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El domingo es más largo con merengue

Juan Luis Guerra se elevó sobre un mal sonido y puso al Sant Jordi a punto de nata

Juan Luis Guerra actuó también en Madrid el viernes.
Juan Luis Guerra actuó también en Madrid el viernes. Alberto Martín / EFE

Pocas cosas se antojan más inútiles que una silla en un concierto de Juan Luis Guerra. Sus poseedores las abandonaron ayer por la noche, sobre las 21:35h, y ellas hubieron de combatir su soledad escuchando solitarias el concierto del dominicano, una incitación al baile empujada por el merengue. Estuvieron así, abandonadas y olvidadas casi por espacio de dos horas, el tiempo que duró la actuación, y si había alguna ilusa que esperaba ser recuperada y recordada durante los tramos de concierto regados con bachatas, piezas más aptas para el arrullo que para el caderazo, pronto vio que buena parte del público no se sentaba ni por esas. Sí, al final, y antes de abordar la salida del recinto, puede que alguien se sentase para recuperar el resuello, pero la noche ya había tenido protagonista y las piernas se impusieron a las posaderas.

Al poco de salir a escena Juan Luis Guerra repasó las nacionalidades de los allí presentes, y con tanta sangre latina dispuesta a celebrar su presencia en Barcelona el baile era una cuestión de identidad. Y eso que durante buena parte de la actuación el sonido fue simplemente estruendoso, confuso y empastado, un guirigay que impedía disfrutar de una numerosa banda con nutrida sección de metales y mucho acento en la percusión, tal y como mandan los cánones. También en esta línea, el escenario, sencillo y austero, con pocos elementos escenográficos y escasa imaginación en las proyecciones, obligaba a centrar la atención en la música y consecuentemente a bailar, única opción razonable cuando el merengue, con más beats por minuto que una pieza de techno, con el bombo golpeando ahora sí y luego también a toda velocidad, se desmelena. No digamos ya si encima la pieza es popular, cosa por ejemplo acaecida con “La bilirrubina”: entonces del cielo caía una sonrisa que encajaba con los desaforados bailes de la multitud. Una alegría, una estampa impagable. Doce mil personas disfrutando.

Lo hicieron con un repertorio que despachó rápido “Ojalá que llueva café”, interpretada en tercer lugar, y que tuvo bastante representado el último trabajo, del que sonaron seis de sus diez canciones. El éxtasis se alcanzó con “El costo de la vida”, y hubiese podido acrecentarse si “La gallera” no hubiese sido despachada como fragmento de los solos de percusión, pero aguardaba “Visa para un sueño”, “El Niágara en bicicleta” y el guiño salsero “De Moca a París” para revitalizar unos ánimos que parecían impropios de un domingo por la noche, en ese instante en el que el lunes, agazapado, amenaza. “A pedir su mano”, una popurrí de bachatas y “Las avispas” conjuraron esa amenaza. Podía ya ser casi lunes, pero la imagen de un Juan Luis Guerra retornado tras siete años de ausencia de los escenarios barceloneses, y de nuevo congraciado con el éxito obraron el milagro. El domingo duró más con merengue.

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