Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El fin de la inocencia

Alfred de Musset escribe una fábula maliciosa sobre el amor

Alfred de Musset escribe No feu bromes amb l'amor mientras el romanticismo toma las armas en una Europa inflamada de revoluciones burguesas. Tormenta de la historia que nada tiene que ver con esta presunta fábula maliciosa sobre el amor. La comedia trágica de Perican y Camille es una ínsula dramática que obvia su presente para reflejarse en el pasado de la moral aristocrática del siglo XVIII y en el futuro inmediato de la perversidad simbolista. Incluso el amor —comodín romántico— puede que no sea el epicentro de la obra. Quizá le convendría mejor llevar por título Bonjour tristesse. Quizá su lección última sea el fin de la inocencia. La vida adulta comienza con el primer recuerdo trágico, con el primer dolor imperecedero, como ya planteaba el crítico literario Gustave Lanson cuando comenta el final del poema Tristesse de Musset (“El único bien que me queda en la vida es haber llorado alguna vez”): “el dolor —escribe Lanson en 1895— pasa, pero el recuerdo del dolor persiste, íntimamente dulce, más dulce que el recuerdo mismo de la felicidad”.

NO FEU BROMES AMB L’AMOR

De Alfred de Musset.

Dirección: Natalia Menéndez. Intérpretes: Carles Martínez, Ramon Pujol, Ferran Rañé, Albert Pérez, Anna Moliner, Carmen Balagué y Clara de Ramón. Traducción: Jaume Melendres. Teatre Nacional de Catalunya. Barcelona, 27 de febrero de 2015.

Una idea que encaja perfectamente en la obsesión de Perican por recuperar su infancia rousseauniana, y en el abrupto desenlace de la pieza. Final que coloca en su justo lugar cada uno de los combates verbales y escarceos de venganza de los orgullosos amantes; jóvenes inmaduros inconscientes de las repercusiones de sus actos. Con esos episodios sería suficiente para montar una preciosa pieza de cámara. Natalia Menéndez ha optado, en cambio, por mantener toda la parafernalia cómica, el contrapunto de los personajes-farsa y el coro popular, que arropan como una lujosa comparsa el corazón triste de una obra que nace por encargo. Y además añade otro nivel de lectura simbólica con la aparición de artistas circenses que solo aportan valor dramatúrgico cuando se metamorfosean en criaturas híbridas de un cuadro de Max Ernst y se establece así una relación inquietante entre la naturaleza y la trama.

La notable separación entre los dos personajes nucleares y los satélites también se percibe en la dirección de actores. Por un lado, los perfiles burlescos, conducidos sin más a un trasunto del mundo de Oz, con la señora Pluche (Carmen Balagué) haciendo de la bruja del Oeste y el barón (Carles Martínez) convertido en un petimetre bailarín. Y después Perican y Camille, con la compañía necesaria del instrumento trágico de la cándida Rosette, liberados de la farsa en su burbuja de teatro dialéctico. Ramon Pujol ofrece un retrato creíble del príncipe a punto de perder su reino de la infancia, y Anna Moliner se muestra regia en su ducado de contradicciones y sentimientos volubles. Papel complejo que resuelve con la contención hipócrita de una novicia sin fe y con la pasión mal enterrada.