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OPINIÓN

Entre dos luces

Resulta enigmático que el respaldo intelectual del independentismo aplauda sin miedo a pasarse de vueltas; debería repensarse mantener sólo un perfil entusiasta y acrítico al proceso

La irracionalidad en política no funciona de modo muy dispar a como funciona en otros ámbitos. El poeta ignora su poema hasta que no está escrito, mentalmente o caligrafiado, y no sabe de hecho cuál será su poema hasta que no existe sobre el papel, escrito a conciencia pero no sólo con la conciencia sino con todo, con el pie y la mano, con el pulmón y el estómago. Pero también los artículos, las clases, los planos o los autos judiciales los escribimos a menudo con algo más que la determinación racional y planificada, precisa y consciente: somos un enigma ambulante para nosotros mismos, como seguramente lo son los políticos también.

La política catalana ha tenido mucho de laboratorio delicadísimo de emociones y decisiones, de impulsos y programas racionales en los últimos años y todo hoy vibra como si de veras el 27 de septiembre culminase el proceso de construcción de una Cataluña redimida de su cobardía y de su pusilanimidad, de su sumisión y su apocamiento, sus falsas virtudes pactistas y su viciosa propensión a vivir bien. Una buena parte de los medios alientan la música de una promesa estimulante que irradia fe en la posibilidad de la independencia, y alimenta la convicción no sólo de que será posible ese país, sino de que sin duda será mejor. Late detrás y debajo, creo que en forma no racionalizada, invisible pero activa, la convicción más desapacible de esta historia, y es que ha calado a fondo en buena parte de los catalanes el mensaje de que deben disfrutar por fin de la libertad que los pueblos superiores conquistan a pulso y contra todos, contra ellos mismos, contra las prevenciones y los cálculos de sus padres, contra las imposiciones de la prudencia. El proceso aparece así como un acto de coraje colectivo que por fin mostrará al mundo que 300 años (por lo menos) de sumisión a los dictados de la cobardía y el interés de medio pelo desembocan en el destino de los pueblos cuya valía ha sido combatida o incluso vejada, cuyas altas miras han debido sujetarse a las normas romas de otros poderes tocados de una congénita mediocridad, de una precariedad material e intelectual inocultable. La historia absolverá al soberanismo, parecen pensar los líderes políticos del soberanismo, porque tanto si gana como si no gana, tanto si conquista una mayoría absoluta determinante como si logra sólo una victoria parcial, habrá cumplido con el deber de los pueblos insumisos a las leyes del interés pragmático y escéptico, moderador, irónico, cauto y laico: por fin Cataluña será lo que ha de ser.

Si algo de esto es verdad, no me consigo explicar la conformidad de la clase intelectual partidaria de la independencia ante todas y cada una de las buenas noticias que trae la promesa independentista. En todos los bocetos de futuro, el bien es seguro, la mejora indescriptible, la evidencia flagrante y la seguridad incontrovertible. Qué bárbaro. Pero mi fe es quebradiza y empírica, en el proceso y en todo, así que no consigo digerir que ante los planes de redención colectiva de la actual sumisión no incluyan la posibilidad de una complicación imprevista, el riesgo de una desestabilización mal calculada, la sombra de la insumisión de una parte de la población, la tentación de un fallo o la posibilidad de una contrariedad grave en términos jurídicos e internacionales (cuando menos, a día de hoy).

La convicción independentista es sentimental y es racional, incluso es necesaria para amplias capas de la población. Merece la misma atención crítica que la decisión contraria porque una opción como esa no descalifica a nadie, o no en democracia. Pero, ¿por qué es tan difícil encontrar voces críticas desde el independentismo con los gestos, las decisiones, las declaraciones y las estrategias de los políticos que lideran el soberanismo? Resulta enigmático que el respaldo intelectual del independentismo aplauda sin miedo a equivocarse o a pasarse de vueltas, o a callar lo que no debe callar y aplaudir lo que es insensato aplaudir sin pensárselo dos veces. No es el deseo de la independencia lo que debe pensarse dos veces, que ese ya lo entiendo; lo que debe pensarse dos veces es mantener sólo un perfil entusiasta y acrítico. De lo contrario podemos llegar a creer que piensan que el soberanismo es la encarnación inmaculada hoy de la honestidad, el coraje y la inteligencia, sin zonas oscuras, sin línea de sombra, sin entreluces.

Jordi Gracia es profesor y ensayista.