pop | justin bieber
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La chicha y la ‘mascletà’

Lo del posadolescente no es un concierto, sino un sarao multimedia subido de decibelios

Justin Bieber, durante el concierto que ha ofrecido en Madrid.
Justin Bieber, durante el concierto que ha ofrecido en Madrid.ÁLVARO GARCÍA

Justin es pequeño, lampiño y, suponemos, suave. Más allá de estos paralelismos, parece difícil que supere ninguna prueba del algodón. Por lo pronto, es impuntual, detalle que encaja mal en el molde del novio perfecto: había convocado a sus 8.000 seguidoras (pinchazo) a las 19.30 y les hizo esperar 40 minutos; los 10 últimos, para mayor regodeo, con cuenta atrás en la pantalla gigante. Y lleva una temporada coqueteando con la crónica de sucesos: los mamporrazos a un fotógrafo, las misteriosas suspensiones de conciertos y el fallecimiento de su hámster Pac, motivo de consternación mundial para que comprendamos mejor la trascendencia de las redes sociales. Por fortuna, ayer no hubo vómitos, vahídos ni demás jamacucos en el Palacio de Deportes, lo que nos ahorra comprobaciones médicas para las que no estaríamos cualificados.

Más información
Acampada de ‘believers’
Justin Bieber se desmaya en un concierto
Justin Bieber: de chico bueno a problemático adulto
Justin Bieber y el arte de rentabilizar la edad del pavo

Lo del postadolescente canadiense no es un concierto, sino un sarao multimedia subidísimo de decibelios, unas fallas anticipadas, veinte numeritos donde siempre importan más las coreografías o el chaleco del rubio que el circunstancial acompañamiento sonoro. Hay más bailarines que músicos, escondidos estos de negro riguroso. Bieber, víctima de su mala conciencia, acaba presentándonoslos y hasta tocando él mismo la guitarra, el piano y la batería. Pues muy bien.

El concierto arranca con Justin descendiendo de los cielos cual blanquísimo querubín de alas plateadas. El confeti salpica la escena, pero da grima ver al muchacho con gafas oscuras, guantes dorados y el tupé tieso, réplica precoz y temible de un Michael Jackson que se ahorra la decoloración de la piel. A partir de ahí, el repertorio es una atrocidad de dance para el Club Disney, rap de estudiantes aplicados, baladas en proceso de liofilización y algún intento de arrimarse al soul: el homenaje a Stevie Wonder que parece ser Catching feelings resulta tan verosímil como un disco de versiones de Depeche Mode firmado por Camela.

Pero si alguien está dispuesto a pagar más de 60 euros por esto no necesita ser lector de Mojo ni reparar en la voz llorica del chavalín. La noticia pasa por sus progresos en castellano (“Hola”, “Te amo con todo mi corazón”), la grúa de bombero con la que sobrevuela el pabellón durante Be alright o las posibilidades de que nos muestre el efecto de su trabajo en el gimnasio: mínimas durante toda la tarde, hasta que en el último número, Baby, regala su camiseta blanca y hasta consiente que se le caigan los vaqueros. Poca chicha, en todo caso, para tanta mascletà.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete
Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS