Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

El cardenal Osoro pone el punto final a la era de Rouco

La toma de posesión de tres prelados auxiliares deja en el limbo a Martínez Camino, exportavoz y hombre fuerte del que fuera durante 23 años arzobispo de Madrid

Antonio María Rouco (derecha) y Juan Antonio Martínez Camino, en una imagen de archivo.
Antonio María Rouco (derecha) y Juan Antonio Martínez Camino, en una imagen de archivo.

El cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, presidió esta mañana en la catedral de La Almudena la ordenación de sus tres obispos auxiliares, los presbíteros José Cobo Cano, Santos Montoya Torres y Jesús Vidal Chamorro. La ceremonia se celebró en loor de multitudes, concelebrada por decenas de obispos, entre ellos los cinco cardenales con sede en España. Ocuparon lugar destacado varios líderes de iglesias cristianas no católicas. “Gracias al Santo Padre, el papa Francisco, que me ha regalado estos tres nuevos obispos auxiliares para dar noticia de Jesucristo multiplicando la presencia del pastor en medio de su pueblo. Nuestro tiempo es para la comunidad”, dijo el pontífice madrileño en su homilía.

El gozo de Osoro, que esperaba este momento con indisimulada ansiedad desde que tomó el mando en agosto de 2014, refleja un estado de ánimo largamente aplazado. “Se completa la revolución en Madrid”, se dijo cuando Francisco anunció la pasada Navidad el nombre de los elegidos. Intentaba poner fin a la Iglesia del no, bronca, opuesta a reformas que la sociedad ha asumido sobradamente, poco amiga de dialogar o entenderse con la sociedad civil y laica. Además, en un episcopado envejecido (con una media de edad por encima de los 67 años y decenas de altos prelados que ya han superado los 75), los nuevos obispos rondan los 50 años, y uno ni siquiera los ha cumplido. Cobo Cano nació en Sabiote (Jaén) en 1965; Montoya Torres, en 1966 en la Solana (Ciudad Real), y Vidal Chamorro, en 1974 en Madrid.

Hay otro perfil novedoso entre los designados. Los tres son de vocación tardía, como el propio cardenal Osoro, que incluso tuvo novia antes de entrar en la Universidad Pontificia de Salamanca para hacerse cura. Los nuevos obispos estudiaron carreras civiles antes de hacerse sacerdotes. Cobo es licenciado en Derecho Civil, Montoya es químico y Vidal, que con 43 de edad es con mucho el obispo más joven de España, se licenció en Ciencias Económicas y Empresariales.

Los nombramientos cierran, por tanto, la etapa del cardenal Antonio María Rouco, que fue arzobispo de Madrid 23 años, además de indiscutible líder del episcopado español durante una década. Del pontificado de Rouco solo quedaba al mando en Madrid, y muy marginado, quien fue su mano derecha en la Conferencia Episcopal, el jesuita Juan Antonio Martínez Camino, desde esta mañana “clérigo acéfalo o vago” según la terminología canónica.

El Vaticano se esfuerza en fijar su estructura jerárquica y ordena con rigor las funciones de cada clérigo. Lo hace mediante un largo Código de Derecho Canónigo (1752 cánones o artículos, diez veces más que la Constitución Española), incluso para aquellos eclesiásticos a quienes denomina “acéfalos o vagos”. Pero hay circunstancias que se escapan al legislador. Según expertos canonistas, es el caso de Martínez Camino, portavoz y secretario general durante una década (de 2003 a 2013) de la Conferencia Episcopal, y obispo auxiliar de Rouco desde 2007.

Ni siquiera la ordenación episcopal de Camino fue pacífica. Rouco lo promovió al episcopado despreciando la regla ignaciana que prohíbe a los miembros de la Compañía de Jesús aceptar cargos salvo en tierra de misiones. El nombramiento se fraguó pese a esa negativa, muy insistente y reiterada. Finalmente, el entonces portavoz se convirtió en el primer jesuita en ocupar una sede episcopal en España.

La jubilación de Rouco a los 78 años y la inmediata llegada a Madrid del cántabro Osoro (Castañeda. Cantabria. 1945), con el encargo de Francisco de variar el rumbo ultraconservador en la principal archidiócesis española, dejó fuera de juego al equipo episcopal anterior, compuesto de tres prelados auxiliares. A dos de ellos, Roma los buscó pronto salida con ascenso, a Fidel Herráez como arzobispo de Burgos, y en la diócesis de Segovia a César Franco. Martínez Camino (Marcenado, Asturias. 1953), se quedó atrapado en Madrid, sin apenas relación con Osoro, de muy distinto talante.

Por motivos difícilmente explicables, el Vaticano no le ha encontrado en estos tres años un destino apropiado, unas veces porque algunas diócesis lo rechazaron más o menos veladamente; otras, por reticencias del Gobierno de Mariano Rajoy, que tiene derecho a poner objeciones a cualquier nombramiento episcopal por concesión concordataria de uno de los llamados Acuerdos firmados entre el Estado vaticano y España (uno de 1976, tres en 1979), y también porque ni el PP ni el Rey veían al combativo y bronco exportavoz como posible vicario general castrense con rango de arzobispo y general de División. En este caso, el nombramiento es competencia del Rey, que lo firma escogiendo sobre una terna negociada entre la Nunciatura (embajada) del Papa en Madrid y el ministerio de Asuntos Exteriores.

Un principio ineludible: ni "acéfalos ni vagos"

“Es necesario que todo clérigo esté incardinado en una Iglesia particular, o en una prelatura personal, o en un instituto de vida consagrada o en una sociedad que goce de esta facultad, de modo que de ninguna manera se admitan los clérigos acéfalos o vagos”, dice el canon 265 del vigente Código de Derecho Canónico. Es una regla que el legislador del Vaticano aplica con una cierta flexibilidad desde que el concilio Vaticano II aconsejó suavizarla. “Revísense las normas sobre la incardinación y excardinación de manera que, permaneciendo firme esa antigua disposición, respondan mejor a las necesidades pastorales del tiempo”, se acordó en 1965.

La firmeza que ahora se relaja procedía del concilio de Trento, que acabó con la costumbre de obispos y cardenales de ausentarse de su trabajo, a ser posible para irse de romería, es decir, para solazarse en la disoluta Roma de aquel tiempo, que tanto escandalizó a Martín Lutero. En el caso de los curas, la tradición canonística los acabó llamando “clérigos vagos”. Desde entonces no es posible que un clérigo se excardine de un ente jurisdiccional sin incardinarse en otro. ¿Es desde ayer “clérigo acéfalo o vago” Martínez Camino? Parece un calificativo exagerado, pese a que se escuche en muchos ambientes eclesiásticos. El derecho canónico no especifica la situación del clérigo que pierde sus funciones en una diócesis (el obispo le rechaza, el Papa lo deja sin funciones al nombrar sustitutos, etc.), y todavía no le han encontrado otro destino. Se trata de una excepción al principio que prohíbe los clérigos vagos.

Más información