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OPINIÓN

Vino viejo en odres nuevos

Podemos quiere ser una versión lenguaraz y rejuvenecida del PSOE

Históricamente, bajo regímenes parlamentarios y pluripartidistas, nunca una misma fuerza política, con un único discurso, había logrado ser hegemónica al mismo tiempo en Cataluña y en España, en Barcelona y en Madrid. Ello, no sólo a causa de la cuestión nacional, sino también —y a veces sobre todo— debido a las diferentes estructuras económicas, sociales, culturales y mentales. A causa, por ejemplo, del predominio que aquí mantuvo hasta 1939 un movimiento obrero de tradición libertaria que oscilaba entre apolítico y antipolítico.

Así, el populismo lerrouxista barcelonés de los primeros lustros del siglo XX, republicano, obrerista y anticlerical, no tuvo equivalente en el resto del Estado pese a ser una fuerza de vocación españolísima. Y cuando, ya en los años 1920 y 1930, Lerroux logró levantar un Partido Republicano Radical implantado en España, su anterior predicamento en Cataluña se había evaporado. Así, la Lliga no pudo extenderse allende el Ebro porque era un partido catalanista, claro; pero, más todavía, porque era un partido burgués y mesocrático demasiado moderno para tales estratos de la sociedad española de la época. De hecho, hubo dos intentos de exportar el modelo (1918 y 1930) que cosecharon sonoros fracasos.

Durante la Segunda República, los dos grandes bloques políticos en España fueron el PSOE con el azañismo, y la CEDA. Pues bien, ninguna de esas opciones pasó, en la Cataluña republicana, de marginal, irrelevante ante la diarquía formada por Esquerra con sus satélites y, enfrente, una Lliga más o menos remozada, pero siempre intratable en el espacio conservador.

Durante la Segunda República, los dos grandes bloques políticos en España fueron el PSOE y la CEDA. Ninguna de esas opciones pasó, en la Cataluña republicana, de marginal

A partir de 1977-78, el PSC-PSOE rompió esa ya vieja pauta y se erigió durante tres décadas largas en la única oferta partidaria capaz de ejercer una hegemonía estable y simultánea en la política catalana y en la española. Contribuyeron a hacerlo posible los cambios socio-demográficos y económicos producidos durante el franquismo, el ocaso anarcosindicalista pero, sobre todo, la habilidad de los líderes socialistas para trenzar las famosas “dos almas” del partido, de navegar entre la Pineda de Gavà y Girona o Igualada, de combinar el “efecto Felipe” o el “efecto Zapatero” con el “efecto Quim Nadal” y tantos otros de parecido perfil a escala local.

Por supuesto, el éxito de la fórmula conllevaba altas dosis de ambigüedad y malabarismo: el eterno aplazamiento del grupo propio en el Congreso, los votos parlamentarios de signo contradictorio en Barcelona y en Madrid, el poco glorioso papel ante la LOAPA, las contorsiones para esquivar tantas embestidas españolistas de los Bono, Guerra, Rodríguez Ibarra, Leguina, etcétera. Con todo, el invento funcionó de maravilla durante largo tiempo. Mucho mejor que la articulación PSUC-PCE y, luego, ICV-IU; infinitamente mejor que la ancilar delegación catalana del PP o que el funesto intento de Convergència de tener un brazo español bajo el rótulo de Partido Reformista Democrático.

Y bien, ahora que la fórmula PSC-PSOE está en caída libre, parece que otros quieren apropiarse de su espacio y su discurso, aunque con maneras y caras distintas. Me refiero a Podem-Podemos, y lo digo a la luz de las palabras de Pablo Iglesias Turrión, el pasado domingo, en el polideportivo Vall d'Hebron de Barcelona.

El Partit dels Socialistes nació como una fuerza teóricamente soberana y, al menos al inicio, rebosante de planteamientos federalistas, incluso autodeterministas

Ni unionistas ni independentistas, clamó el citado Iglesias: es lo mismo que dice Miquel Iceta, pero con el frescor y el atractivo de la novedad. “La casta española ha insultado a los catalanes”, afirmó también el líder de Podemos. Sustituyan casta por derecha, y tendrán la idea matriz de tantas campañas y tantos éxitos electorales del PSC contra Aznar y Rajoy. Eso, por no hablar de las constantes apelaciones al “cambio”, el mismo concepto-talismán que catapultó al PSOE de González a la gran victoria de 1982.

El Partit dels Socialistes nació como una fuerza teóricamente soberana y, al menos al inicio, rebosante de planteamientos federalistas, incluso autodeterministas. Podem-Podemos, ni eso. Tras dejar sentado su “no quiero que Cataluña se vaya” —lo que quiere es ganar las elecciones en España, y tiene claro cómo podría perderlas—, Iglesias Turrión admitió el principio del “derecho a decidir”, para diluirlo enseguida mediante la coletilla “sobre todas las cosas”. Cualquier politólogo sabe perfectamente que el referéndum de autodeterminación es una cosa, y otra distinta la posibilidad que los ciudadanos de cualquier Estado democrático tienen, a cada elección, de escoger qué fiscalidad, qué educación o qué política de vivienda prefieren y están dispuestos a pagar. Mezclar ambos niveles de decisión es pura demagogia.

En definitiva, la primera impresión tras el desembarco de Podemos en Barcelona es que los de Iglesias quieren ser una versión rejuvenecida y lenguaraz del PSC-PSOE anterior al deslizamiento nacionalista (¿cómo interpretar si no los abucheos al expresidente Pasqual Maragall?), y sueñan con reproducir su doble éxito en Cataluña y España. Que lo consigan o no dependerá de cuántos catalanes crean que la llegada de Iglesias a la Moncloa lograría el milagro que Felipe o Zapatero dejaron por imposible: cambiar el concepto que la gran mayoría de los españoles tienen de España.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.