Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

¿Hartos del mismo menú?

Después de un buen arranque de temporada, falla el público en los conciertos de la OBC

Algo falla en los conciertos de la OBC. La temporada comenzó en septiembre con buenos augurios en cuanto a la respuesta del público, pero, tras el espectacular arranque en la Sagrada Familia bajo la dirección de su titular, Kazushi Ono, y los primeros llenos, el aspecto de la sala grande del Auditori, con demasiadas butacas vacías, indica que algo no funciona. Siempre hay muchos factores en juego a la hora de analizar la respuesta del público; en el caso de la OBC, uno de ellos es la rutinaria programación que, básicamente, repite semana tras semana un menú sin espacio abierto a la imaginación.

No es cuestión de calidad, sino de aburrimiento; en los siete conciertos celebrados hasta la fecha, han repetido la propuesta más trillada del mundo clásico; una obertura, suite o pieza breve para comenzar, un concierto con solista invitado -muy buenos, por cierto- para continuar y una gran partitura sinfónica para terminar. Lo de siempre, pero con agravantes, ya que cuatro de los siete solistas invitados son violinistas: Vadim Repin, Joshua Bell, Viviagne Hagner y, el pasado fin de semana, Isabelle Faust.

Tampoco puede decirse que los responsables de diseñar la programación de la OBC sean capaces de sorprender en la selección de compositores; Repin abrió temporada con el segundo concierto para violín de Serguei Prokófiev e Isabelle Faust ha tocando el Primer concierto del mismo compositor. Lo tocó con finura y elegancia, pero sin mostrar mucha familiaridad con la pieza.

Quien sí demostró completo dominio de las partituras fue el director polaco Antoni Wit, que abrió el programa con una bien equilibrada y sutil versión de la suite Mi madre la oca, de Maurice Ravel. Dio brillo a los colores orquestales desplegados por Ravel para evocar el mundo de los cuentos infantiles de Perrault. Estuvo muy bien, pero, teniendo en cuenta que la OBC ya ha ofrecido otras tres partituras de Ravel, no podemos hablar de gran variedad en el menú que sirven cada semana.

El concierto culminó con la brillante energía de la Primera sinfonia de Dimitri Shostakóvitch, explosión de talento juvenil - la dejó lista con 19 años, asombrando a sus profesores- que Wit dirigió con acierto y variedad de contrastes, Lo dicho, no es cuestión de calidad, porque la hubo en este concierto; si el público está fallando más de la cuenta quizás es porque comienza a estar harto del mismo menú.

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