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Las deidades del balompié

Las dos fuentes, ideadas por Ventura Rodríguez, embellecen el paseo del Prado desde hace más de dos siglos e inspiran a los aficionados de Atlético y Real Madrid

La fuente de Neptuno, a principios de 1937, protegida con ladrillos contra posibles daños por los bombardeos de la Guerra Civil. Ampliar foto
La fuente de Neptuno, a principios de 1937, protegida con ladrillos contra posibles daños por los bombardeos de la Guerra Civil.

El agua es la sangre fresca de Madrid. Brota por doquier, cristalina y pura, desde las 593 fuentes ornamentales que jalonan otros tantos enclaves de la ciudad. Dos de ellas, las más afamadas y artísticas, han sido elegidas para celebrar los desenlaces festivos de una nueva épica, surgida de los principales estadios madrileños de fútbol. Son dos las enormes fontanas, consagradas a sendos mitos del mundo clásico: la diosa Cibeles (donde el Real Madrid celebra ya su décima Copa de Europa) y el oceánico rey Neptuno (donde hace una semana hizo lo propio el Atlético con la Liga).

La primera fuente es la dedicada en la plaza de su nombre a la diosa frigia Cibeles, llamada también Dindimena, Berecinthia, Ops, Ida, Rhea y Vesta. Tocada por una corona en castillete, cabalga sobre una carroza de piedra guiada por dos leones —un guiño hispánico al binomio de Castilla y León—. Las fieras representan a los dos amantes, la virgen cazadora Atalanta e Hipómenes, el astuto atleta sembrador de manzanas de oro, castigados y convertidos ambos en melenudos félidos por desobedecer a Zeus con su amor prohibido, y por cohabitar en el santuario de la airada diosa frigia.

El dios marino del tridente, divinidad romana, cuyos tres garfios marcan su poder de mantener, soliviantar y apaciguar las aguas, navega en pie, encaramado y orgulloso, sobre una caracola gigante —movida por dos aspas de 16 palas— tirada por dos caballos sonrientes con colas de pez, los legendarios hipocampos. Cuelgan de sus cuellos, al modo de medallas, sendas vieiras.

Ocho colores para Cibeles

  • Tiene una capacidad de 278 metros cúbicos de agua.
  • Ocupa una extensión de 549 metros cuadrados.
  • Recibía su fluido del viaje de agua del Bajo Abroñigal.
  • Su estatuaria costó 138.000 reales de vellón.
  • Su iluminación es a base de leds. Admite ocho coloraciones de sus aguas.
  • En 1994 perdió su mano izquierda en un acto vandálico tras una victoria de la selección española.

La diosa cerealera y gobernadora —según algunos su nombre procede del griego kibernós (gobernar)— y su retoño y rival, el monarca de los mares, desafían retadoramente la erosión del tiempo sobre sendos enclaves del paseo del Prado, donde se yerguen a partir del año de 1782. A finales del siglo XIX, fueron reubicadas en el centro de dos plazas, Neptuno en la de Cánovas del Castillo y Cibeles en la plaza llamada de Madrid y de Castelar hasta obtener de ella su actual denominación.

Solo durante la última Guerra Civil fueron cubiertas por poco más de dos años, entre 1936 y 1939, para impedir que se abatiesen sobre ellas las bombas incendiarias de la aviación nazi, que alcanzaron el tejado del cercano Museo del Prado y de la Biblioteca Nacional. Por fortuna, sobrevivieron. Y hoy su belleza restalla entre círculos de flores y árboles de copa ovalada.

Las fuentes se alzan sobre islotes curvos de piedra toledana de Montesclaros, si bien la localidad madrileña de Redueña, desde tiempo inmemorial, reivindica que fue de sus canteras de donde partió la piedra, gracias a canteros procedente de la vizcaína Berritz, los Gorrochategui.

Los dioses representados fueron tallados por maestros del cincel como Francisco Gutiérrez, Roberto Michel y Juan Pascual de Mena. Labraron sus majestuosos cuerpos —hierático el de la diosa, altivo el de Neptuno— según concepto y diseño de Ventura Rodríguez (1717-1785), arquitecto nacido en Ciempozuelos, de gusto exquisito y afecto a Madrid. Bajo las dos fuentes discurre el arroyo que manaba desde de la llamada fuente Castellana, que estuvo a la altura de la hoy plaza de Emilio Castelar.

El mismo torrente, hoy soterrado, formó parte del sistema de seguridad del contiguo Banco de España, cuya cámara acorazada —siete plantas hacia abajo y provista de un trenecillo con sus propios raíles— en caso de asalto quedaba inundada por el agua para impedir su atraco.

300 lámparas para Neptuno

  • Ocupa una superficie de 596 metros cuadrados.
  • Posee una capacidad de 305 metros cúbicos de agua.
  • Sus estatuas costaron 110.000 reales de vellón.
  • Recibía su agua del viaje de agua del Pósito.
  • Cuenta con 300 lámparas, algunas de ellas de hasta 300 vatios, y con tres motores de bombeo.
  • El dios oceánico, con tridente, cabalga sobre una caracola guiada por hipocampos.

Las dos fuentes madrileñas —Cibeles elegida por los seguidores del Real Madrid, Neptuno por los del Atlético, para celebrar sus fastos— brindaban otrora su fresco néctar a los aguadores —50 de ellos oficialmente registrados en el año de 1842—, que acudían a sus tazones para abrevar las caballerías y aplacar luego “a perra gorda” la sed de cuantos lugareños quisieran entre los que acudían a alternar al Salón del Prado, tal y como lo retrató el galés Charles Clifford (1820-1863), uno de los primeros fotógrafos del Madrid monumental. Por cierto, era costumbre enraizada de todos los paseantes del Salón del Prado, configurado en torno al eje Cibeles-Neptuno, ponerse en pie y descubrirse al paso de cualquier miembro de la Familia Real, lo cual hizo desertar del paseo, por fastidio, a más de un visitante extranjero.

