Mateu, Bent (1982), que abordaba el tema de los homosexuales en los campos nazis, o Mozart nu, el bellísimo ejercicio de plasticidad corporal en el que un bailarín y una bailarina danzaban completamente desnudos la Misa de la Coronación de Mozart. También Simfònic King Crimson, La bella i la bèstia o El banquet.

En un momento en que la mayoría de la profesión teatral miraba hacia los grandes maestros europeos de la escena, los Grotowski, Kantor, Strehler, Brook o Mnouchkine, peregrinaba a Aviñón, Wroclaw y Nancy, o desde el PSUC se entregaba a la lucha política de los coletazos del franquismo y la transición y del revivir del catalanismo, Pericot propuso un teatro insólito, personalísimo, asomado a las vanguardias artísticas plásticas, al pop y la cultura de masas.

Lo que hacía era tan diferente que hubo quienes lo vieron como un rara avis, advenedizo, sospechoso de trivialización, esteticista y ávido de escándalo. Desde luego, brechtiano Iago no era. Pero qué capacidad tenía de imaginar y soñar espacios, de desbordar con luces y efectos, de trazar con cuatro hilos y proyecciones y con chorros de música escenas impactantes. Fue de los primeros en reivindicar el uso escénico de lugares no teatrales, se atrevió a todo y siempre con una sonrisa en la boca que no era complaciente en absoluto sino que sabía convertirse en mordisco.

Amable, simpático, encantador podía ser irónico, mordaz y hasta deliciosamente malvado. Probablemente no fue un gran director de actores ni un enorme dramaturgo, quizá ni siquiera un director teatral de primera pero ha sido sin duda uno de nuestros grandes creadores globales, un atrevido pionero y un hombre que deja más huella en todos los que trabajaron o estudiaron con él, o simplemente le conocieron, que muchos de los reconocidos genios de nuestra escena.

Pericot había estudiado psicología en la Universidad de Barcelona y arte en Londres. En 1975 fundó con Mateu el Teatre Metropolità de Barcelona, bajo cuyo nombre realizó muchos de sus montajes. El pasado febrero, el Institut le dedicó un homenaje, al que asistió, con motivo de la presentación de libro Iago Pericot, la llibertat de crear i viure, de Guillem-Jordi Graells. En 2004 se realizó en la Virreina una completa exposición sobre su trayectoria, Iago Pericot, el joc i l’engany.

A finales de los años setenta coincidieron en sus inolvidables clases del Institut del Teatre algunos alumnos que luego se convertirían en nombres bien conocidos: Montse Guallar, Andreu Benito, Manel Dueso, Abel Folk (que le ha dedicado recientemente un documental), Oriol Genis… A todos les marcó.

Como antiguo alumno de entonces y amigo suyo, le recuerdo especialmente en tres momentos. El último, accionando feliz la guillotina que instaló en el Mercat de les Flors y bajo cuya cuchilla hacía pasar a todo el mundo (“hay mucho que cortar”). Muchos años antes en el Minotauro de la plaza Real hablando de su proyecto, nunca realizado, de montar Siddharta. Y sobre todo el día en que en una improvisación en sus clases lo encerramos en un aula del viejo edificio de la escuela en la calle Elisabets haciéndolo pasar por loco, mientras él protestaba porque tenía una reunión municipal para concretar una subvención. Al final se moría deportivamente de risa al ver que su semilla anárquica y provocadora hubiera germinado tan bien. Su herencia, como la de los verdaderamente grandes maestros, sigue en nuestros corazones. Gracias Iago, y que viva Dadá.