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Dietario de un cínico

La atrofia desgraciada del egoísmo

Dieta para desintoxicar la mente: no leer prensa, no escuchar radio y no ver televisión

Emigrants arrestados al Arxipèlag de Cabrera el 2014.
Emigrants arrestados al Arxipèlag de Cabrera el 2014.

Lunes

Los buenos propósitos no siempre caen en saco roto. Voy a intentar que algún amigo lo crea y me cuente luego cómo sale del ejercicio. Se trata de una dieta experimental para desintoxicar la mente. Consiste en no leer la prensa, no escuchar la radio, no ver la televisión ni navegar por las redes sociales durante un año. ¿Cómo regresará un hombre entrenado en la realidad? ¿Cómo interpretará las noticias del mundo? La hipótesis puede formularse de este modo: la información satura nuestro circuito cognitivo y modela la ficción que nos envuelve. El perverso efecto de la algarabía global (hecha con las consignas tóxicas de prescriptores y followers) es que a cambio de la propia vida tangible, el individuo adopta las creencias de una comunidad imaginaria. Esta mimesis es la que conduce la fatalidad contemporánea: entre las dos únicas opciones, nadie vislumbra la tercera alternativa.

Martes

Si un locutor baja a la calle y pregunta al transeúnte, aprovechando su alegre disposición a ser consultado, cuánto le suena el nombre de Mussolini o Stalin, verá hasta qué punto algunos nombres son conocidos por la población. Pero si en lugar de mencionar a las delirantes encarnaciones del siglo XX, le pide al desocupado paseante si recuerda algo de la vida y obra de Thomas Paine, comprobará el desdichado destino reservado a los pioneros que fundaron los logros de nuestro tiempo. Obviamente, la omisión que padece Paine no es una casualidad de la ignorancia común: responde al deliberado propósito de nuestros pedagogos y de los publicistas fieles al dictado de las potencias infernales.

En 1999 publiqué en Seix Barral la deslumbrante biografía que le dedicó Howard Fast (ya saben: el autor de Espartaco, el perseguido durante la exitosa Caza de Brujas de McCarthy...). Ratificando la imposible existencia de Paine en el paradigma académico de nuestro país, el libro pasó por las librerías sin recibir una sola reseña. Lo tomé como un síntoma de nuestra astenia intelectual. El desdén que los sabios españoles dedican a lo que no conocen ha conseguido ser la inconfundible rúbrica de la Marca España.

Veo ahora que la editorial Funambulista edita la obra con que Paine consolidó las ideas de la Revolución Americana ("El sentido común") y que Debate publica el ensayo del ya ausente Christopher Hitchens sobre Thomas Paine y su glorioso libro "Los Derechos del Hombre". El ensayo es una brillante evocación y ratifica a Paine en el lugar que ocupa en el panteón de los hombres ilustres: la inteligencia con que desveló la clave de la última religión -la divinidad de lo humano latente en el hombre- resulta ahora de una acuciante urgencia.

Jueves

Me cuenta Laura Thomson, la elegante y elocuente directora general de la Organización Internacional para las Migraciones, cuáles son nuestras imperiosas necesidades: si la vieja Europa quiere afrontar el envejecimiento de su población, cubrir los puestos de trabajo vacantes, sostener los servicios educativos y sanitarios y garantizar el pago de las pensiones, debe contratar a más de 45 millones de emigrantes. Esta carencia contrasta con el vocerío de los xenófobos pero sobre todo con la incompetente gestión que las instituciones están haciendo de la llamada crisis migratoria. ¿Crisis? Apenas ascienden a un millón los desplazados sirios que, huyendo de las matanzas de la guerra, hacen cola en los campos enfangados de nuestra frontera. La senil Europa no sólo tiene atrofiada la conciencia de sus deberes, sino muy confundido su torpe y errático egoísmo. Y este es el presagio de un colapso inminente.