Las dos fontanas tienen contornos singulares. Cibeles se ve circundada al este por el Palacio de Correos, popularmente apodado Nuestra Señora de las Comunicaciones dado su aspecto catedralicio, versado hacia ella y que parece abrazarla; al oeste, por un esquivo Banco de España, que le ofrece tan solo un historiado chaflán con ventanal acristalado y tulipas blancas de redecilla; y al norte, por dos palacios: el de Linares, receptáculo de nocturnos lamentos y alarmantes psicofonías, y el palacio que fuera del 12º duque de Alba, levantado en 1769 sobre el Altillo de Buenavista, y hoy Cuartel General del Ejército.

Neptuno, en cambio, se halla entre dos grandes hoteles a oriente y poniente; al sur, el palacio del Conde de Bugallal, rematado por un reloj fosforescente de fondo negro; y al sureste, la fuente parece dialogar con el Museo del Prado, que marca su diagonal con el palacio de Vistahermosa, lujosa pinacoteca que encuadra la fontana al noroeste.

Junto con la Puerta de Alcalá, Cibeles y Neptuno son ya símbolos inequívocos de una urbe que dice apreciarles tan exaltadamente como para haber permitido su asalto, durante décadas, por desbocada causa del deporte. “Cuando hace más de 10 años no estaba aún prohibido escalarlas”, cuenta un operario de la compañía Luz Madrid-Oeste que cuida de las fuentes, “un compañero encontró un reloj de oro de una marca alemana en el fondo de la taza de Neptuno”, relata aún con la sorpresa de un adolescente. “A día de hoy valdría más de tres mil euros la joya”, añade con gesto añorante.

Sin embargo, no siempre fue así. Hasta mediados los años 50 del siglo XX, para impedir su acceso, la fuente de Cibeles estuvo cercada por una verja de hierro forjado, hoy trasladada hasta un cuartel de la Policía Municipal junto al puente de los Franceses.

La estatua de Cibeles, en su ubicación primigenia, antes de ser reubicada a finales del siglo XIX en el centro de la plaza que ahora lleva su nombre. ampliar foto
La estatua de Cibeles, en su ubicación primigenia, antes de ser reubicada a finales del siglo XIX en el centro de la plaza que ahora lleva su nombre.

De las fontanas encomendadas por el rey Carlos III al gran fontanero y alarife Ventura Rodríguez, la de mayor capacidad es la de Neptuno: su estatuaria costó 110.000 reales de vellón, ocupa una superficie de 596 metros cuadrados y puede contener, una vez llena, hasta 305 metros cúbicos de agua, equivalentes a otras tantas toneladas de líquido, que permanecen en circulación incesante activadas por tres motores, dos de 25 caballos de potencia y uno de 7,5.

Cuenta con más de 300 lámparas, de hasta 300 vatios las instaladas en el vaso más cercano a la estatua. Tres niveles de tazas marcan la cascada en escala por donde al agua se desborda y, a su regreso, impulsada por potentes bombas, puede proyectarse más de diez metros hacia el cielo desde los surtidores que, entre ranas enormes y gruesos pescados, acompañan el dios oceánico en su periplo naval. La fuente recibía su agua del viaje subterráneo del Pósito.

Por su parte, en la de Cibeles, que se nutría del viaje de agua del Bajo Abroñigal, la estatuaria que exhibe en su día costó 138.000 reales de vellón; tiene hoy una superficie de 549 metros cuadrados y puede alojar hasta 278 metros cúbicos de agua.

Su instalación eléctrica emplea cuatro veces menos electricidad que su fuente rival, gracias a la instalación de leds, que reducen ampliamente el consumo. El agua puede ser iluminada en ocho colores distintos, que cabe arrendar por instituciones y particulares. Las dos fuentes se limpian con frecuencia mensual, más acentuada cuando hay encuentros futbolísticos.

Si bien la práctica totalidad de las casi 600 fuentes capitalinas recibe tratamientos sanitarios a base de cloro, las que jalonan el paseo del Prado —Neptuno y Cibeles incluidas— no son así tratadas para evitar su efecto abrasivo sobre la delicada, por histórica, piedra.

Es sabido que las partículas microscópicas que expanden las fuentes pueden ser vehículos de enfermedades como la legionelosis, que las autoridades municipales fiscalizan rigurosamente en los principales surtidores públicos.

Estas dos fuentes brindan un deleite a la vista que llevó, incluso, a algunos nostálgicos a reproducirlas en parajes tan distantes como México, donde se yergue una réplica de Cibeles. Pese a la adoración madrileña por sus fuentes, el vandalismo se ha cebado en numerosas ocasiones contra la piedra de sus magníficas estatuas. Ya en 1814, Neptuno perdió su tridente sobre el que, siglo y medio después, alguien colocó el cartel con el lema: “Dadme de comer o quitadme el tenedor”.

Gracias al arquitecto municipal Joaquín Roldán, entre otros profesionales, la estatua de Cibeles pudo verse recobrada mediados los años 90 con una actuación que repuso su mano izquierda, su cetro y su carruaje dañados por vándalos que festejaban una victoria de la selección española de fútbol.

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