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Danza

Innovación y tradiciones en la escena flamenca

Ángel Muñoz exhibe y valora sus raíces, que por derecho se planta y hace exuberancia de una manera poderosa de bailar flamenco

Ángel Muñoz, en su espectáculo Ángel: del Blanco al Negro. Ampliar foto
Ángel Muñoz, en su espectáculo Ángel: del Blanco al Negro.

Hay una tendencia de falsa ortodoxia (y viene de antiguo) que pretende separar al flamenco escénico de la danza española, que como se viene repitiendo desde Mariemma, Pilar López y Antonio Gades a hoy, es indisoluble y una sola, en su grandeza prismática, en su variedad estilística, en sus ramas geográficas y estéticas. Flaco favor le hace el fundamentalismo de esa cierta flamencología al propio género, lo aísla y reduce, no lo universaliza, sino muy al contrario, lo regionaliza y eso es lo peor que le puede pasar a una manifestación artística en el género que sea.

Por otra parte, los que más luchan y contribuyen a esa ampliación positiva en sentido excéntrico, a esa apertura hacia la modernidad y la generosidad conceptual, son los bailarines y coreógrafos como Ángel Muñoz (Córdoba, 1973), que exhibe y valora sus raíces, que por derecho se planta y hace exuberancia de una manera poderosa de bailar flamenco donde a la vez hay cultura coréutica, experiencia bien asimilada con los mayores (José Antonio, Latorre, Pagés) con los que se ha codeado y también, inquietudes artísticas propias.

Igual que lo cortés no quita lo valiente, lo entregado no quita la excelencia. También se puede decir que lo racial no quita lo esmerado. Hay en el bailarín un brío intenso, una altiva sugerencia de dominio que propone, en su madurez, sus factores estilísticos.

Ángel: del Blanco al Negro

Coreografía y baile: Ángel Muñoz; guitarra: J. Patiño; cante: M. Ortega y J. A. Carmona; saxo y flauta: D. Villegas; percusión: N. López. Música electrónica: Artomatico; luces: Olga García. Teatro Compac Gran Vía. Hasta el 12 de agosto.

Su trabajo no jaranea demasiado con la vertical y se permite un cierto adorno muy controlado en el braceo: sus manos también son particulares y ricas, expresivas. Hubo un diálogo con el saxofón muy en cuerda de jazz y el solo de flauta (que sirve para que el bailarín se cambie) fue demasiado largo. En la farruca entrevera el blanco y el negro, prepara el terreno para el estudiado final, esa espiral donde achica y a la vez se agranda. Tengo mis reservas con la presencia de la armónica amplificada, no pega mucho en tal contexto.

Otro punto a favor de este espectáculo es el trabajo sobre música electrónica. En esto, también el género teatral flamenco tiene su propia arqueología, sus precursores y sus citas históricas, la más divulgada de ellas, aquella de Vicente Escudero en parís bailado al son de dos dinamos, relato que el propio artista vallisoletano se encargó de datar y colocar en sus escritos. La abstracción rítmica de los materiales de percusión, su masa repetitiva, tienden a entrelazarse con las secuencias de pasos, siendo como si las pautas de una parte encontraran asiento en la otra. Y si respetamos aquella idea cierta de que el baile flamenco es arte moderno en toda regla, de nuestro tiempo y en constante evolución, esta propuesta de Muñoz junto a Artomatico debe ser analizada ese contexto con un resultado apreciable.

Sintiéndose un hombre artista del siglo XXI, el bailaor abre (con “Negro”) y cierra (con “Blanco”) su espectáculo con lo electrónico, como si diera un aviso. Un orden que pasa por el Martinete-Seguiriya, el Taranto, la Farruca, la Guajira y las Alegrías, todo desgranado en continuidad. Es simbología de circularidad y ahora sí, de ejercicio concéntrico; puede usarse aquel símil de “viaje a la semilla”.